Por Alex Díaz
El día 23 este periódico dictó sentencia pública condenatoria. No es un periódico es un panfleto ideológico al servicio político e intereses económicos
El tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio, y además en muy poco tiempo valga la redundancia. Los tribunales han hablado. El hombre septuagenario al que La Voz de Galicia presentó ante la opinión pública el día 23 del presente mes, bajo un titular demoledor, como si fuese poco menos que un monstruo doméstico, ha sido absuelto.
Y ahora toca hacer una pregunta incómoda: ¿va a publicar La Voz de Galicia la absolución con la misma intensidad, el mismo espacio, el mismo relieve y la misma contundencia con la que publicó la acusación?
Porque cuando un medio señala públicamente a una persona, cuando la expone ante sus vecinos, ante su familia, ante sus conocidos y ante toda una ciudad, no puede esconderse después en el silencio cuando la justicia desmonta el relato que sirvió para destruir su reputación.
El artículo publicado sobre este hombre no fue una crónica inocente. Fue una pieza de enorme carga emocional, construida sobre expresiones devastadoras, con un titular que ya actuaba como condena social antes de que existiera sentencia. Se habló de un supuesto “clima de terror”, se proyectó sobre un hombre de 75 años una imagen brutal y
se ofreció al lector un retrato moral cerrado, como si la acusación fuera ya una verdad judicialmente acreditada.
Pero no lo era.
Ahora, según la resolución judicial, ha quedado acreditado que no existía base suficiente para condenarlo. Ha quedado absuelto. Y esa absolución no puede ser tratada como una nota menor, como una molestia o como un incómodo pie de página. Si el daño fue público, la reparación también debe ser pública.
Conozco personalmente a este hombre y a su familia desde hace 36 años. Por eso, cuando leí aquel artículo, no vi solo una noticia: vi cómo se arrasaba la reputación de una persona concreta, con una vida entera detrás, mediante una versión parcial y tremendamente lesiva.
Durante décadas he conocido a un hombre trabajador, educado, familiar y pendiente de los suyos. He visto a un padre implicado en situaciones familiares durísimas. He visto a un marido presente junto a su esposa en momentos médicos delicados. He visto a una persona con defectos, como todos, pero no al personaje oscuro que aquel artículo dejó dibujado ante miles de lectores.
Y ahora resulta que los tribunales le han dado la razón.
El medio tenía la obligación moral y profesional de actuar con mucha más prudencia. Tenía la obligación de escuchar a las dos partes. Tenía la obligación de contextualizar. Tenía la obligación de recordar que una denuncia no es una condena, que un juicio no es una sentencia firme y que una persona conserva su presunción de inocencia hasta el final del procedimiento.
La pregunta es sencilla: ¿se contrastó suficientemente la versión del acusado? ¿Se habló con personas que conocían a la familia desde hace décadas? ¿Se verificaron todos los extremos sensibles del relato? ¿Se midió el daño irreparable que podía causar presentar públicamente a un anciano como un maltratador antes de que la justicia resolviera?
Uno de los aspectos más graves es la referencia a una supuesta enfermedad de cáncer de su esposa. Según mi conocimiento directo de la familia, ese dato no se corresponde con la realidad. Lo que hubo fue una intervención médica, pero no padeció cáncer, y me consta que él estuvo junto a ella en todo momento, día y noche. Si el medio reprodujo o presentó ese extremo de forma errónea, tiene la obligación de corregirlo. No hablamos de un detalle menor: hablamos de un elemento utilizado para intensificar emocionalmente el relato y agravar la imagen pública del acusado.
El artículo de la Voz de Galicia empezaba así:
“Un septuagenario se sentó ayer en el banquillo de Vigo como supuesto autor de un delito continuado de maltrato psicológico hacia su esposa de nacionalidad británica durante 51 años de matrimonio. El implicado afronta cinco años y 10 meses de cárcel en total. Según la Fiscalía, el marido «ninguneaba» a su esposa tras ser operada de cáncer, creó «un clima de terror» en el hogar, y sus hijas le tenían «miedo» y «pánico».
Un detalle: en la nevera había dos tipos de productos, los de marca blanca para ella y sus hijas, y la «premium», para él.”
El detalle de que en la nevera había dos tipos de comida, premium y marca blanca, lo testificó el yerno de mi amigo, que curiosamente nunca vio la nevera de mi amigo. Además, impidió ver a su nieto a mi amigo, siendo esto un acto de crueldad terrible hacia él. Ver a su nieto es un derecho de cualquier abuelo. Debería caérsele la cara de vergüenza.
Después están las tres forenses, en media hora de reunión con la exmujer de mi amigo, y sin reunirse con él para contrastar los testimonios de las dos partes, como era su obligación, emitieron un informe completamente torticero, en el que dieron por válido todo lo que les contó la exmujer de mi amigo. La ironía es que las mujeres ahora tienen presunción de veracidad, pero ojo: solo si el varón es español. Si es un importado, ahí la cosa cambia, porque hay que respetar sus costumbres.
De esto, el señor E. V. Pita tampoco quiso saber. Construyó un relato digno de una novela de cine negro a favor de la locura de la industria de la mal llamada “violencia de género”, de donde comen muchos estómagos agradecidos, como comerá seguramente este señor.
También se han puesto en cuestión, según lo conocido del procedimiento, extremos relevantes del relato acusatorio: la supuesta tentativa de suicidio, el contexto médico, determinados testimonios y detalles domésticos empleados para construir una imagen moral del acusado. Pero nada de eso apareció con la misma prudencia en el artículo. Lo que sí apareció fue el impacto. La frase dura. El titular demoledor. La imagen del hombre ya condenado ante la sociedad.
Eso no es periodismo responsable. Es periodismo político al servicio del gulag de la industria de la violencia de género.
Un periódico no es un tribunal. Un periodista no es un juez. Un titular no es una sentencia. Y cuando la prensa olvida estos principios, puede convertirse en una maquinaria de destrucción personal.
Ahora que ha llegado la absolución, La Voz de Galicia tiene una oportunidad para hacer lo que debió hacer desde el principio: informar con equilibrio. Publicar la absolución con claridad. Reconocer que aquel hombre no ha sido condenado. Dar a la noticia absolutoria la relevancia suficiente para que quienes leyeron la acusación conozcan también el desenlace judicial.
Porque el daño ya está hecho. Ese hombre pasó por el calabozo. Fue señalado. Fue expuesto. Fue presentado ante la opinión pública bajo una sombra terrible. Y aunque la justicia lo absuelva, queda la mancha social, queda el dolor, queda la humillación y queda la pregunta: ¿quién repara ahora todo eso?
La prensa tiene poder. Mucho poder. Puede informar, pero también puede destruir. Puede iluminar una injusticia, pero también puede cometerla. Puede defender a víctimas reales, pero también puede fabricar culpables sociales antes de tiempo.
En este caso, la absolución obliga a mirar de frente la responsabilidad del medio. No basta con publicar acusaciones graves y luego callar cuando esas acusaciones no prosperan. No basta con esconderse detrás del “presunto” cuando todo el enfoque de una pieza empuja al lector hacia una condena moral. No basta con arrasar la reputación de una persona y después actuar como si la absolución no mereciera el mismo eco.
Por eso, La Voz de Galicia debería publicar una rectificación o, como mínimo, una actualización visible, clara y proporcionada, informando de la absolución y corrigiendo cualquier dato inexacto que haya contribuido a dañar la imagen de este hombre.
Y si no lo hace voluntariamente, habrá que valorar las acciones legales correspondientes.
Porque la justicia ya ha hablado. Ahora falta que el periodismo subvencionado rectifique. Como mínimo, La Voz de Galicia debería pedir disculpas públicas, y quien ha redactado el artículo, un tal E. V. Pita, que firma con estos títulos como: “Doctor en Comunicación Contemporánea, licenciado en Derecho, Sociología y Ciencias de la Información y escritor”, y que pidió para mi amigo la pena capital —sí, capital, porque muchos hombres con acusaciones falsas como estas se acaban suicidando—, debería, como mínimo, abandonar la profesión periodística, porque servir a la industria de la mentira debería pagar como mínimo Karma, debería pasar la misma experiencia que mi amigo para saber lo que significa servir a la industria de la mentira.

