InicioOpiniónEditoresLos británicos plantan cara a una mini-invasión en Porstmouth

Los británicos plantan cara a una mini-invasión en Porstmouth

El domingo 6 de septiembre de 2026 un mega-dinghy con unos 140 migrantes zarpó de la bahía del Sena, cerca de Cherburgo, muy al oeste de las playas habituales de Calais. Tras unas diez horas de travesía —una de las más largas registradas en el Canal—, las lanchas del RNLI los desembarcaron en Eastney Landing, Portsmouth.

No era el destino previsto. El Home Office suele llevar esos rescates a Dover. Esta vez, según Border Force y la Guardia Costera británica, un desvío de cuatro o cinco horas más hasta Kent habría dejado sin cobertura a los salvavidas de la isla de Wight. Portsmouth no está preparado para esa operación. Aun así, cuando los botes tocaron orilla ya había carpas montadas y varios autocares listos para llevar a los recién llegados al centro de tramitación de Manston.

Ese detalle —el dispositivo ya desplegado— es el que ha encendido las redes. El concejal de Reform UK en Hampshire, George Madgwick, difundió un vídeo del recinto: tienda vacía, packs de pijamas, calcetines, chanclas y ropa interior nueva. El tuit de José Muñiz resumió la lectura que miles de británicos hicieron de esas imágenes: «la invasión está planificada entre la policía francesa y la inglesa. Estaban esperando a los barcos con un despliegue gigante de tiendas de campaña y autobuses de lujo. Y los ciudadanos de Portsmouth se han tirado a la playa a proteger su ciudad».

Los hechos documentados son más prosaicos y, a la vez, más incómodos. La prefectura marítima francesa reconoció que el bote partió de una zona «inusual» y que sus propias embarcaciones lo escoltaron durante horas «por seguridad», sin interceptarlo. The Sun habló de cinco barcos y dos helicópteros franceses acompañando el inflable hasta aguas británicas. El Gobierno británico insiste en que las llegadas en patera han bajado un 43 % respecto a 2025 —16.513 hasta el 1 de septiembre—, pero el domingo cruzaron 625 personas en ocho embarcaciones. Una sola lancha de 140 personas basta para saturar una ciudad que no es puerto de desembarco habitual.

Lo que ocurrió después es lo que diferencia a Portsmouth de casi cualquier otro episodio reciente. Cientos de vecinos —las estimaciones van de 200 a 500— bajaron a la playa y cortaron la única carretera que sale de Eastney. Algunos enmascarados, otros no. Corearon «stop the boats». Intentaron impedir que los autocares salieran. La policía antidisturbios formó cordón, usó gas pimienta y acabó imponiendo una orden de dispersión. El Gobierno de Keir Starmer habló de conducta «matonesca» e «intimidatoria». Los autocares salieron de madrugada rumbo a Kent. Algunos manifestantes los persiguieron por la autopista.

Se puede discutir si aquello fue defensa cívica o disturbio. Lo que no se puede discutir es la secuencia: Francia no detiene el bote, Reino Unido lo recibe con logística ya montada, y la única fricción real la pone la calle.

Ceuta, el mismo esquema a otra escala

Ceuta lleva 38 días en esa misma película, solo que el volumen no es 140 personas: es una avalancha de finales de julio que el Gobierno ha cifrado en más de 70.000 entradas en 48 horas, la mayoría retornadas en las horas siguientes, y un residuo que nadie es capaz de contar con precisión. Marlaska habló de unos 5.000 que permanecen. El presidente Juan Jesús Vivas y su gobierno local sitúan la cifra entre 8.000 y 10.000. El sindicato policial SUP ha llegado a hablar de 15.000. Este lunes, Ángel Víctor Torres admitió que resulta «imposible» fijar el número exacto. Hay 2.000 menores ya filiados.

Y, como en Eastney, han aparecido las carpas. El Gobierno central instala 50 tiendas —diez de aluminio y cuarenta inflables de la AECID— en el muelle de Poniente del puerto de Ceuta para acoger a más de mil personas. El comité de empresa de la Autoridad Portuaria las ha rechazado por unanimidad. Las comunidades gobernadas por el PP se niegan a un reparto que, dicen, «legitima la invasión». El debate de fondo es el mismo que en Hampshire: si trasladar a la península a parte de esos migrantes es gestionar una emergencia o consolidar un hecho consumado.

Hay un paralelismo institucional que duele. En el Canal, la tesis popular es que policía francesa y británica se coordinan para que el bote llegue, no para que vuelva. En el Estrecho, la tesis de Vivas —y ahora de una jueza de la Audiencia Nacional que ha asumido la investigación— es que Marruecos facilitó la entrada. En ambos casos el Estado receptor monta carpas y transporte después de que la frontera ha saltado, y condena con más energía a quien se planta en la playa que a quien no impidió la salida.

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