Una proyección prevista de Borat (2006) en el cine independiente Vidiots, en Los Ángeles, fue cancelada el sábado pasado sin comunicado oficial ni aplazamiento. El evento, que prometía una sala llena y la presencia de la productora Monica Levinson y del diseñador de vestuario Jason Alper —responsable del icónico bañador del personaje—, desapareció de la web del recinto. Quienes siguieron el asunto de cerca relatan que, antes de la fecha, surgió un malestar por dos motivos: las acusaciones de que Sacha Baron Cohen es “sionista” y la consideración de que el personaje de Borat constituye una caricatura racista. Una fuente cercana resumió el desenlace con una frase: “ganaron los activistas”.
Vidiots es una organización sin ánimo de lucro dedicada a proyecciones especiales y al cine independiente. La anulación, hecha de forma discreta, se produce en un momento en el que el propio Cohen se enfrenta a una campaña contra su próxima película, Ali G: Who Iz I?, prevista para el 23 de octubre a través de Amazon MGM Studios. En el Reino Unido, el grupo NewsCord ha impulsado el envío de más de 27.000 correos a cadenas como Odeon, Cineworld, Vue, Everyman y Showcase para que no exhiban el filme. Picturehouse Cinemas ya ha confirmado que no lo programará. Los críticos sostienen que Cohen usa la sátira como cobertura para reforzar estereotipos racistas y que el regreso de Ali G —un blanco de Staines que adopta de forma absurda jerga, ropa y gestos asociados a la cultura negra británica y jamaicana— revive una caricatura ofensiva.
El mismo actor que ahora ve cómo se cuestionan sus personajes fue, durante años, un defensor explícito de limitar la difusión de ciertos discursos. En declaraciones previas argumentó que la libertad de expresión no equivale a “libertad de alcance” y que no se debía conceder a racistas, misóginos, antisemitas o abusadores “la mayor plataforma de la historia” para llegar a un tercio del planeta. Según esa lógica, quienes consideran racistas a Ali G o a Borat pueden exigir que esas películas no ocupen salas de cine ni plataformas globales. El resultado es que Cohen queda sin un argumento coherente de libertad artística cuando las mismas normas que promovió se aplican a su obra.
«Esto no va de limitar la libertad de expresión de nadie. Se trata de dar a las personas, incluidas algunas de las más reprobables del mundo, la mayor plataforma de la historia para alcanzar un tercio del planeta. La libertad de expresión no es libertad de alcance. Lamentablemente, siempre habrá racistas, misóginos, antisemitas y abusadores de menores. Pero creo que todos podríamos estar de acuerdo en que no deberíamos dar a los intolerantes y pedófilos una plataforma gratuita para amplificar sus opiniones y atacar a sus víctimas».
Borat nació como un periodista kazajo ficticio que absorbe de forma grotesca estereotipos, costumbres y malentendidos. El chiste residía precisamente en su ignorancia y en lo políticamente incorrecto del personaje. Veinte años después, ese tipo de humor se mira con otro prisma. Lo que en 2006 funcionaba como sátira que exponía prejuicios ajenos ahora se interpreta, para una parte del público y de los activistas, como refuerzo de prejuicios. El cineasta británico está comprobando que el contexto cultural de 2026 no es el de 2004.
La cancelación en Vidiots no es un caso aislado ni una simple anécdota de programación. Encaja en una dinámica más amplia: cuando se acepta que “el racismo” debe ser excluido de las pantallas, alguien tiene que decidir qué cuenta como racismo. En este caso, esa definición ha alcanzado tanto al nuevo Ali G como al viejo Borat. Quienes durante años aplaudieron la idea de recortar el alcance de ciertos discursos ahora ven cómo esa misma herramienta se vuelve contra uno de sus antiguos aliados mediáticos.

