Por Alfonso de la Vega
Distraídos con tanto escándalo de corrupción, inmoralidad e incompetencia como nos ofrecen cada día nuestros próceres a veces no prestamos suficiente atención a lo más importante. Como hemos mencionado en una anterior entrada, la OCDE acaba de denunciar de nuevo en su informe PISA lo que es un secreto a voces para los ciudadanos de estos antes católicos y hoy devastados reinos que no renuncian a pensar por sí mismos: el notorio fracaso del Régimen para elevar la dignidad, la educación, formación intelectual y la cultura de sus súbditos. El Informe PISA nos sitúa a la cola de casi todo. En diez años, España ha perdido 30 puntos en Matemáticas, 45 en Lectura y 16 en Ciencias. En comprensión lectora apenas un 2 % alcanza los niveles superiores, frente al 6 % de la OCDE. Claro que tanta calamidad se compensa con la cosa filantrópica, inclusiva y en perspectiva de género anti patriarcal y demás retahíla.
Pero tal fracaso no debe achacarse a la falta de medios materiales que los hay en abundancia relativa con respecto a otros países que nos superan abrumadoramente en resultados. O al menos de ello se jacta el doctor falsario con su engañosa lengua de serpiente. La explicación debe buscarse en causas más profundas, de carácter técnico, psicológico o si se quiere espiritual aunque no en el sentido religioso confesional del término. En la definición y funcionamiento del propio sistema educativo. Planes de estudio inestables, irresponsabilidad e indisciplina, demagogia, sentimentalismo WOKE. Olvido o relegación de las Humanidades, de la filosofía, de la estética, de las artes. De aquello más elevado que hace al hombre ser hombre. Sin olvidar el rol que juegan profesores con escasa preparación, vocación y motivación en proceso de impune indisciplina y manipulación política.
Cierto que no es asunto fácil: Balzac explica en su Luis Lambert la historia de un joven superdotado al que el sistema educativo de su época no es capaz de comprender ni menos fomentar sus potencialidades. Pero Balzac habla de una realidad de hace dos siglos. Unos casos en los que de mantenerse la rigidez del sistema podría ser mucho más ventajoso el llamado homeschooling, si se me perdona la palabrota. En 2010, el TC en su conocida línea liberticida se oponía: “el derecho a la educación en su condición de derecho de libertad no alcanza a proteger una pretendida facultad de los padres de elegir para sus hijos por razones pedagógicas un tipo de enseñanza que implique su no escolarización en centros homologados de carácter público o privado.” En consecuencia el TC asimila abusivamente educación a escolarización, o lo que es lo mismo, “no hay educación fuera del Estado”. Parecido en cuanto alcance escolar al “no se puede pensar de ninguna manera que los hijos pertenecen a los padres» rebuznado por la ex ministra vasca del ramo. Visto lo visto, cada vez resulta más necesario desconfiar del Estado, al menos cuando tiende a conspirar contra la sociedad y la Nación a las que debería servir y no al revés. Y desde el punto de vista legal, si el TC tuviese razón en afirmar la inconstitucionalidad del “homeschooling” mientras serían constitucionales engendros como las ikastolas o las prohibiciones que los niños españoles estudien en español en cualquier parte de España, estaríamos ante un ejemplo más de la necesidad absoluta de reformar la constitución que ha devenido en un obstáculo real para el progreso moral, económico y político del pueblo español.
Pero con carácter más general nos encontramos en un proceso que provoca la desmoralización de muchos de los más capaces. Cuando no la mezcolanza y heterogeneidades de alumnos aparcados en aulas patera. Y, todo hay que decirlo, de mangoneo de los padres de los alumnos, muchos de ellos sectarios o sin preparación suficiente para juzgar o supervisar el sistema.
Microcosmos (el hombre) y macrocosmos (la sociedad, la civilización) se encuentran íntimamente interrelacionados. El progreso y elevación espiritual, intelectual material de las sociedades y de la Humanidad se basa en la formación de la gente y que así se pueda construir algo notable y elevado. Que las sociedades avanzan si así también lo hacen las gentes que la forman y adoptan sistemas axiológicos que fomentan la virtud, la superación, la responsabilidad, la autoexigencia y el mérito. Por tanto, se deduce que tampoco tiene esta aparente degradación que se denuncia nada de extraña en un sistema político embrutecedor al servicio de unas oligarquías ignorantes, antipatrióticas y corruptas. Es verdad que a un sistema de tales características para sostenerse de modo inmediato le interesa el embrutecimiento programado de la gente, de modo que se mantenga en un nivel de subordinación acrítica y trague mejor con el tradicional y permanente borbónico «¡Vivan as caenas!» A menor nivel intelectual y crítico, menor capacidad reivindicativa, menor productividad y salarios, pero también una condena de la competitividad y un suicidio a largo plazo.
La balcanización del llamado Estado de las autonomías con la creación de cuerpos de profesorado de irresponsable tendencia ombliguista, parásita, corporativista que medran en el caos y los aranceles lingüísticos de falsas fronteras y aduanas se ha convertido en un agente de disolución de gran eficacia letal. Los resultados en Cataluña han sido excluidos del Informe PISA por hacer trampas. Pero en un mundo tan globalizado como el actual acaso la cosa ya no está tan clara: a largo plazo, los intereses de la propia oligarquía, desagregada hoy en caciquismos regionales ramplones y enfrentados, pueden verse amenazados cuando lo que queda de la antigua nación se deteriora aceleradamente rumbo al Tercer mundo. Así sucede cuando el sistema se ve incapaz de mantener el orden anterior, cuando la civilización comienza a estar deshabitada o a estar habitada por bárbaros de mentalidad indigenista o indolente.
No deja de ser melancólico recordar, por ejemplo, que otrora en España se compuso el que cabría considerar el primer tratado de selección de personal en la civilización occidental. O que Saavedra Fajardo trataba de formar al Príncipe cristiano mediante «empresas» (emblemas o imágenes alegóricas). Al cabo, una forma de ejercitar el hoy preterido arte de la memoria, la Mnemónica. Un arte fundamental en la tradición filosófica, intelectual y estética de Occidente. Porque si es importante formar la inteligencia mediante las ideas, no lo es menos adiestrar la voluntad. Incluso este ejercicio de la voluntad fue factor especial en el devenir de la Cultura española, el querer ser, y en la conducta de nuestra Tradición. Hazañas como la reconquista o la prodigiosa aventura americana, no habrían sido posibles sin el adiestramiento de la voluntad. No carente de bases filosóficas por cierto. No hay que olvidar que la filosofía de la voluntad tuvo singular importancia en España. Así lo reconoció un gran hispanista. Nada menos que el traductor de Gracián al alemán y considerado el filósofo de la voluntad por antonomasia, Arturo Schopenhauer.
Pero de toda esta importante Tradición cultural española apenas parece quedar ya sino los relictos cada vez más minoritarios y condenados por razones vitales a la desaparición. El único consuelo quizás sea que el próximo Informe de la OCDE no nos permitirá empeorar mucho más en la jerarquía de la calidad. Ya casi somos los últimos.

