Por Alfonso de la Vega
Los Tiempos Están Cambiando, (The Times They Are A-Changin‘, Bob Dylan, Premio Nobel)
“Vengan a reunirse, gente, dondequiera que anden
Y admitan que las aguas a su alrededor han crecido
Y acepten que pronto estarán empapados hasta los huesos
Si su tiempo vale la pena salvar
Y más les vale empezar a nadar o se hundirán como una piedra
Porque los tiempos, están cambiando
Vengan, escritores y críticos, que profetizan con su pluma
Y mantengan los ojos bien abiertos, la oportunidad no volverá
Y no hablen muy pronto, porque la rueda aún gira
Y no se sabe a quién está nombrando
Porque el que pierde ahora, después ganará
Porque los tiempos, están cambiando
Vengan, senadores, congresistas, por favor, escuchen el llamado
No se queden en la puerta, no bloqueen el pasillo
Porque el que se lastime será el que se demoró
La batalla que afuera ruge
Pronto sacudirá sus ventanas y hará temblar sus muros
Porque los tiempos, están cambiando
Vengan, madres y padres de toda la tierra
Y no critiquen lo que no pueden entender
Sus hijos e hijas están más allá de su mando
Su viejo camino está envejeciendo rápidamente
Por favor, salgan del nuevo si no pueden echar una mano
Porque los tiempos, están cambiando
La línea, se ha trazado, la maldición, se ha echado
El lento ahora, después será rápido
Como el presente ahora, después será pasado
El orden se desvanece rápidamente
Y el primero ahora, después será el último
Porque los tiempos, están cambiando”
En cumplimiento del calendario litúrgico otro año más se ha celebrado la ceremonia de la apertura del año judicial, que no se hace en enero sino en tiempos de vendimia. Sería muy interesante amén de ilustrativo poder leer los pensamientos de los presentes mientras oyen los hermosos sermones filantrópicos más o menos estupefacientes de las autoridades que contrastan con la realidad que sufren los ciudadanos. Entre tantos ilustres próceres multi condecorados destacaba la presencia de un ministro Bolaños nervioso, dispuesto a sufrir este amargo trago se disponía a intentar aguantar los heroicos brindis al sol de togados, impasible el ademán o disimulando con aviesa mansedumbre, acaso barruntando un cercano “os vais a enterar”. Representaría en el acto la delegación del auténtico soberano, el ausente que decide o no sobre lo excepcional: la suspensión del orden legal para el sometimiento de las instituciones.
Sin embargo, dado que la Justicia se administra en Su nombre, la ceremonia fue presidida por don Felipe, adornado para tanta alta ocasión con toga civil que no le luce tan propio como cuando se viste de marino de guerra. Quien no conociese la realidad que se vive en el reino filipino pensaría que nos encontramos en el mejor de los mundos. Que no sufrimos una invasión impune. Que las cosas no están cambiando a peor o no estamos asistiendo a un golpe de Estado por fases perpetrado por quienes han jurado cumplir y hacer cumplir la constitución. Sin embargo, la Justicia pura, libre de egoísmos, es una cosa tan espléndida, tan divina que cuando desciende sobre el reino, los hombres se admiran. No es el caso.
“Cuando se vacía el corazón quedan los ritos” ya nos advertía Lao Tsé hace veintitantos siglos en el Tao te King, el de “las palabras veraces no son agradables; ni las agradables, veraces,”. O bien: “el ente y el no ente se engendran mutuamente”. Hechos son amores y no buenas razones. Todo un desafío para la parte del aparato del Estado que no es cómplice del golpe y que tiene alguna posibilidad institucional de oponerse a la dictadura en ciernes. Entre ellos los jueces, que pueden empezar a limpiar la corrupción y traición sanchistas al menos con los no aforados mientras en el futuro ya se pueda juzgar a los capos. Está muy bien parar la canallesca ley de nietos pero sería mejor aún procesar a los traidores, al menos los no aforados, que la han perpetrado. Tampoco resulta edificante ni conveniente dilatar los procedimientos o instrucciones judiciales durante meses o años.
Pero hay otras ceremonias que empiezan a aburrir o resultar demasiado incoherentes. La Casa Real “filtra” una foto de Su Majestad rodeado de militares en uniforme de paseo junto con la ministra del ramo, pizpireta juez metida en camisa de once varas. Lo más destacado de la foto es una insólita ausencia. La del jefe del gobierno. Sobre todo si es cierto que el objeto de la reunión era la defensa de Ceuta.
Dentro del programa de conmemoraciones de ayer, día once de Septiembre, fecha del golpe chileno, de la diada golpista, o de los atentados de las torres gemelas y del pentágono, Su Majestad decidió ir a la base naval de Rota, enclave militar en territorio español del aliado enemigo emboscado en la invasión moruna de Ceuta. Aprovechó para homenajear a las víctimas, que, como se ha investigado y conocido, muy probablemente lo serían de unas instituciones traidoras a su propio pueblo. No muy diferente, quizás, de nuestro 11M.
Pese a todo, como clamaba el premio Nobel Bob Dylan en nombre de la esperanza traicionada que se niega a desaparecer, las cosas están cambiando: el público presente en la calle roteña ya no demostró el entusiasmo borbónico de otrora, e incluso se permitió exhortar al Borbón para que se dejase de “Rotas” y fuese a Ceuta. En medio del griterío incluso me pareció escuchar algún extemporáneo «me gusta la fruta». El pueblo español traga con todo, ¡hasta que deja de tragar!

