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¡No puede ser verdad! El Ministerio de Defensa retira 85 máquinas de vending de los cuarteles tras descubrir cámaras y micrófonos en los sistemas de pago

Lo que empezó como una anomalía detectada por los propios militares en las máquinas de café y refrescos de los acuartelamientos ha terminado en una orden de retirada masiva y en un nuevo episodio de improvisación institucional. La Unión de Militares de Tropa (UMT) alertó en febrero de 2026 de que los nuevos módulos de pago con tarjeta instalados en estas máquinas incorporaban cámaras y micrófonos capaces de captar imagen y sonido de forma continua, sin cartelería informativa, sin consentimiento de los afectados y sin la preceptiva Evaluación de Impacto en Protección de Datos exigida por el RGPD.

El hallazgo se produjo inicialmente en instalaciones de la Subinspección General del Ejército Sur. Algunos militares, al descubrir las lentes, optaron por la solución más básica imaginable: taparlas con cinta adhesiva negra. Los micrófonos, lógicamente, seguían operativos. El 16 de febrero de 2026 la UMT registró un escrito con trece preguntas concretas ante la Subsecretaría de Defensa y el Consejo de Personal de las Fuerzas Armadas (COPERFAS). Quería saber cuántas personas habían estado expuestas, durante cuánto tiempo, si se había notificado a la Agencia Española de Protección de Datos y, sobre todo, cómo había sido posible que dispositivos con capacidad de grabación audiovisual entraran en recintos militares sin que nadie lo detectara en los pliegos de contratación.

El Ministerio tardó cinco meses en responder. El 16 de julio de 2026 envió su contestación, pero la clasificó como de «uso oficial», lo que impide a la asociación y a los afectados conocer el detalle completo de lo ocurrido. De lo que sí se ha filtrado se desprende que el problema era real: el Ejército de Tierra identificó 85 máquinas con estos terminales de un total de 244 repartidas en sus bases y acuartelamientos. En otras instalaciones del Ministerio de Defensa se detectaron siete más. En el Ejército del Aire se procedió a la desactivación de las funciones de vídeo y audio. En la Armada y el Estado Mayor de la Defensa no se han encontrado, al menos de momento.

Las empresas adjudicatarias sostienen que las cámaras y micrófonos estaban bloqueados por software y que los dispositivos solo leían códigos QR o de barras. El Ejército no se fió. Ordenó cesar de inmediato cualquier captación, retirar o sustituir los sistemas de pago en el plazo de un mes, exigir certificaciones técnicas de que no existen sensores audiovisuales activos y prohibir en futuros contratos la instalación de equipos con estas características sin autorización previa. Algunas máquinas se reubicaron en zonas menos expuestas y se pidió el sellado físico de las cámaras bajo supervisión de seguridad. El Ministerio está elaborando un protocolo de comunicación previa y descarta, según sus comprobaciones, que se haya producido una brecha real de datos personales. La UMT, sin embargo, considera insuficiente basarse en certificaciones de las propias empresas y reclama una auditoría técnica independiente.

Francisco José Durán Baños, presidente de la UMT, lo ha calificado de «fallo de seguridad y de protección de datos de primer orden». Una máquina de vending moderna es, en la práctica, un pequeño ordenador conectado: pantalla, sistema operativo, módulo de comunicaciones, lector de tarjetas y, en este caso, sensores audiovisuales. En un cuartel, alrededor de la máquina de café se concentran conversaciones cotidianas de soldados, suboficiales y oficiales. Fragmentos aparentemente irrelevantes —nombres, horarios, destinos, movimientos— pueden adquirir valor cuando se recopilan de forma sistemática. Que algo así haya podido instalarse sin controles previos dice mucho del nivel de rigor en la contratación pública del Ministerio de Defensa.

Hasta aquí los hechos documentados. No hay prueba pública de que las cámaras o los micrófonos estuvieran grabando y transmitiendo información. Pero la simple presencia de estos dispositivos en instalaciones militares, descubierta por los propios militares y no por los mecanismos de supervisión del departamento, ya constituye una vulnerabilidad grave.

Y aquí llega la conclusión inevitable. No puede ser verdad. O, mejor dicho, no debería ser verdad. Que en 2026 haya que tapar con cinta adhesiva las cámaras de las máquinas de café de los cuarteles españoles porque nadie revisó los pliegos de contratación es de un surrealismo que rayaría en la comedia si no afectara a la seguridad nacional. Que el Ministerio tarde cinco meses en contestar, clasifique la respuesta como «uso oficial» y se limite a pedir certificaciones a las mismas empresas que instalaron el material, mientras los militares siguen sin saber si fueron grabados o no, es el retrato perfecto de una administración que improvisa, oculta y reacciona solo cuando ya no tiene más remedio.

España es un chiste lo mires por donde lo mires. Un país donde la seguridad de las Fuerzas Armadas depende de que un soldado se fije en una lente sospechosa y decida ponerle un esparadrapo. Donde los controles previos fallan, las respuestas llegan tarde y clasificadas, y la solución final consiste en retirar 85 máquinas como si eso borrara el problema de fondo. Cuando hasta las máquinas de vending de los cuarteles se convierten en un potencial vector de espionaje por pura desidia administrativa, el ridículo deja de ser anecdótico y se convierte en sistema.

 

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