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El documental sobre «La Marcha Verde»: si no aprendemos del pasado…

El archivo que circula estos días no es un documental cualquiera. Es un testimonio visual de 1975: soldados en el desierto, columnas de civiles, autoridades marroquíes y españolas, el edificio del Departamento de Estado en Washington y, al final, el féretro cubierto con la bandera de España. Quien lo publicó lo presenta con una tesis nítida: el expansionismo marroquí y sus métodos no son nuevos; el escenario que se vivió en el Sáhara es el mismo que se discute hoy a las puertas de Ceuta.

La analogía no nace en el vacío. A finales de julio de 2026, decenas de miles de personas cruzaron de forma irregular hacia Ceuta por tierra y a nado. El Gobierno español desplegó al Ejército, coordinó retornos masivos con Rabat y calificó lo ocurrido como una violación de la integridad territorial. En 1975, el instrumento no fueron pateras ni el salto de una valla urbana, sino una movilización civil de cientos de miles de personas —la Marcha Verde— con militares camuflados entre la muchedumbre. El objetivo, entonces y ahora según quienes defienden esta lectura, era el mismo: presionar a un Estado español en momento de fragilidad política hasta obtener un cambio de hecho sobre el terreno.

Lo que muestra el archivo de 1975

Las imágenes recorren el último acto de la presencia española en el Sáhara Occidental, entonces provincia 53. Se ve a la población saharaui y a unidades españolas en un territorio árido, cercado y militarizado. Aparecen después las élites del momento: uniformes, fez, saludos protocolarios. Más adelante, el rótulo del Departamento de Estado en C Street, en Washington: el conflicto no era solo hispano-marroquí. Henry Kissinger y la administración estadounidense siguieron de cerca la crisis, intentaron disuadir una invasión convencional y acabaron aceptando —cuando no facilitando— una solución que evitara una guerra colonial en el momento más delicado de la sucesión de Franco.

El tramo final del metraje es elocuente: periodistas con brazalete de prensa, la masa de la marcha sobre la arena y el féretro español. Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Seis días antes, el 14 de noviembre, el Gobierno de Carlos Arias Navarro había firmado en Madrid la Declaración de principios con Marruecos y Mauritania.

Ese texto es el corazón jurídico de la retirada. España ratificaba su voluntad de descolonizar el territorio y de poner fin a las responsabilidades que tenía como potencia administradora. Se creaba una administración temporal con participación de Rabat y Nuakchot, en colaboración con la Yemáa. La presencia española debía terminar, como máximo, el 28 de febrero de 1976. No se transfería formalmente la soberanía. En la práctica, sí se abandonaba el control. El referéndum de autodeterminación que España había prometido ante la ONU no se celebró.

El método: civiles como instrumento, no como accidente

El 16 de octubre de 1975, el Tribunal Internacional de Justicia emitió su opinión consultiva. Reconoció ciertos vínculos históricos de lealtad entre algunas tribus y el sultán, pero negó que existiera un vínculo de soberanía territorial que impidiera aplicar el principio de autodeterminación. Hassan II respondió el mismo día anunciando la Marcha Verde.

No fue una sorpresa estratégica. Documentos desclasificados de la CIA y cables de las embajadas estadounidenses en Madrid y Rabat muestran que Washington conocía planes de invasión, que Hassan sustituyó la ofensiva militar clásica por una operación civil-militar y que en Madrid se temía un «caballo de Troya»: decenas de miles de efectivos del Ejército Real mezclados con la columna de civiles. El 2 de noviembre, Juan Carlos de Borbón, ya jefe de Estado en funciones por la enfermedad de Franco, voló a El Aaiún. Dijo a los oficiales que no habría matanza de inocentes ni retirada deshonrosa, y que España cumpliría sus compromisos. Doce días después se firmaban los Acuerdos de Madrid.

Esa es la secuencia que el archivo pone delante del espectador: dictamen internacional contrario a las tesis de Rabat, movilización de población, presión sobre un Gobierno español dividido y un régimen agonizante, mediación de Estados Unidos, retirada negociada y un pueblo —el saharaui— que no fue consultado.

Una cadena más larga que 1975

Reducir la historia a un solo noviembre sería incompleto. La independencia de Marruecos en 1956 reabrió la doctrina del «Gran Marruecos», que incluía Ifni, Cabo Juby, el Sáhara y, en la reivindicación permanente de Rabat, también Ceuta y Melilla.

En 1957-1958 estalló la guerra de Ifni. En abril de 1958, los Acuerdos de Cintra devolvieron a Marruecos Cabo Juby (Tarfaya), la zona sur del antiguo protectorado. Ifni, convertida en provincia española, se retrocedió en 1969 por el Tratado de Fez. El Sáhara quedó para 1975. En 2022, el Gobierno de Pedro Sánchez dio un giro y respaldó la propuesta marroquí de autonomía como base «más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto. Cada paso ha sido distinto en forma jurídica. El patrón político que denuncian saharauis y sectores de la opinión española es el mismo: Rabat presiona, Madrid cede administración, gestión o relato, y la siguiente reivindicación aparece al poco tiempo.

Ahí encaja el titular. Los Borbones llegaron a España en 1700. Ceuta y Melilla, sin embargo, ya eran plazas europeas mucho antes: Melilla desde 1497; Ceuta, portuguesa desde 1415, permaneció fiel a la Corona española en 1640 y quedó confirmada por el Tratado de Lisboa de 1668. No es exacto decir que «llegaron los Borbones y empezó la cesión» de esas dos ciudades. Sí lo es afirmar que las grandes entregas territoriales del siglo XX en el África española —Tarfaya, Ifni, el Sáhara— se produjeron bajo Franco y se cerraron, en el caso decisivo de 1975, con Juan Carlos I como jefe de Estado en funciones, en el umbral de la Restauración borbónica.

Hay un matiz que el propio archivo no puede eludir. Felipe V llegó a plantearse el abandono de presidios africanos durante el larguísimo sitio de Ceuta (1694-1727). Carlos III firmó paz y comercio con Marruecos en 1767 y, aun así, Melilla sufrió un asedio en 1774-1775. La monarquía borbónica no inventó la presencia española en el norte de África, pero tampoco ha sido, en los momentos de debilidad, un dique automático contra las cesiones.

Lo que no es igual —y lo que sí se parece

Ceuta y Melilla no son el Sáhara de 1975. Son parte del territorio nacional, integradas en la Unión Europea, con estatuto de ciudades autónomas. El Sáhara permanece en la lista de Naciones Unidas de territorios no autónomos. España sigue figurando, a efectos de la ONU, como potencia administradora de iure, aunque abandonó el territorio hace medio siglo. No hay, a día de hoy, documento público que acredite una negociación para ceder la soberanía de Ceuta o Melilla. El Gobierno reitera que su españolidad «está fuera de toda duda».

La semejanza no está en el estatuto jurídico. Está en el método y en la psicología de la crisis. En 1975, Hassan II no necesitaba ganar una batalla campal: necesitaba que Madrid temiera la batalla. En 2026, la llegada masiva a Ceuta —con la inhibición inicial de las fuerzas de seguridad marroquíes y su posterior orden de cierre cuando el efecto político ya se había producido— vuelve a colocar a España ante un dilema clásico: responder con firmeza y asumir un choque diplomático, o gestionar el reflujo a cambio de no tensar la relación con Rabat.

El archivo termina con un ataúd y una bandera. No es casual. La retirada del Sáhara se decidió mientras moría el régimen que había convertido aquel desierto en provincia. Quienes hoy proyectan esas imágenes sobre Ceuta no están diciendo, en rigor, que la historia se repita fotograma a fotograma. Están diciendo que Marruecos ha aprendido una lección y que España, en cada relevo de debilidad institucional, ha tendido a pagarla con territorio, administración o relato.

Esa es la tesis del vídeo. El pasado no condena el presente por sí solo. Pero explica por qué, cada vez que se abre una crisis en la frontera sur, el mismo fantasma cruza el Estrecho: el de un Estado que conoce el precio de ceder y, aun así, vuelve a calcular si esta vez también le sale más barato.

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