La actual ofensiva se desencadenó con una sincronía casi cinematográfica: justo cuando el portaaviones USS Gerald R. Ford, el buque más avanzado y poderoso de la flota estadounidense, arribaba a las costas israelíes en el Mediterráneo oriental, y mientras diplomáticos de Washington y Teherán mantenían conversaciones en Ginebra que parecían encaminadas a un posible acuerdo de última hora.
Los ejércitos de Israel y Estados Unidos han iniciado una nueva oleada de bombardeos masivos sobre Teherán y otras importantes ciudades iraníes, en una operación que se presenta oficialmente como el golpe definitivo para desmantelar por completo el programa de armamento nuclear de la República Islámica de Irán.
En paralelo, dos vecinos inmediatos de Irán —Afganistán y Pakistán— han entrado en una fase de guerra abierta tras meses de escaramuzas fronterizas, atentados y choques armados. ¿Simple coincidencia temporal o pieza deliberada de una estrategia mayor? Pakistán, estrechamente alineado con Estados Unidos y con Arabia Saudí, mantiene sus fuerzas armadas en máxima alerta y podría estar desplegando divisiones en su frontera occidental con Irán para inmovilizar tropas iraníes, recopilar inteligencia en tiempo real y presionar desde el flanco.
En el Mediterráneo, el portaaviones Gerald Ford y su grupo de combate tienen como misión principal blindar a Israel contra cualquier represalia masiva de misiles iraníes, mientras que los ataques aéreos directos contra territorio iraní se lanzan desde el otro portaaviones, el USS Abraham Lincoln, posicionado en el mar Arábigo, desde donde sus alas de combate pueden operar con mayor libertad y menor riesgo.
A fecha de hoy, las explosiones retumban en la capital, en instalaciones militares clave, en centros de mando y en infraestructuras críticas, mientras el humo se eleva sobre barrios residenciales y el pánico se extiende entre la población civil.
La pregunta que inmediatamente surge en la mente de cualquier observador atento es tan obvia como demoledora: ¿de qué sirvió, entonces, la llamada Guerra de los Doce Días de junio de 2025?
Aquella campaña anterior —una serie intensa de ataques aéreos selectivos contra instalaciones nucleares y militares iraníes, muchas de ellas enterradas bajo montañas o protegidas en búnkeres profundos— culminó con el asesinato selectivo de científicos nucleares destacados y altos mandos de la Guardia Revolucionaria.
Al término de esos doce días de fuego y acero, Washington proclamó solemnemente la victoria: el régimen de los ayatolás había perdido, según la versión oficial, toda capacidad real para avanzar en el desarrollo de armas nucleares.
La Casa Blanca, con tono triunfal, aseguró al mundo que el peligro había sido neutralizado de forma irreversible. Sin embargo, apenas ocho meses después, se lanza una operación de escala mucho mayor, con mayor intensidad, mayor alcance geográfico y con portaaviones posicionados en posiciones de ataque directo.
Si la primera intervención no logró sus objetivos declarados —o si estos eran mucho más limitados de lo que se dijo—, la conclusión es inescapable: la administración mintió, o al menos exageró de forma deliberada los resultados para vender una victoria prematura.
Varios analistas especializados, con acceso a informes de inteligencia y fuentes en el Pentágono, apuntan ahora a un cambio de narrativa más sutil pero revelador. Ya no se trataría únicamente de destruir la capacidad de enriquecimiento de uranio o la investigación en ojivas nucleares, sino de neutralizar por completo el programa iraní de misiles balísticos intercontinentales (ICBM).
Según evaluaciones de las agencias de inteligencia estadounidenses, este desarrollo permitiría a Teherán disponer de vectores capaces de transportar cargas nucleares —o convencionales de gran potencia— a cualquier punto del planeta. En otras palabras, estamos ante una forma de proliferación nuclear de bajo umbral: no necesariamente una bomba operativa inmediata, pero sí la capacidad de amenaza global que disuadiría cualquier intervención futura contra el régimen.
Tanto en su primer mandato (2017-2021) como en lo que llevamos de este segundo, Donald Trump ha hecho de la reconfiguración de Oriente Próximo en favor de Israel uno de los ejes centrales de su política exterior. Más seguridad para el Estado judío, más territorio efectivo bajo control israelí o aliados, y un debilitamiento irreversible de los enemigos históricos: este ha sido el norte, impulsado por la estrecha relación con Benjamin Netanyahu y por la influencia persistente de su yerno Jared Kushner, quien participó directamente en las negociaciones de Ginebra como figura clave.
Hace apenas unos días, Trump reconoció públicamente algo que hasta entonces circulaba en informes clasificados: que él mismo, como presidente, facilitó la llegada al poder en Siria de Ahmed al-Charaa (conocido en su etapa yihadista como Abu Mohammad al-Julani), un antiguo comandante terrorista buscado por la CIA y vinculado históricamente a Al Qaeda. Desde ese relevo —que supuso el derrocamiento de Bashar al-Asad—, Siria ha virado de forma drástica: el antiguo aliado incondicional de Irán y Rusia se ha convertido en un socio pragmático de Washington, cerrando filas con la coalición anti-chií.
La historia reciente de Oriente Próximo enseña una lección dura y repetida: las guerras asimétricas no se ganan con superioridad tecnológica abrumadora ni con bombardeos sostenidos desde el aire, y mucho menos con infantería convencional desplegada en el terreno.
Tras veinte años de presencia militar estadounidense en Afganistán —con billones de dólares gastados y miles de vidas perdidas—, la OTAN se retiró en agosto de 2021 en una evacuación caótica, y los talibanes recuperaron Kabul en cuestión de días.
La victoria en estos conflictos ya no depende de drones, misiles de precisión o aviones furtivos, sino de la voluntad de soportar un goteo constante de bajas hasta que el adversario se desangre moral y materialmente.
Por eso, nadie espera un desembarco anfibio masivo en las costas iraníes al estilo de Irak en 2003, ni una operación de captura de líderes como la que se intentó (y falló estrepitosamente) en Venezuela. Para un cambio de régimen por esa vía se requiere colaboración interna: facciones del propio régimen dispuestas a negociar con el “Gran Satán” a cambio de garantías de supervivencia.
Pero el régimen iraní ha demostrado ser de una solidez casi monolítica: la represión brutal de las protestas populares recientes —con cientos, posiblemente miles de civiles ejecutados o desaparecidos— ha consolidado su cohesión interna y su determinación.
Lo que Washington parece perseguir es una versión modernizada y más quirúrgica de la famosa declaración del general Curtis LeMay durante la guerra de Vietnam: bombardear hasta devolver al enemigo a la edad de piedra.
Pero con límites autoimpuestos y mayor precisión: despojar a Irán de toda su infraestructura tecnológica avanzada, de sus instalaciones críticas, de su capital humano científico y militar que pueda representar una amenaza existencial para Israel. Si, de paso, se produce el colapso del régimen de los ayatolás, sería un bonus extraordinario, aunque no el objetivo principal declarado.
El ataque a Irán es violencia vicaria contra China
Como ya dijimos en un artículo anterior en este mismo periódico, el adversario de verdad a batir, es China. Trump tiene, sin embargo, un plan estratégico de largo aliento en política exterior, que viene aplicando desde hace más de un año —incluso antes de su toma de posesión formal—. El enemigo principal no es Rusia, cuyo ejército lleva cuatro años sin lograr avances significativos hacia Kiev.
Todos los movimientos recientes —aranceles masivos, la oferta de compra de Groenlandia a Dinamarca, la reclamación del control efectivo del Canal de Panamá, la intervención en Venezuela y ahora las campañas de bombardeo contra Irán— convergen en un mismo propósito: asfixiar el acceso chino a recursos energéticos críticos y aislarla geográficamente.
Neutralizar a la República Islámica (el derrocamiento total del régimen parece cada vez más improbable) no solo aumenta la seguridad de Israel: corta una arteria vital de petróleo iraní que, pese a sanciones, fluía mayoritariamente hacia refinerías chinas a través de una flota fantasma. Estados Unidos no depende del crudo extranjero, tiene su propia producción y le sobra..
Lo que busca es agravar el déficit energético de Pekín, que pierde dos de sus proveedores clave:
– Venezuela (capturada por Trump en enero de 2025, con más del 80% de su exportación yendo a China) e Irán (cuyo cierre del estrecho de Ormuz golpea primero y más duro a los puertos chinos).
– Arabia Saudí, que bajo Biden se había acercado a Irán con mediación china y aceptado ventas en yuanes, ha vuelto al redil estadounidense e israelí.
Los países sunitas del Golfo cierran filas contra el eje chiita, como ya ocurrió en diciembre de 2024 con el relevo en Siria.
El Canal de Panamá fue la primera ficha: entre febrero y mayo de 2025, el gobierno panameño abandonó la Iniciativa de la Franja y la Ruta china, vendió puertos estratégicos a consorcios liderados por BlackRock y firmó acuerdos para bases militares permanentes estadounidenses. Groenlandia busca cerrar el acceso ártico a flotas rusas y chinas.
La presión sobre Moscú y Kiev para un alto el fuego no es por paz humanitaria, sino por cortar la dependencia rusa de tecnología y financiación china.
Trump intenta revertir lo que considera errores garrafales de Obama y Biden: evitar la alianza entre China y Rusia.
En el mapa ideal de la Casa Blanca, China y Rusia quedarían confinadas en Asia —junto a Mongolia, Corea del Norte y algunos estados ex soviéticos—, sin salida libre a océanos abiertos, rodeadas por alianzas estadounidenses: OTAN y Ucrania al oeste, Japón-Corea del Sur-Taiwán-Filipinas-AUKUS al este, el Ártico sellado por Groenlandia y aliados, y un Irán neutralizado que cierra el acceso al Índico, con India alineada por su rivalidad con China y Pakistán
Trump se reunirá en breve con Xi Jinping, concretamente del 31 de marzo al 2 de abril. El escenario será diferente al que pensaba el mandatario Chino cuando concertaron la entrevista. China tendrá capadas sus líneas de abastecimientod e energía.
Sólo quedará Rusia para venderle petróleo y gas a China, pero Rusia no puede asumir sola la demanda de energía de ese gigante económico.
La tregua arancelaria y Taiwán se perfilaban como los principales asuntos a abordar entre ambas partes en la visita. Ahora Trump tendrá en su mano una nueva carta: China se encuentra sin proveedores de petróleo. La negociación se antoja muy diferente a la programada por Xi Jimping.

