InicioOpiniónColaboradoresEspaña cosecha el peor resultado de su historia en PISA: el desastre...

España cosecha el peor resultado de su historia en PISA: el desastre educativo de Alegría y Tolón

España ha cosechado el peor resultado de su historia en el Informe PISA. Los datos publicados confirman un desplome en matemáticas, comprensión lectora y ciencias que deja a los alumnos de 15 años claramente por debajo de la media de la OCDE y de la Unión Europea, y a una distancia preocupante de países de referencia como el Reino Unido. No se trata de un tropiezo puntual: es la culminación de años de políticas educativas que han priorizado la retórica sobre el rigor, la promoción automática sobre el esfuerzo y la fragmentación autonómica sobre estándares comunes exigentes.

Los números del fracaso

Según los resultados más recientes, España obtiene 451 puntos en comprensión lectora (23 puntos menos que en 2022), 457 en matemáticas (16 puntos menos) y 477 en ciencias (8 puntos menos). Se trata de los peores registros históricos en las tres áreas.

La equivalencia de la OCDE es clara: alrededor de 20-22 puntos equivalen a un curso escolar. Eso sitúa a los adolescentes españoles cerca de dos cursos por detrás de los del Reino Unido en lectura (Reino Unido: 494 puntos; diferencia de 43) y aproximadamente un curso y medio en matemáticas (Reino Unido: 488; diferencia de 31). En ciencias la brecha también es notable (Reino Unido: 511). España queda por debajo del promedio de la OCDE (lectura 461, matemáticas 463) y de la UE.

Para contextualizar: mientras Singapur, Japón, Corea o Estonia siguen liderando con márgenes muy superiores, España se aleja de los países europeos de alto rendimiento y se acerca peligrosamente a los niveles de sistemas menos desarrollados. En matemáticas y lectura, el porcentaje de alumnos con niveles altos de competencia sigue siendo bajo, y la caída desde 2015 y 2018 es estructural.

Este no es el primer aviso. En PISA 2022 España ya registró sus peores marcas hasta entonces (473 en matemáticas, 474 en lectura, 485 en ciencias). La tendencia a la baja desde 2012-2015 no se ha revertido; se ha agravado.

Responsabilidades compartidas… y eludidas

El Gobierno central y las comunidades autónomas comparten la culpa. La LOMLOE (ley Celaá) y su énfasis en el “enfoque competencial”, la facilidad para pasar de curso con suspensos y la rebaja de la exigencia académica han coincidido con esta primera generación de alumnos evaluados bajo ese marco. Las autonomías, responsables de la gestión directa, han aplicado (o deformado) esas directrices de manera desigual: unas con mayor rigor curricular y otras con ideología o relajación pedagógica. El resultado es un mapa de desigualdades internas enormes y un nivel medio mediocre.

Como es habitual, desde el Gobierno miran a otro lado. Óscar Puente, ministro de Transportes, recurre una vez más al argumento de siempre: culpar a las autonomías de la gestión de los servicios públicos mientras el Estado central se desentiende de los estándares y de los resultados. No hay asunción de la responsabilidad del marco normativo nacional ni de la falta de mecanismos de evaluación y rendición de cuentas.

En este desastre tiene una responsabilidad directa la desastrosa gestión de Pilar Alegría durante su etapa como ministro de Educación. Alegría se dedicó más a la defensa política del Gobierno y a la propaganda de la LOMLOE que a corregir los problemas de fondo: no impulsó una recuperación real de los aprendizajes tras la farsemia, mantuvo e incluso consolidó la rebaja de exigencia académica, y prefirió el relato triunfalista frente a cualquier autocrítica cuando ya en 2022 los resultados de PISA eran los peores hasta entonces. Su paso por el ministerio dejó un sistema más ideologizado, menos exigente y claramente incapaz de revertir la tendencia a la baja.

La actual ministro de Educación, Milagros Tolón -que deja mucho que desear en su dialéctica: se explica de forma faltona y se la nota de una cultura más bien escasa-, ha ofrecido en la Cadena SER un diagnóstico que resulta especialmente desolador por su vaciedad. Atribuye el desplome a un “descenso generalizado” internacional y, sobre todo, a “los hábitos de pantallas”, la “lectura apresurada y superficial” y los “mensajes cortos” de los adolescentes. Niega cualquier relación con la LOMLOE y afirma que precisamente esa ley refuerza las competencias que mide PISA. Luego promete “seguir trabajando en la lectura comprensiva” y “analizar” por qué algunas comunidades (Madrid, Castilla y León) lo hacen mejor. Es decir: culpa a las pantallas, niega el impacto de la ley que se aprobó bajo su Gobierno y se compromete a estudiar lo evidente. Declaraciones sin sustancia que evitan cualquier autocrítica sobre currículos empobrecidos, falta de exigencia, ideologización de contenidos o descuido de las bases (lectura profunda y matemáticas sólidas).

Un sistema que no prioriza el conocimiento sino la «idiotización»

El desastre no es solo de puntuaciones. Refleja un modelo que ha ido abandonando la transmisión sistemática de conocimientos y habilidades básicas a favor de fórmulas vagas de “competencias”, inclusión sin rigor y promoción casi automática. El resultado es que un porcentaje demasiado alto de alumnos de 15 años no alcanza el nivel mínimo para desenvolverse con soltura en textos moderados o problemas matemáticos sencillos. Mientras tanto, los países que mantienen exigencia, selección de contenidos y evaluación seria se alejan.

Las comunidades autónomas no quedan absueltas. Las diferencias entre las mejores (Madrid, Castilla y León, Asturias) y las peores son escandalosas y demuestran que la gestión importa. Sin embargo, el marco general lo marca el Estado: la ley orgánica, la financiación condicionada, la ausencia de pruebas externas nacionales serias y la narrativa oficial que evita hablar de esfuerzo, meritocracia y excelencia.

España no puede permitirse seguir perdiendo cursos escolares respecto a sus vecinos europeos. Cada punto que baja PISA es capital humano que se degrada, productividad futura que se reduce y desigualdad que se perpetúa. Mientras el Gobierno central se limite a echar la culpa a las autonomías o a las pantallas, y las autonomías se limiten a administrar el deterioro sin elevar el listón, el descenso continuará. Los datos de PISA son el espejo de un sistema educativo que ha dejado de priorizar lo esencial.

(Por Lourdes Martino)

Artículo anterior
EsDiestro
EsDiestro
Es Diestro. Opinión en Libertad
Artículo relacionados

Entradas recientes