Ceuta es española. Lo ha sido durante siglos. Su bandera, su lengua, su historia, su derecho y la sangre de quienes la han defendido no admiten debate ni relativismo. Cualquier intento de diluir esta evidencia es traición a la soberanía nacional. Y sin embargo, bajo el gobierno de Pedro Sánchez y sus ministros, con la mirada calculada de Marruecos, la comodidad interesada de Francia y el silencio del rey Felipe VI, la ciudad autónoma se encuentra cada vez más expuesta, más sola y más humillada.
El gobierno que no controla ni las cifras y Pedro Sánchez no es capaz de ofrecer una número fiable de cuántos inmigrantes invasores han regresado a Marruecos y cuántos permanecen todavía en Ceuta. El baile de números es, en sí mismo, el diagnóstico: el Estado no controla la situación.
Mientras tanto, lo que sí está acreditado es lo ocurrido la noche del domingo. Según informaciones publicadas, los inmigrantes que el Ejército debía trasladar desde el campamento de primera acogida hasta la playa para su devolución se resistieron violentamente, frustraron el operativo y marcharon en grupos hacia el centro de la ciudad. Lo que coreaban —se escucha con nitidez en las imágenes— es la shahada: «La ilaha illa Allah, Muhammad rasul Allah». La profesión de fe islámica. La fórmula de pertenencia a la umma. El sector que se niega a regresar invoca a Alá contra la ley española. Esa es la naturaleza del conflicto, y quien no quiera verla es porque ha decidido no verla.
Marruecos está en guerra con España. Ha comenzado una guerra híbrida y España no se ha enterado o, peor aún, no se quiere enterar. En esta guerra la seguridad deja de entenderse únicamente como una cuestión militar para abarcar también la protección de fronteras, el control de la inmigración, la vigilancia de posibles quintas columnas, la expulsión y control de quienes no respetan la legalidad, la defensa de infraestructuras críticas, el suministro energético, las comunicaciones, la sanidad y la capacidad de respuesta institucional.
Existen antecedentes que nadie quiere recordar. Nada de esto es nuevo. En mayo de 2021, Rabat empujó a cerca de diez mil personas a través de la frontera en apenas dos días como represalia por la acogida a Brahim Ghali. Marruecos administra la presión migratoria sobre Ceuta y Melilla como un instrumento de política exterior, con la reivindicación territorial de ambas ciudades siempre sobre la mesa. Cada crisis constituye un pulso, y este llega a una ciudad de apenas 83.000 habitantes, con una población musulmana que roza ya la mitad del censo y una comunidad cristiana en retroceso demográfico.
El 31 de julio, el general Mohammed Haramou, comandante en jefe de la Gendarmería Real, declaró que «hemos podido comprobar que en 10 minutos podemos invadir Ceuta».
Marruecos sabe lo que hace; España, no. Han pasado días desde el asalto masivo y los españoles de Ceuta siguen abandonados. Seguimos sin convocar al embajador de Marruecos. El rey sigue desaparecido. Ni un solo alto mando militar ha abierto la boca con la contundencia que exige la situación. Nadie ha propuesto un plan serio de refuerzo de fronteras. Nadie ha llamado a un boicot económico real. Nadie ha recordado con claridad la existencia de una quinta columna migratoria que se gestiona desde fuera.
El seguimiento de movimientos aéreos mostró un intenso puente logístico de la Real Fuerza Aérea marroquí entre bases y la zona de Tetuán, con varios vuelos de aviones C-130 Hércules. La invasión se organizó a través de grupos de Facebook que sumaban cientos de miles de miembros y que después desaparecieron. Uno de ellos se llamaba «Hraga España». ¿Por qué las autoridades españolas no se anticiparon? ¿Hasta qué punto el régimen marroquí conocía o facilitaba esos grupos?
Mientras tanto, el primer ministro marroquí Aziz Akhannouch viajó con su familia y amigos en un vuelo privado a Mallorca en plena crisis. El mensaje es claro: se puede presionar a España, abrir la frontera cuando conviene, utilizar a la propia población como arma y después irse a descansar a territorio español. Con un poco de decencia por parte del Sultán, se le ha llamado a volver a Marruecos. Pero esto demuestra que la impunidad es total.
España debería contraatacar con medidas de presión híbrida. Entre las principales fuentes de ingresos de Marruecos están el narcotráfico (el país es, según la ONU, el principal productor de hachís del mundo), las remesas de dinero que reciben de la población residente en el extranjero y la producción hortofrutícola.
Las mercancías que vienen a España desde Marruecos, carecen de etiquetado claro en los productos hortofrutícolas que muestre su origen y no existe un control estricto de las importaciones agrícolas que entran por puertos españoles. España debe rechazar las que no cumplan exigencias sanitarias y contingentes.
Se deben de suspender y cancelar los proyectos de la Agencia Española de Cooperación Internacional con Marruecos y requerís a la Unión Europea para que haga lo mismo.
Se ha de sancionar con la retirada de fondos públicos a ONG españolas que cooperen con entidades marroquíes.
Se ha de perseguir el narcotráfico en el Estrecho, fuente de financiación de Marruecos.
Se ha de suprimir cualquier ayuda a marroquíes y retirar las mismas con sanción a quienes no residan en España y suspender los procesos de nacionalización de ciudadanos marroquíes y revisión de los ya concedidos retirando la nacionalidad española.
Supresión inmediata de los programas de enseñanza de árabe y cultura marroquí financiados con dinero público que puedan servir de adoctrinamiento en lugar de integración, además de no conceder visados para estudiantes y turismo sanitario.
Realizar un listado de propiedades y negocios vinculados a la élite del majzén y estudio de los orígenes de los fondos con las que las han adquirido.
A nivel de gestión exterior, reconocimiento diplomático de movimientos que cuestionen la unidad del régimen marroquí, como el Rif o la RASD, si ello sirve a los intereses españoles.
Además, suspensión de relaciones diplomáticas con Marruecos mientras no cese la agresión híbrida. Retorno de efectivos militares desplegados en misiones lejanas porque hacen falta aquí. Ajuste de cuentas con una Unión Europea en la que varios socios han mostrado tibieza o rechazo a respaldar a España, mientras otros actores internacionales sí alzaron la voz.
El CNI es culpable ya que con miles de empleados en su nómina, ¿no sabía que se estaban reuniendo decenas de miles de personas para un asalto coordinado? La dimisión de su directora debería ser inmediata. El Senado, donde el PP tiene mayoría, debería reunir la comisión permanente y citar a Sánchez, a Marlaska y a la dirección de inteligencia.
Mientras tanto, la Armada culmina un brillante despliegue en el Atlántico con miles de militares, buques y aeronaves, asumiendo mandos de la OTAN. España despliega tropas y sistemas en Finlandia, Letonia, Eslovaquia, Rumanía, Estonia, Islandia, el Báltico y Turquía. Protegemos fronteras ajenas y descuidamos las propias.
OTAN preparada para una inexistente, imaginativa y muy presunta invasión rusa en el flanco este mientras nos presionan los marroquíes en el sur y no interponemos la fuerza necesaria en casa.
Alejandro Magno dijo que “no se teme tanto a un ejército de leones dirigido por una oveja como a un ejército de ovejas dirigido por un león”. Aquí tenemos la oveja al mando y los leones dispersos. El rey Felipe VI navega o prepara recepciones en Marivent. No tiene previsto acudir a Ceuta ni a Melilla. Se alega que sus actos deben ser refrendados por el Gobierno. Falso: ha viajado solo a tomas de posesión en Hispanoamérica. Es libre y Capitán General de los Ejércitos. Un rey se demuestra en las situaciones difíciles, no repartiendo medallas en eventos deportivos. Mientras el jefe del Ejecutivo veranea y se rodea de su entorno procesado o investigado, Ceuta espera una presencia que no llega. La pasividad monárquica en este momento es inaceptable. Sánchez le arrastrará a Felipe VI por el abismo de la Historia y se irá por el sumidero junto al Régimen del 78, objetivo de separatistas y comunistas.
La Iglesia que reparte limosna a los que corean la shahada. En medio de este escenario, la Iglesia en Ceuta anuncia que las colectas del fin de semana irán destinadas a la intendencia de quienes entraron de forma irregular y se resistieron a salir. La iglesia de Ceuta alimenta a la víbora que le morderá y le matará. Entregar el dinero de los fieles ceutíes, precisamente ahora, supone premiar el motín y la invasión con la colecta de quienes lo padecen. No hay Evangelio que ampare eso. Los católicos de Ceuta, que llevan décadas sosteniendo su fe en una frontera que Madrid solo visita para la fotografía, merecen algo mejor.
Las palabras del pontífice sobre Ceuta hablan de «situación», de paz, estabilidad y justicia, sin nombrar a Marruecos ni a España, sin señalar al causante. Una «situación» sin sujeto, como si se tratara de una borrasca. Al menos ha mencionado a Nuestra Señora de África, que esa si es de Ceuta y Española.
La invasión de Europa por los bárbaros, no ha sido un cuento, ha sido una realidad salvaje. Entre cincuenta y setenta mil personas entraron en cuestión de días en una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes. Hubo muertos. Italia reaccionó. Los ministros de Interior europeos se reunieron de urgencia. Nada de esto es un fenómeno natural. El método está documentado desde 2021. Quienes cruzaron la frontera al asalto, son la munición; el arma que los dispara es el Estado que abre o cierra la puerta.
Nos han vendido la mentira de que la madurez de una civilización se mide por su capacidad de claudicar. Para el moderado de salón, cualquier combate es una rémora del pasado. La máxima virtud ya no es la fe, la esperanza o la caridad: es la negociación infinita. El cristiano woke, cómodo y actual, no se despeina. No combate: concilia, conversa en mesas redondas mientras las iglesias se vacían. León XIII advirtió contra quienes se esconden bajo la máscara de la tolerancia universal y pretenden conciliar el Evangelio con la Revolución, a Cristo con Belial.
El propio Jesús dijo: «¡Quítate de mi vista, Satanás! […] porque tus pensamientos no me vienen de Dios, sino de los hombres». Y Chesterton diagnosticó con precisión a la sociedad que considera locos a quienes están dispuestos a combatir por Dios, por la patria, por los altares y los hogares.
La paz que ofrece el mundo a cambio de traicionar la verdad no es la verdadera Paz. Mientras algunos continúan su diálogo infinito con la nada, otros preferimos mantener la espada en alto, la rodilla en tierra solo ante Dios y la defensa de Ceuta como territorio español innegociable.
Ceuta no es un problema de gestión migratoria, es un problema de soberanía, de voluntad política y de dignidad nacional. El gobierno de Pedro Sánchez ha preferido la debilidad calculada. Francia mira hacia otro lado cuando le conviene. Marruecos actúa con método y sin complejos con el permiso de sus socios Estados Unidos e Israel, que es quién mece la cuna. El rey permanece ausente. La oposición, se limita a tocar el violón mientras arde la frontera. España debe exigir respuestas inmediatas, reforzar sus fronteras, devolver a todo aquel que entre ilegalmente, aplicar presión económica y diplomática y recordar que una ciudad española no se defiende con comunicados tibios ni con colectas piadosas a quienes desafían la ley coreando la shahada. Se defiende con autoridad, con claridad y con la convicción de que Ceuta es España. Y España no se rinde.

