Por Alfonso de la Vega
Como se sabe la elección del 23 de abril en homenaje al libro se debe a la conmemoración del fallecimiento de Cervantes. En esa misma fecha de 1616 aunque con diez días de diferencia, correspondientes a la existente entre los calendarios gregoriano y juliano, fallecieron dos grandes maestros de la literatura universal, Cervantes y Shakespeare. La Corona española también trata de revestirse con el prestigio cervantino y organiza un sarao literario que muchas veces parece ignorar las atinadas reflexiones de don Quijote en casa del Caballero del Verde Gabán.
Resulta curioso o paradójico pero, pese a lo que pudiera parecer, la figura de Cervantes no deja de ser equívoca y el conocimiento de su genial obra por desgracia demasiado superficial entre el gran público, cuando su poder educativo es extraordinario y especialmente necesario en los actuales momentos de crisis. Situaciones en las que es preciso preguntarse de modo acuciante cuál es el sentido de la vida y qué valores tanto a escala individual como social y política debemos adoptar para poder salir con bien e incluso crecidos de ellas. Y los grandes maestros tienen respuestas y nos las muestran. Actúan como una especie de cuásares iluminándonos desde la remota oscuridad del tiempo y por muy nublado que aparezca nuestro firmamento nunca deberíamos desdeñar su mensaje humanístico, hoy más acuciante que nunca.
Ya en 1612, debida a Thomas Shelton existía una versión inglesa de El Quijote antes que en ninguna otra lengua. A demanda del hispanista inglés lord Carteret, conde de Grandville, el polígrafo valenciano Gregorio Mayans y Siscar publicó en 1737 la que sería primera biografía de Cervantes, intercalada con un conjunto de consideraciones acerca de sus obras. En su dedicatoria al noble inglés, Mayans explica el desvío de los literatos hacia Cervantes: “persona digna de mejor siglo, porque aunque dicen que la verdad en que vivió era de oro, yo sé que para él y para algunos otros fue de hierro. Los envidiosos de su ingenio y elocuencia le murmuraron y satirizaron. Los hombres de escuela incapaces de igualarle en la invención y arte le desdeñaron como a escritor no científico.” Y prosigue sabiamente don Gregorio en lo que constituye toda una lección acerca de la naturaleza humana y la estulticia de buena parte de nuestra aristocracia y fuerzas vivas: “Muchos señores que si hoy se nombran es por él, desperdiciaron su poder y autoridad en aduladores y bufones, sin querer favorecer al mayor ingenio de su tiempo. Los escritores de aquella edad (habiendo sido tantos), o no hablaron de él o le alabaron tan fríamente, que sus silencios y alabanzas son indicios ciertos, o de su mucha envidia, o de su poco conocimiento.” Siempre que paso por Béjar o Monforte de Lemos me acuerdo de tan certeras apreciaciones.
Y no sólo se trata del interés de un aristócrata inglés por Cervantes, que lo rescatase de un cierto olvido en el que había caído aquí. Cabe recordar la obra de los viajeros como el arquitecto Street. O de Shelley, Hare, sir Henry Thomas, Ford, Borrow o Bolloten, el historiador de algún modo pionero de las interpretaciones de don Pío Moa. No deja de ser asunto en el que merezca profundizar el porqué de la importancia del hispanismo inglés, cuando fue precisamente Inglaterra principal promotora de la leyenda negra contra España. Probablemente en ningún pueblo europeo ha resultado ser tan antiguo, permanente y amplio el interés inglés por la civilización española. Pudiera ser por tratar de conocer mejor la especial personalidad de su tradicional rival histórico. O quizás por una mezcla de secreta admiración y envidia.

Los paralelismos entre Cervantes y Shakespeare no finalizan con la simple anécdota de la fecha de su muerte. Cervantes entrega su cuerpo a la Orden Tercera tras días antes de su muerte imitando a la figura arquetípica de Don Quijote. Ambos la criatura y su autor mueren de acuerdo a la ortodoxia. No sin antes proclamar la fe en Dulcinea, su Dama, y el universo de valores metafísicos que ella representa para el caballero. En La Tempestad se hallan influencias españolas: la Historia de Nicephoro y Dardano, incluida en Las Noches de invierno, (Madrid 1609) por Antonio de Eslava. También la de una relación española en América, surgida hacia 1526, la de Sebastián Hurtado un capitán español de cuya mujer, Lucía Miranda se enamoró un cacique de la región del Paraná, del primer establecimiento español del Río de la Plata. En el final de La Tempestad, Próspero, ¿trasunto de Shakespeare?, se despide de la magia y de la vida de un modo que recuerda el propio final de Don Quijote y de Cervantes. Ben Johnson parece conocer El curioso impertinente, versión cervantina del mito de Psiquis. Para Thomas “la influencia directa de España en Shakespeare es pequeña”. Pero no sería la primera vez que el autor inglés se «inspirase» en un texto español. La Fierecilla domada se asemeja mucho a un famoso apólogo de la colección el Libro del Conde Lucanor: El titulado De lo que aconteció a un mancebo que casó con una mujer muy fuerte y muy brava.
La influencia española también se puede encontrar ya en el siglo XIX en figuras tan notables como el político y escritor Benjamín Disraelí. Su obra Coningsby resulta de extraordinario interés y notable actualidad. El personaje Sidonia, trasunto del propio Disraelí, procede de una familia judía expulsada de España y le explica cómo funciona la política: “Usted ve querido Conngsby que el mundo es gobernado por personajes enteramente distintos de los que creen los que ignoran la vida entre bastidores…nunca observará usted en Europa un magno movimiento espiritual en el que no participen los judíos en alto grado…” Cuando negociaba empréstitos en diferentes cortes europeas, Sidonia siempre se encontraba judíos al mando de las haciendas: el conde de Cancrin en Rusia, Mendizabal en España, el conde de Arnin en Prusia o el hijo de un mariscal francés…
El pensamiento político de Cervantes sigue vigente en lo fundamental. Y ojalá nuestros infinitos políticos que medran en la Ínsula Barataria actual respetasen los consejos de Don Quijote a Sancho, convertido en buen gobernador y mejor juez. Al final Sancho, un hombre honrado dimite de gobernador harto de la gentuza que le rodea junto con unas lamentables élites desgraciadas que se burlan de su intención de buen gobierno.
Tras la traición de nuestras élites la propia existencia de España y de su Cultura se encuentra tan amenazada, que en algunos lugares de su territorio, los términos “español” o “españolista” se consideran graves insultos. El siglo de oro es hoy de hojalata chapada en oropel, eso sí, con nuevas tecnologías. Los pasados grandes magos del pensamiento o de la palabra han devenido en vulgares echacuervos. La Cultura, al parecer cerrada para el mundo vertical del Espíritu, en mohatra horizontal de quita y pon.
Pero no todo está perdido. El Quijote como obra universal, genial, arquetipo de la civilización española, constituye un faro para la Humanidad lúcida sensible y doliente. El lector consciente aún puede tomar el testigo que don Quijote le brinda “porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que la melancolía”. Depende del amigo lector que “en los nidos de antaño siga habiendo pájaros hogaño”. Y que en sus peripecias por los inciertos caminos de la vida sienta la presencia protectora y amiga del maestro don Quijote. Así sea.

