La costumbre y la aceptación van de la mano, aunque se trate de algo impensable y rechazable a priori. Reflexionando estos días sobre la situación general del mundo en cualquier ámbito de la realidad humana, y en concreto, si nos ceñimos a España, es imposible no evocar la inspiración de Georges Orwell y el contenido profético de las mentiras políticas que los dictadores de un futuro cercano camuflarían por verdades absolutas e indiscutibles; a su Ministerio de la Verdad, a la falta de criterio y capacidad de reacción de los ciudadanos prisioneros del totalitarismo, a la neolengua y el pensamiento único, todo ello plasmado en su novela distópica, titulada 1984, publicada en 1949.
Las ideas mollares del mundo y su implementación en cada país, con su grado de personalización, dependiendo de la idiosincrasia, la moralidad, la cultura, el grado de manipulación y el punto de ruptura social, es una aplicación calcada del “Estado” pintado en el fresco de Orwell.
También tenemos presente a Joseph Overton que, sin pretenderlo, se ha convertido en otro precursor de los tiempos actuales, al exponer en un folleto que nunca llegó a publicarse, que “ideas que podían provocar rechazo o parecer inamovibles o inimaginables podían volverse aceptables y provocar cambios”. El planteamiento consistía en que en una presunta lista de propuestas ciudadanas y/o políticas se podría ir cambiando o deslizando un supuesto “marco” imaginario en función de las necesidades reales o creadas. Así nació el concepto denominado “la ventana de Overton”, que ayuda a entender el desarrollo paulatino de la nueva sociedad “wokista”. ¿No estamos viviendo situaciones y acatando leyes que imaginábamos muy poco probables o imposibles?
Hace tiempo que el marco de la ventana de Overton se desplaza a toda velocidad del límite de lo medianamente permisible o imaginable. Hablando de lo negativo de este desplazamiento del marco, se han ido imponiendo muchas de las normas y leyes actuales, de interés político en su mayoría, y en contra de los ciudadanos, algunas consideradas delito en un tiempo no muy lejano.
El sistema de gobierno de España, más que una democracia de la que tanto presumen sus dirigentes, es un régimen totalitario, lo más parecido a lo que Jeremy Bentham describió como una cacotopía (mal lugar), según sus palabras, “el peor gobierno que jamás podría descubrirse”.
Era impensable tener un gobierno antiespañol y, además, tan corrupto, con parte de los cercanos al presidente: familia, ministros, el fiscal general del Estado y personal de confianza, en la cárcel, inhabilitados, imputados o pendientes de juicio, y varias causas en investigación por delitos graves; era impensable que los que defendieron a la ETA durante tantos años, algunos incluso con delitos de sangre funjan de diputados en las Cortes; era impensable que el presidente del Tribunal Constitucional sea un personaje al servicio del gobierno y no del Estado; era impensable que los independentistas del procés fuesen mínimamente condenados y después amnistiados; era impensable que fuese legal eliminar bebés en gestación en el vientre de sus madres, que en algunos países sea legal el infanticidio y que otros lo hayan propuesto, que a la unión de dos hombres o dos mujeres se llamase matrimonio, que dos hombres pudiesen adquirir un bebe a través de un vientre de alquiler; era impensable que se cambiase el nombre de una plaza dedicada a un prócer de la patria por el de un tipo cuyo único mérito es ser homosexual; era impensable que ser gay fuese un orgullo y se haya establecido un día para celebrarlo; que una persona con pene y testosterona pudiera considerarse mujer y competir en equipos femeninos o declararse mujer para no ser condenado por violencia de género; era impensable que los menores pudieran cambiar de sexo y que los padres no puedan impedirlo, que se haya legalizado la perversión encubierta de menores y se confunda a los niños haciéndoles dudar de su identidad sexual; era impensable la profanación de tumbas por parte del gobierno, que se despenalizase la blasfemia, que la guerra justa estuviese mal vista, que un país invada a otro y se denomine crisis humanitaria, que los militares vayan desarmados y tengan que llamar al 101 en lugar de llevar su fusil y cargador reglamentarios; era impensable que unas cuantas mujeres aquejadas del “síndrome misándrico” hayan conseguido en tiempo récord atemorizar a los hombres y no se les permita expresar su naturaleza, creando generaciones de afeminados; era impensable que cualquiera pudiese ocupar una casa ajena y que la ley le asista; era impensable que hubiese tantas mezquitas en Occidente, que hubiese tantos ilegales que agreden y violan; era impensable que ser patriota fuese un desdoro, que tener educación, llevar un crucifijo o una bandera fuese cosa de fachas, que el culto a lo feo sea tendencia, que se condene a los mayores a vivir los últimos años de su vida en residencias, que se haya legalizado la eutanasia; que las fuerzas del orden no puedan terminar con la lacra del narcotráfico la pornografía infantil, el tráfico de niños, de mujeres y de órganos. Y podríamos continuar con las propuestas impensables que “el marco desplazado” las ha ido haciendo reales o de los servicios de los que gozábamos y se están yendo al garete por ineptitud, desidia y la corrupción en general. ¿Alguien se sube a un AVE hoy sin encomendarse a todos los santos del cielo?
Al analizar el presente, tampoco podemos olvidar el pensamiento desequilibrado de Michael Foucault, santón del movimiento queer, un pobre desgraciado, pero muy influyente en el proceso de la inversión de valores y arquetipo de la nueva sociedad. Él hablaba de la importancia de los eufemismos y el discurso hueco, y acertó de pleno. Decía que no aspiraba a que la sociedad no discriminase a los diferentes o que aceptase cualquier tipo de desviación o perversión moral, sino a un cambio de paradigma en el cual una minoría marcase el devenir de la mayoría. Foucault, tras una vida disoluta que habría de legar a las generaciones siguientes, murió víctima de su patológica promiscuidad.
En cuanto a los impulsores en el cambio a la distopía económica, social y moral debemos citar a la Escuela de Fráncfort, gracias al apoyo de personajes como Herbert Marcuse, Max Horkheimer, Walter Benjamin, Erich Fromm, Theodor Adorno y Wilhelm Reich, todos marxistas, judíos o de ascendencia judía, que habrían de tener gran influencia en la configuración de las ideas del mundo; como también las fundaciones Rothschild y Rockefeller, la ONU y sus organismos internacionales, la IPPF, y entidades como el Instituto Tavistock, el Club Bilderberg y un amplio espectro de grupos de corte masónico, y algunos inefables e imprescindibles representantes del laicismo radical, como Margaret Mead o Alfred Kinsey, que si bien no pertenecieron a la citada Escuela de Fráncfort, convergen en ideas y ejercieron de ideólogos del postmarxismo en el mundo y la instauración ideológica de la lucha contra Occidente. Y, nos guste o no, el mayor bastidor de Occidente es la Iglesia católica, con sus luces y sombras.
Cada nación sufre su destino, pero España en estos momentos, analizada como un ente grupal, está sometida a un maltrato político continuado, a una situación de tortura difícilmente soportable. Lo mejor, por un lado, y peor, por otro, es que acabaremos haciéndonos insensibles a cualquier disparate, normativa, ley o injusticia; indiferentes incluso a cualquier invasión y usurpación de territorio; desensibilizados ante la corrupción y mala gestión de los gobernantes. Admitiremos lo inaceptable para seguir viviendo, como manda nuestra naturaleza. Como seres adaptativos, nuestro cerebro produce cambios para sobrellevar y normalizar los peores horrores. Las modernas neuroimágenes de personas sometidas a maltrato muestran daños cerebrales en la sustancia blanca y una profundidad menor en los pliegues y surcos, afectando a las conexiones neuronales.
Hace tiempo que, sin recurrir a estas técnicas de diagnóstico, se están viendo comportamientos sociales anómalos, que se sustancian en suicidios y otro tipo de conductas autolíticas, así como una incidencia en un tipo de TEPT, más complicado y difícil de tratar. Por no hablar de los modernos síndromes mentales y cuadros “con nombre propio”, de los que no hay que hacer demasiado caso. La psicología actual, tan perdida como la del siglo pasado y el anterior, siguiendo el patrón de la medicina, sigue creyendo que el nombre es el punto de partida. Craso error. El origen está grabado en las cicatrices del alma del paciente, en su infancia y en su historial de vida familiar y social, incluyendo a los antepasados. Pero no es el tema de hoy.
A la luz de lo expresado, parece casi un sinsentido proponer ser optimistas, ver el lado positivo de las cosas y confiar en que el Mal será derrotado. No podemos evitar los análisis continuos sobre el acontecer diario, que afecta a todo lo relacionado con la existencia humana, y no debemos hacerlo. ¡Cómo vamos a ser positivos viendo la situación de nuestros compatriotas ceutíes, con sus hijos sin poder realizar las actividades normales de los niños e incluso planteándose dejar su casa y negocio!
Pero tenemos el deber de hacer lo que esté en nuestra mano. Y cada quien desde su tribuna puede ayudar a crear conciencia. Todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. Y aunque pensemos que somos pocos, frente a un ejército o creamos que nadie nos oye o nos lee, no es así. Otra cosa es que optemos por la comodidad de callar para no meternos en problemas. Esa opción debe ser desechada.

