El 12 de agosto de 2026 Cataluña vivirá un eclipse solar total, el primero visible en el territorio desde 1905 y el último hasta 2180. Un fenómeno raro, espectacular y legítimamente fascinante. La Generalidad ha desplegado un plan integral (“Catalunya mira al cel”) con puntos de observación, control de tráfico, campañas de seguridad visual y actividades culturales. Hasta aquí, todo razonable.
Pero entre las noticias aparece una iniciativa que chirría: SOLARIS. Una app de “ciencia ciudadana” que invita a 5.000 voluntarios a sincronizar sus relojes inteligentes o pulseras de actividad para registrar frecuencia cardíaca, respiración y otros parámetros biométricos durante cinco días (dos antes, el día del eclipse y dos después). Los datos, dicen, se envían de forma anónima al Vall d’Hebron Institut de Recerca (VHIR), en colaboración con el Institut d’Estudis Espacials de Catalunya (IEEC). El objetivo oficial: estudiar cómo reacciona el cuerpo humano (y las emociones asociadas) ante un eclipse total.
Suena inocente. Casi bonito. Ciencia abierta, participación ciudadana, un experimento “pionero a nivel mundial”. ¿Quién no querría contribuir al conocimiento mientras contempla cómo el día se convierte en noche?
Y sin embargo, hay algo profundamente extraño en el momento y en la forma.

La sospecha legítima
En una época en la que los wearables ya miden casi todo lo que hacemos, en la que las apps de salud recogen datos de forma masiva y en la que las administraciones y las grandes tecnológicas han demostrado una capacidad notable para normalizar la cesión de información personal “por el bien común”, cualquier convocatoria oficial que pida “comparte tu ritmo cardíaco durante varios días” genera desconfianza. No porque el eclipse no pueda producir efectos fisiológicos reales (la oscuridad súbita, el cambio de temperatura, la emoción colectiva… todo eso existe), sino porque el marco es demasiado conveniente.
Se pide participar justo cuando miles de personas estarán concentradas, mirando al cielo, en un estado de atención especial. Se pide mantener el dispositivo activo durante una semana. Se pide, en algunos relatos, cruzar esos datos con autorreportes emocionales y, según ciertas informaciones, con información de localización para distinguir el grado de oscurecimiento. Aunque se insiste en el anonimato y en que no se recogen identificadores personales, la experiencia reciente enseña que “anónimo” es a menudo un concepto elástico: reidentificación, agregación, usos secundarios, retención indefinida…
La pregunta que surge de forma natural no es “¿es posible que el eclipse afecte al corazón?”, sino “¿por qué precisamente ahora y de esta manera?”. ¿Es ciencia pura o también un ensayo de recogida masiva de datos biométricos bajo una narrativa atractiva e inocua? ¿Hasta qué punto las administraciones están probando la disposición ciudadana a ceder parámetros vitales “por una buena causa”?
El patrón se repite
No es la primera vez que un evento excepcional se convierte en vehículo de recolección de información. Crisis sanitarias, emergencias climáticas, grandes concentraciones… siempre aparece la justificación de “necesitamos datos para entender mejor X”. El problema no es la curiosidad científica. El problema es la asimetría de poder y la falta de escrutinio real sobre qué se hace después con esos datos, quién los custodia, durante cuánto tiempo y con qué finalidades adicionales.
SOLARIS se presenta como voluntario y transparente. Eso es positivo. Pero la propia normalización del gesto —descargar una app oficial, sincronizar el reloj y “contribuir”— forma parte de un proceso cultural más amplio: acostumbrarnos a que el cuerpo sea una fuente de datos públicos o cuasi-públicos. Hoy es el eclipse. Mañana puede ser cualquier otro evento colectivo.
No se trata de negar la ciencia
Existen estudios previos sobre respuestas fisiológicas y comportamentales durante eclipses, sobre todo en animales. Ampliar el conocimiento humano es legítimo. Pero la escala, el canal (app + wearables personales) y el momento (un fenómeno de enorme carga emocional y mediática) invitan a la cautela. La ciencia ciudadana es valiosa cuando hay control real del ciudadano sobre sus datos, cuando la transparencia es total y cuando no se aprovecha un estado de fascinación colectiva.
Mientras tanto, la web oficial de Eclipsi Catalunya 2026 promociona la participación con el tono entusiasta habitual: “Ya puedes participar en la investigación…”. Como si no hubiera ninguna razón para dudar.
Quizá no haya ninguna conspiración. Quizá sea exactamente lo que dicen: un experimento interesante. Pero la extrañeza no desaparece. Porque lo que realmente se está normalizando no es solo el estudio de un eclipse. Es la idea de que, ante cualquier fenómeno suficientemente atractivo, es natural y casi cívico entregar los latidos del corazón a una base de datos institucional.
Y eso, digan lo que digan, sigue siendo inquietante.

