En 1999, durante la campaña de bombardeos de la OTAN sobre la entonces República Federal de Yugoslavia, varias fábricas de tabaco serbias fueron alcanzadas por misiles. No eran objetivos militares evidentes ni infraestructura crítica para el esfuerzo bélico. Eran instalaciones que fabricaban cigarrillos. La pregunta que plantea un superviviente de aquellos ataques, que vivió de cerca el conflicto, sigue siendo la misma veinticinco años después: ¿por qué bombardear tabaco?
Según su testimonio, poco después de los ataques llegó Philip Morris. La compañía reconstruyó las instalaciones dañadas, modernizó la maquinaria y las elevó a estándares internacionales de producción. Hoy, cigarrillos elaborados en Serbia bajo marcas de Philip Morris se venden en Australia, Europa y otros mercados. Serbia se convirtió en un exportador relevante de este producto.
NATO bombed Serbian tobacco factories in 1999.
Sounds strange. Why bomb tobacco? Not military targets. Not critical infrastructure. Just factories making cigarettes.
Then Philip Morris showed up. Rebuilt those same facilities. Modernized the equipment. Brought them up to international production standards.
Today you can buy cigarettes made in Serbia under Philip Morris brands in Australia, Europe, everywhere. Serbia became a major exporter.
So let’s think about this. NATO bombs the factories. Philip Morris rebuilds them and profits from the production capacity.
Who benefited from that bombing?
Same pattern with Microsoft. Right after the bombing stopped, big Microsoft headquarters opens in Belgrade city center. I remember walking past that building and seeing their logo up there. Didn’t take long.
The bombing was illegal under international law. That’s not opinion. No UN Security Council approval. Violated the NATO charter itself. But they did it anyway.
Then Western corporations moved in while the rubble was still being cleared.
I lived through it. I watched it happen. And 25 years later I’m still asking the same question: who were they really fighting for?
— SlavicPatriot (@infantserbian) October 26, 2026
El patrón que describe el autor es elocuente: la OTAN destruye las fábricas y una multinacional occidental las reconstruye y obtiene beneficios de esa capacidad productiva. “¿Quién se benefició de ese bombardeo?”, se pregunta.
El mismo esquema, según su relato, se repitió con Microsoft. Poco después de que cesaron los bombardeos, abrió una gran sede en el centro de Belgrado. El autor recuerda haber pasado por delante del edificio y haber visto el logo de la empresa. No pasó mucho tiempo.
Desde el punto de vista legal, el bombardeo de 1999 careció de autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y, según algunos análisis, violó la propia carta de la OTAN. Aun así, se llevó a cabo. Mientras se despejaban los escombros, las corporaciones occidentales se instalaron.
Quien escribe estas líneas vivió los hechos. Los observó de cerca. Y veinticinco años después sigue planteando la misma cuestión: ¿por quién estaban realmente luchando?
El testimonio no pretende ofrecer una explicación definitiva, sino dejar abierta una pregunta incómoda sobre las consecuencias económicas de una intervención militar que, más allá de sus justificaciones humanitarias oficiales, dejó un rastro de destrucción industrial seguido de una rápida entrada de capital occidental.

