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Economía, política y otras enfermedades del gallinero

Por Alex Díaz

ESPAÑA: DE POTENCIA INDUSTRIAL A GRAN ALMACÉN DE PRODUCTOS CHINOS

Cuarenta años de reconversiones, hipermercados, globalización, burocracia y políticos prometiendo reindustrializar lo que sus propios modelos económicos contribuyeron a desmantelar.

Hubo un tiempo en España en que se fabricaban cosas. Sí, aunque a nuestros actuales ingenieros de la subvención les parezca una leyenda mitológica, aquí había talleres, fundiciones, fábricas de electrodomésticos, textiles, calzado, muebles, herramientas, maquinaria y miles de pequeños negocios familiares.

Había ultramarinos donde el dueño conocía a sus clientes, talleres donde se reparaba hasta lo irreparable y fábricas donde se producían objetos que hoy compramos a miles de kilómetros.

La gente levantaba la persiana, trabajaba, producía y vendía.

Pero llegó la modernidad.

Y, carallo, qué modernidad.

PRIMER ACTO: LA DEMOCRACIA DE LOS HIPERMERCADOS

En 1981 desembarcaba en España la cadena francesa Alcampo. Su primer hipermercado abrió en Utebo (Zaragoza), con un lema comercial que parecía una declaración de guerra: «Fulminamos los precios».

¡Y vaya si cambió el panorama comercial!

Mientras la gran distribución se expandía con enormes superficies, centrales de compras, economías de escala y una capacidad financiera desconocida para cualquier tendero de barrio, miles de comercios tradicionales se enfrentaban a una competencia completamente desleal. Las grandes superficies empezaron vendiendo artículos de primera necesidad por debajo del coste de compra de la mayoría de los pequeños tenderos.

El pequeño comerciante tenía un mostrador, una libreta de fiados y una furgoneta que arrancaba cuando quería.

El hipermercado tenía departamentos comerciales, financieros, jurídicos y capacidad para negociar miles de toneladas de mercancía.

Y, mientras tanto, el Estado de las autonomías, o «Régimen del 78», iba creciendo como un monstruo, ampliando y reformando sus nuevos impuestos, completamente confiscatorios.

—Manoliño, ¿qué hace falta para vender una lata de sardinas?

—»Antes, tener sardinas. Ahora, ademais, cómpre ter asesor fiscal, programa informático, libros contables, declaraciones trimestrales y paciencia para aguantar a Facenda.»

El IVA llegó en 1986, sustituyendo otros impuestos indirectos. El IBI apareció en 1990, sustituyendo tributos anteriores. Las cotizaciones y el IRPF ya tenían antecedentes, pero el entramado administrativo continuó evolucionando hasta el actual manicomio fiscal.

El pequeño empresario no solamente tenía que vender: también debía encontrar tiempo y dinero para cumplir con las normas del nuevo manicomio burocrático.

La gran distribución fue un cepo para instaurar el monopolio en el que estamos obligados a comprar hasta un huevo. El objetivo del Gobierno socialista y de su presidente de entonces, Felipe González, alias «Isidoro» —como le pusieron sus amos, los Rockefeller, de aquella—, fue arruinar al pequeño comercio y favorecer a las grandes superficies comerciales.

SEGUNDO ACTO: LA RECONVERSIÓN INDUSTRIAL, O CÓMO CELEBRAR QUE CIERRA UNA FÁBRICA

Llegaron los años ochenta y la palabra mágica: RECONVERSIÓN.

Siderurgia, astilleros y otras industrias sometidas a reestructuraciones, cierres, ajustes y pérdidas de empleo.

La gran Ley de Reconversión Industrial llegó en 1984, incluso antes de nuestra entrada en la Comunidad Económica Europea, en 1986.

Había empresas con problemas reales de competitividad, tecnología anticuada y necesidades urgentes de modernización, pero lo lógico habría sido invertir en estas industrias para modernizarlas, no en crear una burocracia completamente inútil que nunca ha aportado nada, solo problemas.

Pero una pregunta sigue siendo pertinente:

¿Se hizo lo suficiente para sustituir la capacidad productiva que desaparecía por nuevas industrias competitivas?

Porque cerrar una fábrica resulta relativamente sencillo. Lo complicado es construir otra, reunir maquinaria, formar trabajadores, desarrollar productos y conseguir clientes internacionales.

Y el resultado de varias décadas merece una reflexión.

En 1997, las manufacturas representaban aproximadamente el 16,7 % del PIB español.

En 2025, apenas el 10,6 %.

Eso no quiere decir que toda nuestra producción industrial haya desaparecido. Significa que su peso en la economía se ha reducido considerablemente.

¡Pero tranquilos, Manoliño!

Siempre podemos crear un observatorio para estudiar por qué desaparecen las fábricas.

Y después, naturalmente, otro observatorio para supervisar al primero.

TERCER ACTO: EL MILAGRO CHINO Y EL CONTENEDOR SALVADOR

En diciembre de 2001, China entró en la Organización Mundial del Comercio.

Y comenzó una etapa decisiva de integración del gigante asiático en las cadenas internacionales de producción.

Ropa, juguetes, tornillería, herramientas, electrónica, electrodomésticos, maquinaria, componentes industriales… y ahora también vehículos.

¿Para qué fabricar aquí determinados productos cuando una empresa extranjera puede producirlos por menos dinero?

La cuestión no es culpar al trabajador chino, sino examinar las diferencias de costes, subvenciones, escala industrial y condiciones de producción entre unos países y otros.

Porque los productos importados deben cumplir las normas europeas aplicables, pero las condiciones energéticas, laborales y ambientales de las fábricas que los producen no siempre son equivalentes.

Y mientras discutimos cómo recuperar nuestra competitividad, los contenedores siguen llegando.

Los números comerciales de 2025 son espectaculares:

  • España compró a China mercancías por 50.250 millones de euros.
  • China compró productos españoles por 7.972 millones.
  • Déficit comercial bilateral: 42.278 millones de euros.

Naturalmente, importar también permite abaratar productos y acceder a tecnologías. Pero convendría preguntarse cuánta capacidad industrial estamos dispuestos a perder a cambio.

—Manoliño, ¿fabricamos vasos de cristal?

—Non, home. Comprámolos.

—¿Y bombillas?

—También.

—¿Y electrodomésticos?

—Muchos vienen de fuera.

—¿Y los coches?

—Cada vez hay más fabricantes chinos.

—¿Entonces qué fabricamos nosotros?

—¡Normativas, informes y planes de reindustrialización, carallo! De eso tenemos producción ilimitada.

CUARTO ACTO: ADIÓS A LA PESETA, BIENVENIDOS AL EURO

Y llegó otro acontecimiento histórico.

En 1999, el inspector de Hacienda que presidía España, José María Aznar, renunció a disponer de una política monetaria propia con la creación del euro, a cuenta de tener él una economía propia de un multimillonario, gracias a lo «bien mandado con la secta alubia» que fue. En 2002 desaparecieron de la circulación las pesetas y empezó la inflación que nos lleva arruinando también desde aquella época.

La moneda común eliminó costes de cambio y facilitó el comercio europeo.

Pero también supuso perder la posibilidad de devaluar nuestra propia moneda cuando la economía española necesitase recuperar competitividad frente al exterior.

Desde entonces, competir exige mejorar productividad, costes, tecnología e inversión sin disponer de aquella herramienta monetaria.

—Manoliño, ¿y si nuestros productos resultan demasiado caros?

—Pues tendremos que producir mejor.

—¿Y si la energía, la financiación y la burocracia nos ahogan?

—Pues redactamos una estrategia europea de competitividad.

¡Manda carallo! Para perder una fábrica tardamos meses; para redactar un plan de recuperación industrial podemos estar años.

QUINTO ACTO: BRUSELAS Y LA FABULOSA INDUSTRIA DEL FORMULARIO

Y llegamos al gran espectáculo contemporáneo.

La Unión Europea declara que quiere recuperar la industria, fabricar tecnologías estratégicas y, al mismo tiempo, arreglar el clima del planeta implantando la mayor estafa de la historia: el cambio climático antrópico. Todo ello, obligando a los europeos a cumplir normativas sacadas de la mente de un demente.

Como vemos actualmente, Ursula von der Leyen parece sacada del mismísimo infierno; Satanás, a su lado, es un aprendiz de brujo.

Y una pregunta que nadie se hace: ¿quién ha colocado a este engendro como dueña de la UE? ¿El PP? ¿El PSOE? ¿SUMAR? ¿PODEMOS? ¿Los populares europeos? ¿O más bien ACOM, OPEN SOCIETY FOUNDATION o la AIPAC, los actuales propietarios de las marcas políticas y sus franquicias en España, por poner unos pocos ejemplos?

Objetivos diseñados para el oligopolio internacional, destinados a erradicar la competencia. Vamos, que quieren que cavemos la tumba y paguemos las balas en nuestro entierro.

¿Cómo puede competir una pequeña industria sometida a elevados costes energéticos, fuertes inversiones iniciales y numerosas obligaciones administrativas frente a fabricantes internacionales de dimensiones gigantescas y que no cumplen ninguna normativa europea?

La transición energética es parte de esta gran estafa, pero necesita industrias capaces de fabricar turbinas, motores, acero, maquinaria y componentes eléctricos.

La Unión Europea quiere una economía verde para los europeos y, mientras tanto, favorece a China y su gran economía industrial completamente negra. Es una estafa monumental; vamos, que se ríen a carcajadas de los europeos.

El escenario ya es una fabulosa sátira:

Europa diseña la política medioambiental.

China fabrica los equipos.

España importa los productos.

Y Manoliño paga la factura eléctrica.

¡Un modelo circular perfecto! Circula el dinero, circulan los contenedores y circulan las órdenes administrativas.

Lo único que corre peligro de no circular es el pedido por nuestra propia fábrica.

SEXTO ACTO: EL NEGOCIO DE ADMINISTRAR A LOS QUE PRODUCEN

¿Cuántos recursos públicos destinamos a facilitar la producción y cuántos a gestionar, supervisar y regular esa misma actividad?

Un fabricante debe captar clientes, invertir en maquinaria, asumir riesgos comerciales, pagar salarios, financiar existencias y responder por la calidad de sus productos.

A su alrededor existe una enorme estructura administrativa con funciones duplicadas y en muchos casos innecesarias, que deben desaparecer.

Y en cuanto a subvenciones, prestaciones, observatorios, fundaciones y organismos públicos, la pregunta no debería ser cuántos podemos crear, sino qué resultados producen y cómo se justifican sus presupuestos.

Porque hay personas que verdaderamente necesitan ayudas sociales. No son el problema.

El problema aparece cuando una estructura burocrática se perpetúa sin demostrar su utilidad, cuando una ayuda no consigue su objetivo o cuando una pyme necesita más recursos para gestionar papeles que para mejorar sus máquinas.

Y entonces llega nuestro genial modelo económico:

—Manoliño, ¿qué necesitas para producir?

—Un torno nuevo y electricidad barata.

—¿Y no prefieres una subvención para realizar un estudio sobre sostenibilidad?

—Non, meu, prefiero fabricar.

—¡Pues así no hay quien te modernice!

EL GRAN FINAL: LA GRANJA DEL SIGLO XXI

Después de décadas de reconversiones, globalización, concentración comercial, integración monetaria y nuevas regulaciones, España tiene ante sí una elección económica fundamental.

Puede facilitar que sus empresas desarrollen productos, inviertan, exporten y compitan.

O puede resignarse a comprar cada vez más manufacturas extranjeras mientras multiplica los informes sobre la necesidad de fabricar las nuestras.

Porque producir riqueza no consiste simplemente en mover dinero de un bolsillo a otro, crear organismos o repartir presupuestos.

Hace falta tecnología, conocimiento, inversión, trabajo y clientes dispuestos a comprar lo que fabricamos.

Un país puede vivir del comercio, del turismo y de los servicios. Pero una economía también necesita conservar la capacidad de producir bienes estratégicos.

Y ahora viene el remate, Manoliño.

Imagínate que dentro de unos años el último fabricante español de vasos de cristal decide cerrar su fábrica.

La noticia conmociona a Bruselas.

Se convoca una cumbre extraordinaria.

Se redacta una declaración institucional.

Se organiza una conferencia sobre reindustrialización sostenible.

Se contrata una consultora.

Se presenta un plan dotado de varios millones de euros.

Y para celebrar la inauguración del nuevo Centro Europeo para la Recuperación de la Industria del Vidrio…

SE COMPRAN CINCO MIL VASOS FABRICADOS EN CHINA.

—Manoliño, ¿y por qué no los fabricamos aquí?

«—¡Porque estamos demasiado ocupados estudiando por qué xa non fabricamos nada, carallo!»

Crónicas desde el gallinero europeo.

«Una sociedad que dificulta producir y considera suficiente administrar lo producido por otros termina poniendo su futuro económico en manos ajenas».

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