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Crónicas imposibles de un reino imaginario

Por Alfonso de la Vega

Érase una vez un reino de leyenda, muy, muy lejano, donde todo estaba al revés y mil cosas podían pasar. Los viejos cronicones cuentan sucesos indecibles y en todo caso increíbles. En una perniciosa iconoclastia de términos y conceptos para mayor confusión y medro de traidores, cortesanos y ladrones ya nada correspondía a su tradicional nombre, las invasiones eran crisis migratorias; los invasores, tiernos jóvenes de espíritu puro y pensamientos elevados, seres de luz a las que hembras progres descerebradas dedicar sus favores de complacientes huríes.

Aunque de vez en cuando se arrojaba alguna pieza ya inservible al vertedero de la justicia para con tal disimulo reforzar la impunidad en la corrupción del Régimen. Y lo raro no sólo era ya la curiosa aplicación de la Justicia. En aquel bendito reino las leyes eran fijadas a pachas entre las autoridades monárquicas y las abundantes y enriquecidas bandas de delincuentes, ex terroristas, golpistas, desfalcadores, santiguadores de bolsillos, importadores de invasores, forajidos, vendedores de telas invisibles, madames y sus hijos, hampones, jaques y gente del bronce en general.  Los delincuentes y bandoleros exigían muy llenos de razón que se pusiese o quitasen tal cosa del código penal que pudiera estorbar su presente granjería o futuras fechorías. Y así lo obedecían sin demora las heroicas autoridades del reino. En caso necesario, se perdían pruebas comprometedoras o se aplazaban juicios para no perjudicar a las bandas delictivas implicadas. O se acogían a sagrado; la firma salvadora de Su Majestad para garantizar la impunidad y el disfrute íntegro del botín. 

Poco antes de venirse abajo se había logrado que fuera el reino con menos delitos del mundo, si bien es verdad  que tan elevado mérito era debido a que los propios delincuentes decidían qué lo era o no a su conveniencia con el beneplácito de las virtuosas y pundonorosas autoridades.  Si nada es delito, no hay delincuentes. Ingenioso. Y si algún equipo de corchetes era eficaz contra el tráfico de drogas o voluntades, se disolvían los corchetes.

Pero en ese disparatado reino de leyenda todo era al revés. No se sabe si esta literatura era conocida allí pero el caso es que en muchas cosas se imitaban las famosas Novelas ejemplares del ilustre escritor español don Miguel de Cervantes. Así, el Rinconete y cortadillo, o La Española inglesa o El Coloquio de los perros. Sin olvidar las de un satírico Quevedo o de un prudente Gracián, por citar varios sabios autores de un conocido reino cercano. En el Coloquio, uno de los canes sabios cuenta al otro sus aventuras y peripecias mientras se ocupó de guardar un rebaño de ovejas. Y observa, cuando trata de averiguar la verdad de los extraños ataques que sufren, como son los propios pastores a cuyo teórico cuidado se encuentra el indefenso rebaño quienes so pretexto del lobo matan y roban a los que deberían cuidar.

Pero esta peste psicológica no deja de recordar ciertas conocidas infestaciones diabólicas del pasado. Muchas de las enfurecidas hembras ahora protestantes recuerdan a las antiguas viejas brujas separadas del aquelarre. Como decía Martín de Río “a muchos engaña el demonio privándolas de los sentidos internos y externos, trastornándoles tal vez la fantasía”. El famoso doctor Laguna, médico renacentista autor del Dioscórides renovado, contaba un sucedido con la mujer del verdugo de Metz. Para curar su insomnio la mandó untar con una pócima ya preparada a base de cicuta, solano, beleño y mandrágora. Se durmió y costó mucho despertarla. Lo hizo muy disgustada: “¿Por qué en mal punto me despertaste que estaba rodeada de todos placeres y deleites del mundo?” Y se dirigió así a su marido: “tacaño, hágote saber que te he puesto el cuerno y con  un galán más mozo y estirado que tú.”

Sobre la infestación diabólica feminista hay mucho escrito. Es opinión de San Jerónimo que algunos démones se dan a devaneos amorosos. Así interpreta lo que dice el profeta Oseas en la Biblia, quien lo explicaba a su manera: «con su plata y su oro se han hecho ídolos para su propia ruina…todos ellos son adúlteros… han llevado su perversidad al colmo mas yo seré una vara para todos ellos…no amaré más a sus hijos porque son hijos de prostitución…su madre se ha prostituido, se ha deshonrado la que los dio a luz . Decía ella: iré en pos de mis amantes…porque su espíritu de fornicación le ha seducido…» 

Para Enoch el problema del Mal está ligado a los demonios encarnados motivados por el orgullo y la lujuria. Demonios que se encuentran encarnados entre los poderosos viviendo con los hombres generando crímenes y calamidades.

En confesión registrada por un valiente cronista llamado Quevedo: ”Ha considerado esta sinagoga que el oro y la plata son los verdaderos hijos de la tierra que hacen guerra al Cielo… el dinero es una deidad de rebozo que en ninguna parte tiene altar público y en todas tiene adoración secreta; no tiene templo particular porque se introduce en los templos. Es la riqueza una seta universal en que convienen los más espíritus del mundo, y la codicia, un heresiarca bienquisto de los discursos políticos y el conciliador de todas las diferencias de opiniones y humores…No tenemos ni admitimos nombre de reino ni de república, ni otro que el de Monopantos: dejamos los apellidos a las repúblicas y a los reyes, y tomámosles el poder limpio de la vanidad de aquellas palabras magníficas; encaminamos nuestra pretensión a que ellos sean señores del mundo y nosotros de ellos. Para fin tan de lleno de majestad no hemos hallado con quien hacer confederación igual, a pérdida y a ganancia, sino con vosotros que sois los tramposos de toda Europa. Y solamente os falta nuestra calificación para terminar de corromperlo todo, la cual os ofrecemos plenaria, en contagio y peste, por medio de una máquina infernal que contra los cristianos hemos fabricado los que estamos presentes…hemos inventado una contratriaca para encaminar al corazón los venenos, cargando sobre las virtudes y sacrificios, que se van derechos al corazón y al alma, los vicios y las abominaciones y errores, que, como vehículos, se introducen en ella. Si os determináis a esta alianza, os daremos la receta…”

El asunto posee un interés no solo histórico. Modernamente cierta parte de la población se muestra o actúa como infestada por demonios, o drogas, bien materiales o bien mentales o espirituales. Se cree sus propias estupideces y fantasías o las que interesadamente los media de intoxicación de masas difunden y administran al servicio de los poderes más oscuros o tenebrosos. Así, ya no resulta extraño que las nuevas feministas se muestren como poseídas, actúen sin el más mínimo decoro o pudor o confiesen desear participar en un obsceno aquelarre permanente. Circulan en las RRSS vídeos de señoritas en edad de merecer deseando placentero trato carnal con la morisma invasora.

Pero en ese infestado reino imaginario sus autoridades se quejan de que no tiene presupuestos para atender a las ingentes mocedades invasoras pretendidamente menesterosas enviadas por un rey corrupto que malgasta decenas de miles de millones en comprar armas de guerra al Imperio para amenazar  a sus vecinos y supuestos amigos o aliados. De modo que, “tras cornudo, apaleado”. No solo invaden sino que en vez de echarlos sin contemplaciones por su delito de violar la frontera deben dar a los invasores los servicios que niegan a los saqueados súbditos que se ven obligados a pagarlo con su esfuerzo y trabajo.

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