Todos sabemos que el cristianismo es la doctrina que enseño un hombre, que fue llamado Jesús, y después Cristo (o Jesucristo). ¿Se puede afirmar que tal maestro existió? Sí, porque nos llegó su doctrina. ¿Qué sentido tiene negar su existencia si su obra perdura? Su ejemplo sigue ahí, disponible para todo aquel que lo quiera imitar. Entretenerse en averiguaciones sobre quién lo dictó, dónde y cuando, ¿No es como intentar descubrir el sexo de loS ángeles? ¿No es como buscar al que te ha disparado en vez de buscar al médico?
¿Qué es lo que enseñaba ese hombre? Pues básicamente podría resumirse en una frase: “No hagas a los demás aquello que no te gustaría que los demás te hicieran”. Él aseguraba que, respetando esa sencilla regla, todo el mundo se podía salvar.
Hay quién dice que Jesús era judío pero no puede ser verdad, porque pensaba que todos los humanos merecen el mismo respeto, y eso es lo más opuesto a pensar “Somos los elegidos”, que es lo que piensan los judíos (Aunque no puedan sentirlo). Tanto éxito tuvo su propuesta, que éstos, temiendo perder sus privilegios, infiltraron el incipiente movimiento cristiano, con la intención de confundir a los que se iban sumando; y así lograron, corrompiendo a los organizadores de los primeros concilios, que se fundieran en un mismo libro cristianismo y judaísmo (es decir, agua y aceite), dando lugar al aberrante credo judeo-cristiano que ha llegado hasta nuestros días.
Desde entonces, el mundo cristiano se divide entre los que imitan a Jesús (y no lo adoran) y los que lo adoran (y no lo imitan) pues ¿quién osaría imitar a un dios? Desde entonces hay cristianos idólatras (Lo cual es una contradicción). La puntilla la puso Teodosio al imponer el judeo-cristianismo como religión oficial del imperio romano. Así les dio, a los adoradores, la justificación que necesitaban para cargar contra los imitadores (Buen ejemplo fueron Arrio y sus seguidores, acusados de herejía por defender la naturaleza humana de Jesús, es decir, por defender que tu y yo podemos hacer tanto como hizo Jesús).
En ese escenario de guerra santa “entre cristianos”, aparecieron los musulmanes, proponiendo una versión de Dios más cercana a los arrianos que a los judeo-cristianos (Pues también sostienen que Dios es uno y no trino), siendo la causa de que muchos “cristianos unitarios” prefirieran convertirse al Islam antes que al Credo Niceno (Para ellos, la decisión era, bien estar con aquellos que, considerándose cristianos, eran idólatras; bien estar con aquellos que no adoraban imágenes, aunque no se consideraran cristianos).
Pero lo cierto es que cayeron de la sartén al fuego, pues los musulmanes también resultaron idólatras, solo que, en vez de adorar estatuas, adoran a una piedra negra (En inglés: blackrock) y, como los judíos, son partidarios del supremacismo, y por tanto, del servilismo, de la esclavitud, de la sumisión forzada y de la violencia. Particularmente llamativo es el trato que dan a sus mujeres, obligadas a obedecer a los hombres ¿No las dotó Alá de libre albedrío?
Con la expansión musulmana llegamos a una época (el Renacimiento) en la que un teólogo judeo-cristiano, de nombre Calvino, fomentó la más grande degradación del cristianismo jamás vista desde el Concilio de Nicea, al negar el valor de las obras, y por tanto, de los consejos de Jesús. ¿Cuántas veces se dice en los evangelios “haz esto” o “no hagas esto”? ¿Qué sentido tiene si no importa lo que hagas o dejes de hacer? ¿Qué sentido tiene que Jesús dijera “Por sus obras los conocerás”? ¡Para él, las obras, los hechos, las acciones, eran lo más importante!
Para Calvino, todos somos naturalmente corruptos (El famoso pecado original) y nada podemos hacer para escapar de la corrupción (salvo tener fe). ¿A quién podía interesar tal propuesta? Obviamente, a todos aquellos que no tienen intención de hacer nada bueno, y muy particularmente a los partidarios del supremacismo, y por tanto, del servilismo, de la esclavitud, de la sumisión forzada y de la violencia.
Y así es como el supremacismo judío se fue apoderando de todas las ideologías, de todas las creencias, y las fue transformando en un nuevo credo que podemos llamar neo-liberalismo, que siguen religiosamente tanto cristianos, como musulmanes, como también ateos. Engañados por Calvino, llegan a creer que ganar dinero es la mejor prueba de que Dios los favorece, de que son sus favoritos; y como no importa cómo se obtenga el dinero (Porque las obras no cuentan, solo la fe), piensan que están autorizados por Dios para hacernos cualquier maldad que se les ocurra (Aunque no puedan sentirlo).
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