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Funerales reales y simbólicos

Por Alfonso de la Vega

Con el funeral del rey Haroldo de Noruega hemos asistido a otra pintoresca representación de la decadencia de Europa, raptada esta vez por Júpiter en forma de globalización sionista con la infame tercería de la Úrsula. La flor y nata del más empoderado nepotismo mostrándose con toda la chatarrería medallera en sus heroicas pecheras junto con sus acicaladas damas. Todo un espectáculo el de las élites vicarias. Un desfile de modelos dominados por los ternos de lobo de mar y de señoras con diadema. Algunas con indisimulado malestar o ganas de escabullir el bulto en procura de otras satisfacciones.

Es lugar común entre cortesanos de la actual Europa degenerada lo de la necesidad de modernizar la Monarquía. Una contradicción en términos pues la Monarquía es una antigualla que no puede modernizarse sin dejar de ser Monarquía. En todo caso su modernización sería la República.

Es cierto que a lo largo del tiempo ha habido injertos para mejorar una genética degenerada por el incesto o la consanguinidad, pero realizados de tapadillo en tálamos clandestinos, no a las claras casando oficialmente a sus príncipes con plebeyas de buen ver, aunque de pasado más que dudoso en muchos casos. Baste por citar solo un ejemplo notorio actual: las andanzas eróticas de la nuera del finado, la nueva reina Mette Marit que, si es verdad lo publicado, se habría preñado del mismísimo Epstein, de modo que habría tenido que abortar. El lector seguro que conoce muchos más casos cercanos de coronadas señoritas de moral distraída, pero mejor dejémoslo ahí. Para completar el cuadro cabe recordar que la reina Mette Marit aportó a su matrimonio con el ahora rey de Noruega un vástago anterior: Marius Borg Høiby. En agosto del 2025 fue acusado de cuatro cargos de violación  y decenas de otros delitos. Su juicio comenzó a principios de este año y fue declarado culpable de 34 de los 40 cargos penales que se le imputaban, incluidos dos de violación. Y condenado a cuatro años de prisión. Cabe concluir que el experimento de renovación del encaste real habría resultado un fiasco de consecuencias lamentables para la imagen de la Corona.

La Monarquía puede entenderse como un mito reflejo del arquetipo colectivo jungiano que intenta servir a la aspiración humana a ser protegido o ayudado por representantes del Espíritu en graves momentos de zozobra, peligro o aflicción. Una manifestación de la propia conciencia de debilidad o fragilidad del hombre. En este caso de los reyes desde luego no exento de superstición, de modo que no puede modernizarse en el sentido racional del término sin traicionar su propia naturaleza.

Pero sobre el origen histórico remoto de la idea supersticiosa monárquica ha habido muchas especulaciones. Según nos cuenta la Biblia desde luego Jehová tampoco era partidario de la monarquía. Así lo manifiesta en Samuel I. Pero el tozudo, violento y caprichoso pueblo elegido no escarmentó en cabeza ajena e introdujo como rey a Saul con resultados desastrosos. Probablemente, con la excepción de David o de Salomón, ninguno salió medianamente aceptable. Lo de Herodes el Grande fue para nota. El actual rey de Jerusalén es don Felipe, está aún inédito en su cometido.

En cierto modo el mito de Santiago sigue siendo de actualidad. España se encuentra nuevamente amenazada. Incluso parecen abundar más los traidores don Opas y mercenarios varios dedicados a favorecer la causa del enemigo que los que aún desean defender a la Nación y a la tradición española, grecorromana, cristiana, ilustrada y libre. El Cristianismo o la genuina Tradición, e incluso la Ilustración son fuerzas declinantes en el Occidente avasallado por la construcción del NOM, como también está gravemente amenazado todo lo que tiene que ver con lo Sagrado, las Humanidades o la Cultura. O cuando las realidades históricas pretenden ser sustituidas por fanáticas y sectarias memorias sesgadas e impuestas por la violencia de leyes inicuas.

Hoy la unidad ambivalente o alianza tradicional entre el Trono y el Altar están siendo arrumbadas. La legitimidad del Trono ya no se asienta en la divinidad, en lo sagrado, sino en complacer las bajas pasiones del socialismo de la posmodernidad. De ahí al proscripción de ceremonias religiosas y su sustitución por rituales materialistas que reniegan de la condición sagrada del hombre. En la hipocresía más fragrante aunque se finge cara a la plebe seguir siendo una Monarquía católica y virtuosa. Desnudada apenas de significación simbólica la figura del Rey se ha rebajado a la de un funcionario más, que se adorna con vistosos uniformes para presidir desfiles o inaugurar saraos o diferentes calamidades. Un Rey consentidor en todos los planos tanto privados como públicos, que es lo que a los españoles más nos interesa.

Pese a la aspiración humana a ser ayudados por enviados del Espíritu la Corona hoy no representa el Espíritu, que debe seguir vivo si queremos sobrevivir.  Tal es nuestra mayor fuerza. El escenario de la batalla no es solo político sino también nuestra consciencia que los mitos ayudan a esclarecer, así como a conmover la voluntad. Para Freud habría una zona intermedia entre el yo y el mundo, un área de fantasía de la que sin embargo resulta posible despertar. El cortesano suele confundir la actividad fantasiosa del cuento de hadas monárquico con la realidad, padece una suerte de neurosis. Para la terapia Gestalt es preciso establecer un continuum del darse cuenta: En España las instituciones de la Monarquía hoy tienen secuestrada a la nación y la llevan a la neurosis.

¿De quién y cuándo serán los siguientes funerales?

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