El 8 de noviembre de 1519, Hernán Cortés entró en Tenochtitlán al frente de un pequeño contingente de unos 500-600 españoles, 16 caballos y miles de aliados indígenas que se habían unido a él hartos del dominio mexica. Lo que siguió es una de las gestas más extraordinarias de la historia universal: con recursos limitados, inteligencia estratégica y una audacia excepcional, contribuyó de manera decisiva a la caída de un imperio que controlaba varios millones de personas en el centro de Mesoamérica. Cortés es el protagonista de una de las grandes aventuras de la humanidad, comparable en audacia y trascendencia a las de Alejandro Magno, Julio César o los grandes exploradores de otras épocas.
Partió de Cuba con fuerzas reducidas, hundió sus naves para cerrar el camino de retorno, forjó alianzas clave con los totonacas y, sobre todo, con los tlaxcaltecas, enemigos históricos de los aztecas por los tributos, el bloqueo económico y las guerras floridas destinadas a capturar víctimas para sacrificios. Esos aliados indígenas aportaron el grueso de las tropas en las fases decisivas. Cortés combinó diplomacia, velocidad, uso táctico de la caballería y la artillería, y una comprensión profunda de las divisiones políticas locales. Tras el encuentro con Moctezuma, la Noche Triste, la recuperación en Tlaxcala y el asedio final de 1521, Tenochtitlán cayó. Sus Cartas de relación al emperador Carlos V documentan con detalle estos hechos y justifican las decisiones tomadas al servicio de la Corona.
Más allá de la conquista militar, la corona de Castilla emprendió una labor de construcción institucional sin paralelo en su tiempo: fundó las primeras universidades del continente americano (Santo Domingo en 1538, México y Lima en 1551, anteriores a Harvard), levantó catedrales, colegios, iglesias, hospitales y un sistema de derecho (Leyes de Indias) que reconocía derechos a los indígenas y regulaba el trato. La evangelización, el mestizaje, la introducción de nuevas técnicas agrícolas, la ganadería y la escritura latina transformaron profundamente el territorio. En contraste, el modelo de colonización inglesa en América del Norte priorizó en mayor medida el asentamiento de colonos y mostró un enfoque distinto hacia las poblaciones nativas, con menor densidad temprana de universidades de pleno derecho y de grandes construcciones eclesiásticas.
Si una figura de esta envergadura, un capitán que, con unos pocos cientos de europeos y decenas de miles de aliados locales, participó en la transformación de un continente, hubiera nacido en otro país, es muy probable que hoy fuera un icono mundial ensalzado en monumentos, películas y relatos nacionales sin complejos. En España, sin embargo, la recepción de Cortés y de la gesta de la conquista ha estado marcada durante los últimos años por actitudes de reserva, complejo o crítica en algunos sectores políticos y mediáticos, que a menudo han preferido enfatizar los aspectos más oscuros sin equilibrarlos con el contexto de la época, las alianzas indígenas ni los logros civilizadores posteriores. Esta mirada acomplejada no es inevitable: la historia de la conquista es compleja, con elementos de genio militar y construcción de un nuevo orden, y merece ser contada con rigor y sin tabúes.
Cortés fue un prodigio —ambicioso, astuto y visionario en su capacidad de adaptarse— que protagonizó una de las aventuras más decisivas de la historia humana. Liberó pueblos fuertemente oprimidos y llevó la fe, la civilización y la lengua. Su figura, y la de quienes le acompañaron, forma parte del patrimonio histórico de España y de América, y como tal debe ser conocida y valorada en toda su dimensión.
(Por Lourdes Martino)

