Debemos diferenciar con claridad el fútbol como deporte del fútbol como fenómeno de manipulación de masas. En un Mundial, ni el pueblo argentino pierde nada esencial ni el pueblo español gana nada real: todo es una “gran ilusión”.
Los aficionados pueden vivir el juego con auténtico entusiasmo. Eso es legítimo y hasta saludable. Lo que no cabe es caer en el fanatismo de creer que la victoria o la derrota plantean una cuestión existencial, individual o nacional. Quien lo vive como algo vital, casi religioso, además de hacer el ridículo, revela un problema grave: ha perdido el sentido del humor y, con él, la capacidad de poner las cosas en su justa medida.
La reflexión más lúcida que se ha hecho sobre este asunto la formuló, precisamente, un argentino: Alejandro Dolina. En una de sus intervenciones más recordadas, el músico y escritor desmontó con elegancia y humor la naturaleza ilusoria del fútbol:
“Vivimos en un mundo y en un país donde las alegrías no son muy frecuentes, de manera que ilusionarse con los partidos no está tan mal. Pero si uno tiene un ataque de realismo y se da cuenta de que la vida va a seguir más o menos igual, gane o pierda el equipo… entonces el fútbol no sirve más. Si uno no tiene esa ilusión, aunque sea por un rato, no sirve más.”
Dolina recupera la idea del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge sobre la “fe poética”: para disfrutar de cualquier fenómeno artístico hay que suspender la incredulidad. En el teatro no se le recuerda al actor que, cuando termine la función, irá a comer pizza con sus supuestos asesinos. En el cine se acepta que las imágenes en movimiento son solo fotografías sucesivas. Y lo mismo ocurre con el fútbol:
“Hay que suspender la incredulidad y entregarse a la fe poética, que consiste en creer que un gol de Messi nos va a mejorar la vida. Y en la medida en que lo creamos, un poco la va a mejorar.”
Lo que realmente mueve a las multitudes, sostiene Dolina, no es tanto el juego en sí como “la ilusión de que algo nacional se juega allí”. Esa ilusión de superioridad colectiva, de destino compartido, de gloria prestada. Una ilusión que, mientras dura, funciona. Cuando se desvanece o se convierte en odio permanente, fanatismo o violencia, deja de ser juego y se transforma en algo mucho más tóxico.
EL FÚTBOL, LA GRAN ILUSIÓN
Debemos diferenciar bien el fútbol, como deporte, del fútbol como “fenómeno” de manipulación de masas. En el Mundial, ni el pueblo argentino ha perdido nada ni el pueblo español ha ganado nada; todo ha sido una “gran ilusión”.
Los aficionados pueden… pic.twitter.com/vYKg7tXUux
— Mn. Jaime Mercant Simó (@JaimeMercant) July 22, 2026
El fútbol, entonces, no es mentira: es ficción consentida. Una de las pocas ficciones que todavía es capaz de producir alegría instantánea y colectiva. Pero solo mientras se la viva como lo que es: una gran, hermosa y pasajera ilusión. Quien la confunde con la realidad misma, pierde no solo el partido, sino también el sentido de la proporción.

