Por Alfonso de la Vega
Lo que acontece en el reino de España durante el desastroso reinado filipino y, más en general, en la propia UE, bien puede calificarse sin exageración con el título de la genial obra homónima de John Kennedy Toole. Más allá de las hilarantes peripecias que el protagonista va viviendo, la novela representa un lúcido retrato realista del género humano y sus miserias. Y también una crítica veraz a la sociedad en la que vivimos: buenista, adocenada, y al cabo, de gran crueldad contra la gente más valiosa o de bien.
Lo que aquí padecemos no es para menos, una conjura de necios o de traidores, cada cual que elija lo crea más exacto para explicar o definir lo que pasa. Desde el punto de vista de la defensa de los legítimos intereses de los pueblos que los mantienen en la poltrona rodeados de injustos privilegios resulta todo al revés. Los poderosos al servicio de ciertas élites se burlan del pueblo y ya sin tan siquiera hacen como que disimulan. Sin honor, sin decoro, sin vergüenza.
Achacar los desastres al cambio climático es de necios. Y creerlo, aún más. Pero la actuación o no actuación de las instituciones borbónicas con la humillante invasión de Ceuta probablemente entraría ya en el ámbito de la alta traición, castigada otrora con penas severísimas. En cambio, hoy se cuelgan medallas. Apenas institución ni nadie cumple ya con sus obligaciones o está libre de culpa y si así lo fuera el gobierno de Su Majestad se apresura en reprimirlo y purgarlo como acaba de sufrir una funcionaria que cumpliendo con su deber dijo la verdad de la invasión de Ceuta.
La propia Corona es la primera en ofrecernos un espectáculo indigno, bochornoso. Mientras se perpetra lo que cabe considerase como un causus belli, a Su Majestad no se le ocurre otra cosa que irse de regatas o montar saraos para cientos de invitados con champán, caviar y gambas. Alegan que su gobierno no le deja hacer nada ni menos desplazarse en su calidad de Jefe del Estado y capitán general de sus ejércitos de Tierra, Mar, Aire y espacio sublunar a la España amenazada. Lástima que, tan rey constitucional como presume ser, no haga caso a la constitución. Artículo 19 CE: “Los españoles tienen derecho a elegir libremente su residencia y a circular por el territorio nacional. No hay distingos ni cábalas posibles. El texto no dice los españoles menos el soberano o su maltrecha majestad, de modo que salvo que se considere extranjero y no español puede ir donde le plazca sin pedir permiso a la madre superiora. Si no va es porque no quiere o porque no se atreve por miedo a represalias que es de suponer teme si cumple con su deber.
Aunque “el hábito no haga el monje” lo de lucir aguerridos uniformes plagados de condecoraciones no basta para disuadir al enemigo, el valor y el patriotismo verdaderos deben demostrarse con hechos. Según el artículo 56: “El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones”. La autoridad hay que ejercerla. Lo contrario es deshonroso y ridículo.
Quevedo le hubiera advertido: “Si los príncipes se aman a sí, y a sus reinos, y a su conservación, no deben tanto huir de los médicos, que o por ignorancia o por adulación u odio particular los aprueban y consienten mantenimientos contrarios a su salud y vida, como de consejeros que les hacen lícita y absoluta su libre voluntad; y al fin no muy a la larga tales consejeros acaban a los reyes la prosperidad y posesión de sus reinos, y los vasallos la obediencia y el sufrimiento. Como es permitido al médico ordenar y cortar de lo vivo y doloroso de un cuerpo humano, así se puede decir al príncipe lo que conviene aunque le duela: y como cuerdo el enfermo que se deja curar, venturoso el rey que se deja aconsejar. Apliquen los príncipes remedios con tiempo, porque en los extremos de las enfermedades, aunque pueden curar algunas veces, pocas se vio sin abceso de alguna parte principal del mismo príncipe y de su autoridad”. Sin embargo, la necia plebe le aplaude.
Una nutrida amén de distinguida manada de necias autoridades españolas formada por sionistas o beneficiados de la morería se apresura a homenajear y rendir pleitesía en la embajada al sultán responsable ese mismo día de la invasión.
Según afirma una facción del gobierno de Su Majestad conocía y había advertido de la invasión, según otra facción de ese mismo gobierno de Su Majestad, ellos no sabían nada, les pilló en Babia.
Por desgracia, nuestro tribunal supremo también se lució con la famosa sentencia efecto llamada que parecería patrocinada por el enemigo y agrava la indefensión del pueblo español. Lo de ayudar en la práctica a los invasores mediante interpretaciones leguleyas o progres no se entiende ni poco ni mucho. Pretender tramitar setenta mil expedientes de expulsión individualizados con una administración de justicia que anda como tortuga coja y tarda años y años en instruir causas judiciales sería casi imposible trabajo de Hércules salvo que se pretenda otra cosa. Creo que en la formación de nuestros juristas no estaría de más estudiar un poco más de lógica, de teoría de sistemas, de organización, de pensamiento abstracto y de desarrollo de la capacidad cognitiva de la realidad o al menos de reforzar un mínimo sentido común, base del derecho. Lo de aprenderse de memoria códigos y textos jurídicos como virtud insuperable de buen hacer profesional tendrá cada vez menos valor ante las imbatibles habilidades de la IA. En cambio obrar con sentido común como “un buen padre de familia” conforme a la realidad y complejidad de la vida podrá permitir cumplir con equidad su casi sagrada labor al servicio de la sociedad.
Otro ejemplo de conjura de los necios es todo el rollo de plañideras filantrópicas que rodea el lucrativo negocio de los llamados MENAs. No se entiende que un país con el índice de miseria infantil más elevado de Europa tenga que hacerse cargo como obligación insoslayable del alojamiento, comida, cuidado y educación de miles de jóvenes extranjeros más o menos problemáticos. Gentes que ya desde ese mismo momento, o después, van a causar problemas de convivencia o seguridad sociales. Y aún es más sangrante cuando se comprueba que el sultán del corrupto reino de donde proceden se gasta decenas de miles de millones en armas modernas compradas a nuestros supuestos amigos o socios para amenazarnos en lugar de atender las necesidades más perentorias de sus súbditos.
Bueno, la cosa quizás sí se entienda cuando se observa la realidad libre de prejuicios: además de ocultos objetivos geoestratégicos de fondo, es evidente que con la corrupción generalizada, y la primera es la del entendimiento, se ha creado un lucrativo mercado de trata de personas en el que se lucran diversas instituciones pretendidamente filantrópicas con cargo al erario que constituyen en la práctica la etapa final de la cadena logística mafiosa. Para colmo, en este último caso, ya se riza el rizo de la necedad o corrupción más absolutas: El propio sultán reclama la devolución de sus jóvenes hordas invasoras y en vez de aprovechar la oferta del tirano antes que se desdiga nuestras autoridades monárquicas se niegan. Y se pone en marcha la máquina infernal para repartirlos por toda España menos la menguante que vota socialista o a sus cómplices.
En fin para qué seguir. No voy a cansar más al sufrido lector ya que si lo desea podrá continuar con más ejemplos de esta interminable conjura de los necios.

