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«Quien mal anda, mal acaba»

Por Alfonso de la Vega

“Pues con recíproco pacto

Nos obligamos los dos:

Tú a adorarme a mí por Dios

Y yo igualando al contracto

A cumplirte ese deseo 

Y hacer que de fortuna goces

Y que obedezca a tus voces

Todo el reino de Leteo 

Riqueza, honor y opinión 

De noble y sabio he de darte

Y tras de todo librarte 

Del poder y la opresión

De las justicias; de suerte

Que te valga mi amistad 

Eterna felicidad

En la vida y en la muerte”

(Ruiz de Alarcón en Quien mal anda, mal acaba

Pero sabemos que al final el diablo no suele cumplir sus pactos ni atender sus promesas. Y la cosa no termina bien. En efecto, entre desastre y desastre está siendo la comidilla de estos momentos una entrevista palanganera hasta la nausea en la tele gubernamental de un esforzado masajista de guardia llamado Ruíz a ZP, el glorioso y admiradísimo ex presidente del gobierno de la Corona tras beneficiarse del mayor atentado criminal de la historia de España.

Tratando de ocultar su pacto diabólico durante la misma ZP se dedicó a imitar a Forrest Gump con el argumento que él no sabía nada, que todo lo hace por su buena intención asaz filantrópica, de alianza de civilizaciones, cambio del clima climático,  renovables, y en perspectiva de género. Que como buen contador de nubes, desbaratador de las reservas oficiales de oro  y socialista ejemplar, él tiene poco pero está dispuesto a dar mucho. Lo que no fuera óbice para asegurarnos muy serio y puesto en razón  que cabe comprobar que «él no es tonto, que tonto es el que hace tonterías». Y que si está imputado es por la venganza de la ultraderecha, de esos malvados fachas de toga y puñetas envidiosos de las hazañas y grandes logros del socialismo. Que si estaba metido en todos los ajos que se le imputan era por pura casualidad, porque pasaba por allí en un momento inoportuno.

Y se lamenta: Oye Javier,  “¿qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hasta dónde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora”. Tengo como enemigos a los malvados encantadores Frestón, Lirgandeo, Alquife, Arcalaus, Merlín. O el gigante Malambruno que llenó de barbas los rostros de las dueñas de la corte y convirtió a mis dulces hijas en góticas colaboracionistas.

Que lo de las joyas, al revés de lo que acusan los lenguaraces descontentadizos y mal pensados, era magra herencia de la abuela de caperucita roja, que luego le pidieron el rosario de su madre y se quedó con todo lo demás.

Roto el pacto se desvanece la ilusión y todo vuelve a su prístino origen.

Pero tiene razón ZP, él no es tonto. Tonto es el que se lo cree.

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