Por Alex Díaz
Si la esperanza de vida subió, no fue porque un comité descubriera la virtud. Fue porque alguien enterró la mierda bajo la calle, trajo agua que no mataba, puso cristal en la ventana, carbón o gas en el invierno, después un motor que sopla frío, una nevera, un retrete con sifón y un horario que no siempre era servidumbre total. Sin eso, el hospital es un teatro sobre un basurero.
La “satanidad” actual atribuye a las vacunas, los logros de salud obtenidos por la mejora en la calidad de vida gracias a los fontaneros, electricistas, mecánicos, carpinteros, inventores e ingenieros que han permitido tirar de la cadena, abrir la puerta de la nevera, abrir la puerta del congelador, encender la lavadora, cerrar una ventana de forma estanca, darle a un botón y tener frio o calor al instante, o pulsar un interruptor y que se encienda la luz.
La doctrina oficial prefiere otra foto: el médico heroico, el fármaco, la campaña. Queda más limpio en el anuncio. No hay que hablar de fontaneros, de turnos, de casas que sudan en agosto y gotean en enero. No hay que admitir que la salud se fabrica en la tubería y se destruye en el lineal del súper.
Beber agua de verdad —si puedes, de un origen que no sepa a piscina ni a tubería enferma— es de una vulgaridad intolerable para quien vende hidratación en botella con marketing de glaciar. El manantial no tiene departamento de asuntos públicos.
La sal, o cómo se fabrica un enemigo fácil
El organismo funciona con electrolitos. Sin sodio, cloruro, potasio, magnesio, el medio interno es un cortocircuito. Eso lo sabe cualquier urgenciólogo en una ola de calor. El folleto oficial, en cambio, apunta al salero como si fuera el villano de la tensión, mientras el carrito va cargado de azúcar, harina ultraprocesada, y productos que no se pudrirían ni en un incendio.
La sal de mesa industrial es un logro de refinación: se le quita casi todo lo que no sea NaCl, se le añade yodo y se le pone antiapelmazante (aluminio) para que fluya como detergente. En países como España, flúor, el principal aderezo del matarratas. El discurso es impecable: «sal = veneno». La sal de siempre, con su sabor y sus trazas, queda degradada a capricho de abuela. Lo dosificable y eterno es el cloruro desnudo más la pastilla que corrige el destrozo de la dieta que nadie va a tocar.
René Quinton demostró que la sangre y el mar compartan muy de cerca su pH. El mar está cerca de 8,1; el plasma, de 7,4. Lo que señaló —y lo que la clínica del plasma de Quinton usó— es más incómodo para el catecismo: el medio interno se parece al agua de mar diluida, no a un envase de antihipertensivo. Traducción no autorizada: somos agua salada organizada. La oficialidad prefiere que seamos un panel de analíticas.
El súper como receta médica
La alimentación «recomendada» en la práctica no es la pirámide de la pizarra. Es el pasillo: cereales que parecen cartón aromatizado, salsas con glutamato para que lo mediocre sepa a urgente y seas un yonqui del supermercado, bollería que no envejece, etiquetas que dicen light y vital. El glutamato no necesita ser el diablo de dibujo animado. Le basta con ser el maquillaje de una comida que ya no es comida.
Culpar a la sal marina de la tensión mientras se absuelve el desayuno de oferta atiborrado de azúcar, es de una elegancia institucional conmovedora. Los médicos actuales son cumple protocolos, tiene usted la tensión alta, no tome sal, del azúcar mejor no hablamos, pero tampoco te cuentan que la sal refinada es puro veneno, de ahí el título de matasanos.
El fármaco como religión de conveniencia
Hay fármacos que impiden que te mueras esta tarde. Negarlo es pose. El problema no es que existan. Es que la oficialidad ha convertido el botiquín en urbanismo: no se arregla la calle, se receta el calzado.
El antibiótico es el ejemplo más limpio de la farsa. Es un arma de precisión. Se reparte como caramelos en resfriados normalmente provocados por la radiación de las telecomunicaciones que no paran de aumentar desde hace unos 125 años, «por si acaso», para que el paciente salga con algo en la mano y la consulta dure lo que un anuncio. Después se dramatiza la resistencia antimicrobiana como si hubiera caído del cielo. No cayó. Se cultivó en recetas de siete minutos.
Hay fórmulas magistrales, como el dióxido de cloro, que, si no estuvieran prohibidas en la medicina alopática, eliminarían el uso de antibióticos por ejemplo en las infecciones de orina, pero claro eso no da comisiones, y eliminaría una gran parte del catálogo de pastillas de colores que te vende tu farMafia de confianza.
Lo que no tiene patente —una fórmula magistral vieja, un preparado oficinal, un protocolo de luz, caldo, reposo, agua y sal de verdad— no entra en la guía. No siempre lo queman en la plaza. Lo dejan fuera del software. Sin código, no existe. Sin visita de visitador, no se recuerda. La demonización es administrativa. Más educada. Igual de eficaz.
La bata como aduana
El médico actual no es un villano de cómic. Es un funcionario del cronómetro, formado en un templo que Rockefeller y sus imitadores convirtieron en laboratorio con camas, y lanzado a un mercado donde el «estilo de vida» es un folleto mientras el entorno sigue siendo tóxico por diseño. Si habla demasiado de cloacas, turnos, ventanas y comida real, parece sociólogo. Si habla de la molécula nueva, parece científico.
La oficialidad llama «evidencia» a lo que sobrevive al ensayo que alguien puede pagar. Llama «consenso» a lo que ya no se discute en voz alta. Llama «negacionista» a quien recuerda, que, sin retrete, sin nevera, sin sueño y sin comida reconocible, el hospital es un apaño caro.
La otra gran y lucrativa industria, el cáncer: Esta dolencia se trata en los sistemas prostituidos como el español completamente al revés. El ejemplo es este, te detectan un cáncer, el especialista básicamente como ejemplo te receta esto: Imagínate tu cuerpo como una cocina, llega el oncólogo, la cocina esta llena de mugre, bolsas de basura, restos de comida podrida por la encimera y paredes, latas y restos de servilletas tiradas por el suelo, vamos como la cocina de Diógenes. El oncólogo le dice al paciente, hay que aplicar el protocolo, el paciente le dice, ¿y cual es el tratamiento? — El tratamiento consiste en sesiones de quimioterapia (Cartuchos de dinamita) un poco de cirugía (Una retroexcavadora) y un poco de radioterapia (Lanzallamas)
Pero Dr. No hay otras alternativas, no, las alternativas de terapias naturales no “ESTÁN APROBADAS POR EL COMITÉ CIENTÍFICO” bueno pues si no hay otra solución proceda. La cocina salta por los aires, la casa también, todo se convierte en un amasijo de escombros.
La familia le pregunta al oncólogo, el paciente ha muerto, el oncólogo asiente y dice, yo simplemente he seguido el protocolo, lo siento. Uno de los familiares le dice al oncólogo, ¿no hubiera sido mejor, sacar la basura de la cocina, limpiar la cocina y desinfectar la casa?
Este ejemplo sería un tratamiento con una buena alimentación alcalina, con ayuda de CDS, ivermectina, etc, etc. pero claro esto es muy barato, cura y no deja unos 6000 € por cada sesión de quimioterapia.
La medicina alopática esta tan avanzada, que en 2026 tenemos un record de gente enferma, el lema de las facultades de medicina desde 1913 y la toma al asalto de los alubios Rockefeller es este: — “PACIENTE CURADO, CLIENTE PERDIDO” —. Basta con dejar de arrodillarse ante el prospecto como si fuera la Constitución del cuerpo. La salud se cocina en la casa, se bebe del caño o del manantial, se suda en el trabajo, se pierde en el pasillo del súper y, solo al final, se discute en la consulta. Quien invierte el orden no está curando. Está administrando las consecuencias y llamándolo ciencia.

