InicioOpiniónColaboradoresMiré los muros de la patria mía

Miré los muros de la patria mía

Es todo muy triste; tanto fuego, tanta inundación, tanta calamidad, tanto mal perpetrado por agentes incorpóreos que habitan en las cabezas y en las almas de aquellos traidores que nos gobiernan.

Todo es muy triste; pero la tristeza no es ningún pecado, sino la reacción natural de la persona noble que observa con dolor y hartazgo la destrucción de su patria, y constata perplejo cómo muchos compatriotas se han vuelto ciegos.

¿Cómo lo hacen los enemigos de España? ¿Tan hábiles son en su dominio psicológico y propagandístico, preparado durante décadas, para adormecer a un pueblo otrora bravo y guerrero; que en 722 se levantó contra el moro y luchó durante casi 800 años hasta la victoria final; que en Lepanto se enfrentó al turco limpiando de piratas el Mediterráneo; que entabló innumerables batallas victoriosas contra herejes de todo pelaje en defensa de nuestra religión fundante: el Catolicismo? ¿Cómo puñetas lo han hecho?

Hoy me viene a la memoria aquel maravilloso poema de Francisco de Quevedo, fechado en 1613, que decía:

Miré los muros de la Patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del yelo desatados;
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa, vi que amancillada,
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo, y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada;
y no hallé cosa, en que poner los ojos,
que no fuese recuerdo de la muerte.

Este poema nos lo hacían leer y analizar en el instituto, y concluíamos que era el reflejo de una época de decadencia que Quevedo miraba con dolor. ¿Pero de qué decadencia estamos hablando cuando el Imperio duró todavía doscientos años más, hasta el inicio de su descomposición a principios del siglo XIX? ¿Estamos locos?

Hizo falta una invasión francesa -masónica- que sembró España de cadáveres, tres guerras civiles mal llamadas carlistas que intentaron defender la patria católica en el siglo XIX (además de las desamortizaciones -robos legales, como ahora-), y una Guerra de Cuba para dar la puntilla por medio de un autoatentado de falsa bandera por parte de EEUU. Además, hubo otra guerra civil más en el siglo XX que fue cruzada contra los anticatólicos de izquierdas y masones, en un nuevo intento de acabar con nuestra fe y nuestra patria. Vamos, los rojos de toda la vida.

El mal siempre se disfraza, siempre se transforma, siempre es capaz de reinventarse para seguir combatiéndonos. Pero mi patria, salvo algún fleco, en todo momento estuvo en el lado del bien. Mi patria era España. Hoy casi no la reconozco.

Volviendo con don Francisco de Quevedo, ese poema, más que una reflexión sobre el presente que él vivió, parece una profecía. “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados”… Y me pregunto, ¿cuántas veces se han desmoronado nuestros muros pero los hemos vuelto a reconstruir? ¿Cuántas? Yo diría que incontables.

Llevan algo más de cien años intentando dividirnos en trocitos que dicen ser países (mienten), en regiones que quieren separarse, que siempre fueron España. Pues bien, tengamos presente que como reacción a tal barbaridad, a tal intento por destruirnos de todas las formas posibles (porque el ‘divide y vencerás’ lo llevan a rajatabla), nosotros hemos vuelto la mirada a la Hispanidad. ¿No quieres café?, pues toma dos tazas. Porque la verdadera patria de España no es solo el territorio peninsular mas Canarias, Baleares, Ceuta y Melilla. No. La verdadera patria de España es la Hispanidad al completo. Esa es nuestra patria grande. Hay que mirar a la patria grande, el mejor antídoto contra esta destrucción y división. Solo nos respetarán cuando volvamos a estar unidos y saquemos músculo (previa salida de Otan y UE).

No es momento de pusilánimes ni de lloricas. No es momento de débiles. Podemos estar tristes, pero siempre con coraje, que cada uno haga lo que tiene que hacer: desobedecer, transmitir, escribir, rezar, curar de verdad, bieninformarse, resistir, debatir, tener hijos, desactivar en casa los adoctrinamientos escolares, luchar, cantar, gritar. Gracias desde aquí a todos los luchadores; el ejército silencioso ya está en marcha. Hay mucha gente trabajando y actuando; no nos detengamos.

Sabemos que la izquierda española en su inmensa mayoría es antiespañola y anticatólica, antiprogreso (porque el progreso verdadero lo destruyen) y antidignidad humana. Pero la derecha no se queda atrás. El pueblo está solo, y por lo tanto el pueblo no solo tiene derecho a defenderse sino que ha de actuar; y así lo está haciendo.

Esto es lo que hace el enemigo: fuego, inundaciones, destrucción del paraíso español, de la industria, del campo, destrucción de todo. Es una guerra.

Alcemos la cabeza y miremos al futuro; reconstruyamos de nuevo el muro. Porque nuestros hijos y  nietos no se merecen menos de lo que nosotros hemos tenido. Y no hablo de mera cuestión económica, de dinero, riquezas y comodidades. No hablo del adormecimiento al que someten a las poblaciones a causa de la comodidad, la desinformación, el móvil en la mano, la cabeza gacha, la tele siempre encendida… Hablo del bien común, que rompió los esquemas del mundo en la era de los descubrimientos. A través del bien común lo hacemos todo para los demás y no para uno mismo. La codicia es calvinista, el ojo por ojo es judío, la esclavitud es luterana, la sumisión es musulmana; el bien común es católico y a él podemos volver porque todavía no se ha ido.

Finalizo.

Sí, es todo muy triste. Pero la tristeza, como decía al principio, no es un pecado. Es un lugar donde los ánimos del celtíbero se detienen un momento para descansar. Pero, ¡ay!, ¡ay de aquellos que se rindan!, porque ese no es el verdadero espíritu del guerrero.

Javier Santiago
Javier Santiago
Javier Santiago (Málaga, 1962). Músico de profesión (Profesor Superior de Violín). Mi principal dedicación es la enseñanza del violín en conservatorios de Andalucía desde hace más de treinta años. Aparte de haber trabajado en la Orquesta Sinfónica de Málaga, diversos grupos de música de cámara de distinta índole (música antigua, clásico-romántica y contemporánea), también soy músico en bandas de rock y música popular locales, donde, además del violín, toco guitarras y bajo. Asimismo soy compositor en gran medida autodidacta y, entre otras, he estrenado la música de varias producciones teatrales en el entorno de Málaga. La actividad de escritor y poeta, paralela a la de músico, nació muy pronto, en la adolescencia, por una necesidad expresiva y aconsejado por quien fue mi profesor en el instituto, el gran don Antonio Garrido Moraga (1955-2018). He publicado algunos artículos académicos y un libro de poesía (Soplos de Aliento, 2025).
Artículo relacionados

Entradas recientes