sábado, abril 18, 2026
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El aberrante Festival de Salzburgo: peor que Sodoma y Gomorra

El mundo entero debería estar escandalizado, pero no: el prestigioso Festival de Salzburgo, esa supuesta joya de la cultura europea, vuelve a demostrar que su “arte” no es más que una cloaca de depravación satánica. Un vídeo viral que circula en redes muestra con crudeza lo que pasó en su última “premiere” del 31 de julio en Austria: un escenario repleto de niños muertos, un bebé servido literalmente como plato principal en la mesa y un público de élite que aplaude extasiado.

Esto no es una metáfora. Es literal. Se levanta la tapa de una bandeja de plata y aparece un bebé (o un muñeco hiperrealista que simula uno) rodeado de manzanas y lechuga, como si fuera un cochinillo asado listo para devorar. En el fondo, proyecciones gigantes de cuerpos infantiles inertes y deformes completan la escena gore. Y el respetable auditorio, con sus esmóquines y joyas, estalla en aplausos.

¿Arte? No. Esto es una celebración pública de lo más bajo que puede concebir la mente humana: la muerte de niños y su consumo como trofeo. Es la normalización del infanticidio y el canibalismo bajo el pretexto de “libertad creativa”. El Festival de Salzburgo, financiado con dinero público y vendido como cumbre de la alta cultura, se ha convertido en un circo donde la élite globalista se masturba con imágenes que harían vomitar a cualquier persona con un mínimo de decencia.

Peor que Sodoma y Gomorra, titula con razón el post original. Al menos en la Biblia el fuego del cielo purificó la ciudad. Aquí, en cambio, el público paga entradas carísimas y ovaciona la profanación. ¿Qué mensaje envían? Que todo vale si se envuelve en luces de escenario y orquesta. Que los niños pueden ser objetos, cadáveres decorativos, comida simbólica. Que la frontera entre lo humano y lo monstruoso ya no existe para esta casta de “cultos”.

No es la primera vez. El Festival de Salzburgo lleva años compitiendo en el ranking de la degeneración: producciones que mezclan sexo explícito, violencia extrema y simbología ocultista con óperas clásicas. Pero esta vez han cruzado el Rubicón. Servir un bebé en bandeja ya no es provocación; es una confesión. Es decirnos a la cara que para ellos la vida infantil no vale nada, que pueden representarla como plato fuerte y que nosotros, el “pueblo ignorante”, debemos callar y aplaudir.

El silencio de los medios “serios” es ensordecedor. Si esto lo hubiera hecho un grupo de teatro underground de extrema derecha, ya habrían cerrado el festival y pedido cabezas. Pero como viene de la izquierda cultural, de los intocables del establishment artístico, se tapa con el manto sagrado de la “vanguardia”. Hipocresía pura.

Este festival no merece ni un euro más de subvención pública. No es cultura: es un ritual de deshumanización. Cada aplauso en esa sala es una bofetada a la dignidad humana, a los padres que protegen a sus hijos, a cualquiera que aún crea que el arte debe elevar el alma y no pudrirla.

Salzburgo ya no es un festival. Es un espejo roto de una civilización que se suicida entre vítores. Y mientras el público siga aplaudiendo bebés en bandeja, el abismo seguirá tragándose lo poco que queda de decencia en Europa.

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