Por Alfonso de la Vega
Arde España en pira funeraria iluminando el reino de corrupción con la enorme violencia de las llamas pero sin que ninguno de nuestros próceres causantes o cómplices en este desastre habitual haga como la valquiria Brunilda y se arroje a la pira flamígera. Anteayer mismo como quien dice, mientras el fuego implacable devoraba riquezas nuestro guapo oficial, el señorito “Antonio” había ido a tierras gringas para chupar cámara y adornarse con méritos ajenos. Igual que don Felipe y familia. En la variación está el gusto y aquí en el achicharrado reino filipino lo mismo se inaugura un incendio que se apaga un tren de alta peligrosidad. O al revés. Tras Almería o Zaragoza ahora toca Guadalajara en un área de importante patrimonio natural.
Los socialistas de la Agenda 2030, hace unos días en ocasión semejante el jefe andaluz Bonilla y ahora el de la taifa manchega, coinciden en su falsario sermón: la culpa de los devastadores incendios que llevan arrasadas varias decenas de miles de hectáreas es del cambio del clima climático climatizable. Si el bachiller Page hubiera preguntado a los cabreros de don Quijote pronto le hubieran aguado su impostado y falaz discurso sobre la futura edad de oro con la agenda 2030. Jerga socialista y ecologista de distracción de incautos mientras se consuma el trinque y la erosión.

Me reprochan que haga bromas con cosas tan tremendas. No les falta razón, pero no son bromas sino formas de denuncias. La verdad es que estamos asistiendo al sabotaje de nuestra sociedad, de nuestros campos, de nuestra cultura, de nuestra lengua, de nuestra economía, de nuestra dignidad, de todo lo valioso, por mercenarios que no merecen el más mínimo respeto sino la actuación de la Justicia si fuese digna de tal nombre. Gentes ineptas o depravadas que ocupan el poder y que nos están destrozando sin que casi exista reacción.
Pero aparte de la mano que porta la tea destructora, encendida por poderes ocultos criminales, hay que denunciar, y yo así lo hago no solo como simple ciudadano sino como ingeniero agrónomo, los errores del falso ecologismo de ignorantes, vendepatrias y facinerosos que estorba o impide el desenvolvimiento del mundo rural con necios prejuicios, pero al servicio de plutócratas e intereses bastardos o criminales. En efecto, en Criminología para comprender quién es “el malo” se resalta la importancia de averiguar quién se beneficia del delito y porqué.
Y no. La culpa de los incendios no la tiene ni el supuesto cambio climático como declaran los ignorantes o demagogos ni menos Putin, el socorrido sospechoso oficial causante de todos nuestros males. La historia de las crisis agrarias con su potencial subversivo nos muestra que el fenómeno de las sequías continuadas con su lamentable potencial de hambrunas cuando no puede combatirse con una política agraria e hidráulica adecuadas es de carácter periódico.
Lo que viene ocurriendo en un horizonte temporal dilatado es la oscilación climática. Con periodos de glaciación y de interglaciación. Según Estrabón en la España romana había “densos bosques y corpulentos árboles”, de carácter mesófilo más que mediterráneo. En el cambio de especies vegetales conviene recordar, a diferencia de la orografía americana con cordilleras en el sentido de los meridianos, las dificultades de adaptación a la aridez por las barrederas orográficas según los paralelos que impiden el “traslado” de las masas boscosas hacia el Norte.
Las condiciones climáticas en la Península Ibérica son similares desde al menos el siglo XVI cuando en el centro se produjo un descenso importante de la precipitación con su influencia en la agricultura, la cobertura vegetal y nuestra cabaña ganadera. Parte de la vegetación existente a lo largo de los siglos se ha ido adaptando al déficit hídrico estival, desde el mesofitismo al xerofitismo. Sin embargo quedan relictos como el hayedo de la sierra de Madrid, testigos de un pasado de predominio mesófilo, antes de que el haya “perdiera la batalla” contra el pino. Hoy el límite meridional de la distribución del haya (fagus silvática) se encuentra junto al Etna en Sicilia y aquí en Montejo de la Sierra (Madrid) o Tejeda Negra (Guadalajara), no lejos de donde está ocurriendo esta nueva desgracia. El bosque natural del género quercus va cambiando de especies hacía el Sur para adaptarse mejor a las exigentes condiciones estivales.
Entre las variadas concausas de los incendios además de la corrupción y la especulación del suelo no hay que olvidar los intentos de eliminar la ganadería extensiva y la dieta de carne, la prohibición de aprovechamientos secundarios en los bosques y plantaciones forestales, la despoblación rural. Ya se ha explicado tantas veces que aburre insistir. He de añadir mi profundo disgusto por la mayoría de lo que observo. Resulta ser la negación de casi todo lo que he estudiado en mi vida. Es el mundo al revés.
Un ejemplo. Quién iba nos iba a decir que los poderes públicos en Andalucía se dedicarían hoy a promocionar el desastre ecológico de la tala de olivos centenarios plantados en colinas o penillanura que, además de producir aceite, uno de los cultivos tradicionales considerados sociales, sirven para evitar la erosión hídrica o eólica. Y todo para instalar el tenderete especulativo de los artefactos solares con su costosa logística y futuros apagones asociados.
Sine agricultura nihil, es el lema tradicional de los ingenieros agrónomos, pero ahora el Poder lo estaría siguiendo no de modo benefactor para ayudar a la gente sino al contrario como forma de sabotaje de raíz, como instrumento para la mayor devastación social, de manera que cada vez estamos más cerca de las hambrunas artificialmente causadas. A veces surge la extraña impresión que el Poder actual se alegra y beneficia de las epizootias o calamidades agrarias en vez de prevenirlas y combatirlas. Colabora en el desaguisado el que no existan auténticas Cuentas de Patrimonio Natural, otra de las razones del desastre puesto que las valoraciones solo en unidades monetarias no dan verdadera idea de la gravedad de la destrucción.
Algunas de las esperanzas de actuación u oportunidades estratégicas de mis tiempos de estudiante tales como la CEE y su política agraria común, la integración de la variable medioambiental en la toma de decisiones en proyectos y empresas, o la protección de los sistemas agrarios, se han traicionado hasta convertirse hoy en amenazas. Los más directamente perjudicados protestan e incluso se van cerrando explotaciones y despoblando campos pero apenas hay solidaridad entre las demás gentes afectadas. Especialmente preocupante resulta el silencio que resulta cómplice de universidades, grupos de trabajo o incluso colegios profesionales teóricamente más implicados.
Entre todos la matamos y ella sola se murió.

