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Que se produzcan dos accidentes tan seguidos, tan graves y en la misma línea, como los de Adamuz y Urda, es, estadísticamente, casi imposible

En menos de diez meses, la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla ha registrado dos accidentes de enorme gravedad. El 18 de enero de 2026, en Adamuz (Córdoba), un tren Iryo descarriló e invadió la vía contigua, provocando una colisión con un Alvia de Renfe: 46 personas fallecieron y más de 150 resultaron heridas. El 28 de octubre de 2026, cerca de Urda (Toledo), un AVE de Renfe alcanzó por detrás a un Iryo detenido: el balance provisional se sitúa en torno a 68-69 fallecidos y numerosos heridos. Ambos sucesos se produjeron en el mismo corredor, separados por unos 200 kilómetros.

Estos hechos constituyen tragedias humanas de primer orden. Cada cifra representa vidas interrumpidas, familias destrozadas y comunidades conmocionadas. Ningún análisis estadístico puede, ni debe, minimizar el dolor ni sustituir la investigación rigurosa de las causas concretas de cada siniestro. Al mismo tiempo, las matemáticas permiten formular una pregunta legítima y necesaria: ¿qué probabilidad tenía, bajo supuestos de azar puro e independencia de eventos raros, de que se produjeran dos catástrofes de esta magnitud en la misma línea en un intervalo de unos diez meses?

Bajo un modelo de Poisson para eventos raros independientes, y tomando como referencia las tasas históricas de la red española de alta velocidad pura (que no había registrado un accidente mortal de esta magnitud en más de 30 años hasta Adamuz), la probabilidad estimada de dos sucesos así en ese periodo se sitúa en el orden de 0,001-0,01 o inferior. Es decir, alrededor del 0,1 % o menos, y a menudo sustancialmente menor. Incluso con estimaciones generosas del tráfico (del orden de 12-17 millones de tren-kilómetro al año en el corredor) y una tasa elevada, el resultado sigue siendo bajo si se asume independencia. La coincidencia resulta estadísticamente improbable bajo azar puro.

Para situar esta cifra en un contexto que ayude a comprender su rareza, resulta útil compararla con otros sucesos que la mayoría de personas considera disparatados o extremadamente infrecuentes, y que, sin embargo, presentan probabilidades iguales o superiores.

  • Sacar diez caras seguidas al lanzar una moneda justa tiene una probabilidad de aproximadamente 1 entre 1.024 (cerca del 0,1 %).
  • Encontrar un trébol de cuatro hojas se estima, según estudios botánicos, en torno a 1 entre 5.000 (alrededor del 0,02 %).
  • Que al menos dos personas de un grupo de 23 cumplan años el mismo día (el conocido “problema del cumpleaños”) ronda el 50 %.
  • Ganar el primer premio (El Gordo) de la Lotería de Navidad con un solo décimo es 1 entre 100.000 (0,001 %).
  • Ser alcanzado por un rayo en un año en España se sitúa en el orden de 1 entre varios millones, según estimaciones basadas en datos de mortalidad y población.

Estos ejemplos no buscan trivializar nada. Al contrario: sirven para ilustrar que sucesos que intuitivamente asociamos con lo excepcional o lo anecdótico pueden tener una probabilidad comparable o superior a la de la doble coincidencia ferroviaria bajo supuestos de independencia. Cuando un evento tan grave se repite en un intervalo corto en el mismo sistema, la hipótesis de “mera casualidad” pierde fuerza estadística. Eso no implica, por sí solo, una conclusión sobre las causas concretas; sí apunta a la conveniencia de examinar con profundidad factores sistémicos: estado y mantenimiento de la infraestructura, volumen y gestión del tráfico, funcionamiento y degradación de los sistemas de señalización y control (como el LZB en el caso de Urda), procedimientos de autorización de marcha, o la interacción entre fallos técnicos y decisiones humanas.

Las investigaciones oficiales (a cargo de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios y de la Autoridad Independiente correspondiente) siguen abiertas en ambos casos. En Adamuz, las hipótesis preliminares han apuntado a una rotura de carril en una soldadura; en Urda, a un fallo informático del sistema de control seguido de una orden de reanudación de marcha que el ministro de Transportes calificó de “inexplicable”. Sea cual sea el resultado final de los informes, la rareza estadística de la doble ocurrencia refuerza la obligación de no limitarse a explicaciones aisladas y de revisar el conjunto de barreras de seguridad del sistema.

Las víctimas y sus familias merecen respuestas claras, medidas concretas y un compromiso institucional sostenido con la seguridad. Las estadísticas no sustituyen la justicia ni la prevención; pueden, en cambio, ayudar a identificar cuándo un patrón se aleja de lo esperable bajo el azar puro y, por tanto, cuándo es prioritario intensificar el análisis técnico, el mantenimiento y la supervisión. En un sistema que durante décadas se ha presentado como referencia de seguridad, dos tragedias de esta magnitud en la misma línea y en menos de un año constituyen una señal que no puede ignorarse.

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