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Un chip en el cerebro para controlar el ánimo y la ansiedad que suena a una auténtica pesadilla

Investigadores del laboratorio de neurotecnologías de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, en Suiza, han presentado un dispositivo llamado L0gSync. Se trata de un pequeño chip implantable, de apenas unos milímetros, diseñado para medir cómo se comunican entre sí distintas zonas del cerebro. A partir de esos datos decide cuándo y cómo aplicar estimulación eléctrica con el objetivo de tratar trastornos del estado de ánimo y de ansiedad.

El aparato registra la actividad cerebral, extrae indicadores de la fuerza de las ondas y del grado de sincronía entre regiones, y mediante un sistema de aprendizaje automático identifica estados cognitivos o emocionales. Cuando detecta un patrón que considera problemático, genera la señal para activar la estimulación. Consume muy poca energía, lo que facilita su uso prolongado dentro del cráneo. Los trabajos se han publicado en revistas especializadas y se enmarcan en un proyecto financiado con varios millones, orientado a enfermedades psiquiátricas graves que no responden a los tratamientos habituales. Se ha probado con registros humanos previos y en experimentos con ratas.

Hasta aquí la oficialidad: una herramienta “inteligente” y “precisa” que solo actúa cuando hace falta, a diferencia de los estimuladores tradicionales que emiten impulsos de forma continua. Suena a avance. Pero la reacción de mucha gente ha sido de rechazo frontal, y con buenos motivos.

En redes y conversaciones se repite la misma imagen: Matrix. Un dispositivo implantado que lee el cerebro y decide intervenir en lo que sentimos. Otros dicen, con más crudeza, que prefieren seguir siendo humanos, con sus altibajos, sus tristezas y sus ansiedades, antes que convertirse en un organismo regulado por un circuito. Hay quien ve en esto una forma demasiado cómoda de “gestionar las emociones”, como si la felicidad pudiera programarse desde fuera. Y no faltan las voces que advierten: no hace falta meter un chip dentro de la cabeza cuando ya existen sensores externos, cascos, relojes o sistemas no invasivos capaces de monitorizar actividad cerebral sin abrir el cráneo.

La verdad es que el invento se parece peligrosamente a las películas en las que la tecnología promete alivio y acaba destruyendo la autonomía. No estamos hablando de un marcapasos para el corazón, un órgano cuya función es mecánica y relativamente simple. Estamos hablando de meter hardware y algoritmos dentro del órgano que define quiénes somos, cómo pensamos y qué sentimos.

Los defensores insisten en que se trata de casos graves, de personas que sufren depresiones o ansiedades resistentes a todo. El argumento parecerá comprensible para ciertos sectores. Pero la historia de la medicina está llena de intervenciones que empezaron “solo para los casos extremos” y acabaron normalizándose. Una vez que se acepta la idea de que un chip puede detectar un “estado emocional inadecuado” y corregirlo, la frontera se vuelve borrosa. ¿Quién decide qué es un estado problemático? ¿El paciente, el médico, el algoritmo entrenado con datos de un laboratorio suizo, o el fabricante que vende el dispositivo?

La estimulación eléctrica cerebral no es inocua. Puede alterar personalidad, memoria o motivación. Convertirla en un sistema de circuito cerrado, que actúa solo y en tiempo real según lo que “lee” el chip, multiplica las dudas. Un error de clasificación, un sesgo en el aprendizaje automático, una mala acción deliberada o una actualización del software podrían intervenir en momentos delicados. Y, una vez implantado, el paciente depende de una tecnología propietaria, de baterías, de actualizaciones y de quien controle los datos que ese chip genera sobre su vida interior.

Este tipo de experimentos parece que vienen a decir que el cerebro es una máquina defectuosa que se puede reprogramar, y que las emociones desagradables son un error a corregir en lugar de una parte de la experiencia humana. La tristeza, la ansiedad o el malestar tienen funciones. A veces alertan, a veces obligan a cambiar, a veces simplemente forman parte de estar vivos. Convertirlos en señales que un chip debe detectar y silenciar es dar un paso hacia un modelo de ser humano más predecible, más “optimizado” y, sobre todo, más fácil de manejar.

La desconfianza en ellos es la reacción sana de quien intuye que, detrás del lenguaje científico, se abre la puerta a una forma de control más íntima que cualquier vigilancia externa. Un chip que mide cómo hablan entre sí las partes del cerebro y decide cuándo estimularlo no parece precisamente un tratamiento, más bien una tecnología que se sitúa en el límite de lo que significa ser una persona libre.

Conviene recordar que algunas líneas rojas no deberían cruzarse solo porque la tecnología ya lo permite. El hecho de que algo se pueda hacer no significa que deba hacerse. Y un dispositivo que promete regular el ánimo desde dentro del cráneo se parece demasiado a una distopía disfrazada de progreso.

(Por Lourdes Martino)

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