Por Alfonso de la Vega
Al dar las doce en Cabul era el título de un interesante libro que me regaló mi padre cuando yo era un muchacho. Escrito por Walter Krause, un viajero y diplomático alemán, formaba parte de una sugestiva colección de libros de viajeros de la Editorial Labor. Contaba que, hasta avanzado el siglo XX, la hora oficial de Afganistán la fijaba un cañonazo que se disparaba desde el palacio del emir. Si eran o no las doce realmente no era cosa que importara demasiado en tan remoto e inaccesible lugar, la antigua Ariana, cuna del pueblo ario. Dotado entonces un régimen teocrático templado, capaz de fijar la vida de sus súbditos hasta en los más pequeños detalles, y en los que el tiempo casi no existía pues apenas cabe movimiento o alteración que reflejar en un sistema inmutable hecho a la medida y semejanza de Alá.
Pero ya en la época que describe el libro, lo del cañón horario resultaba muy anacrónico. Afganistán despertaba de su letargo secular y se abría a la modernidad. Los americanos y los rusos se disputaban influencia política, económica y técnica sobre el problemático país asiático de situación tan estratégica y competían en proyectos de desarrollo para la mejor explotación de sus recursos naturales. Pese a intereses creados y dificultades técnicas se pretendía promocionar una nueva agricultura con áreas de regadío que sustituyeran la tradicional especialización en el cultivo de adormidera. Comenzaba a surgir una clase media. Había una Universidad, digna de tal nombre. Las costumbres se habían aliviado, sobre todo para la condición femenina, de modo que junto a los tradicionales y humillantes burkas también podían verse insólitas fotos de muchachas vestidas a la occidental. Esto ¡hace más de tres cuartos de siglo!
Pero este incipiente proceso de modernización de la sociedad y su economía se vería frustrado más tarde. No es momento ni lugar de recordar toda su historia reciente. Tras el auto atentado del 11 S, en realidad un golpe de Estado del deep state que coloca en un política de hechos consumados a la politeia institucional, se arbitran nuevas acciones imperialistas. Existía el interés por la construcción de un importante oleoducto que cruzase la región. Las negociaciones para su construcción se habían roto un par de meses antes del atentado de las Torres gemelas. Esa era una de las “razones” por las que el deep state estaba interesado en promover esta guerra. Como coartada se coloca a un reyezuelo títere.
Guerras o primaveras como subversión y granjería
La aportación inmediata de Afganistán al globalismo, además de su posición geoestratégica en lo que se ha venido llamando El Gran Juego entre rusos y anglosajones, oleoductos incluidos, acaso sería el suministro de opio a las mafias del gran capital que controlan su tráfico mundial. Un cultivo y tráfico casi erradicado en algunas áreas bajo el anterior dominio ruso. Los feroces y fanáticos talibanes productores que habían sido los paradójicos aliados de los americanos luego se transformaron en sus enemigos hasta que consiguen echarlos como antes en Vietnam.

Hace cinco años Kabul era una nueva Saigón a la desbandada. Un espectáculo penoso propio de un ejército cobarde, deshonrado y sin moral que había dejado a los fugitivos abandonados casi a su suerte. Aseguraban en fuentes diplomáticas que los talibanes no iban a comportarse como fanáticos represores pese a los salvajes crímenes de guerra cometidos por las tropas USA y sus aliados contra la población civil, con bombas de racimo, drones y otros instrumentos mortíferos. Pero esta retirada precipitada indicaría que ni siquiera ya saben huir con decoro y más parecen gudaris vascos en Santoña.
Lo del violento imperio USA no deja de ser curioso y no aparece que aprenda de los errores políticos, si es que se cree su propia propaganda. Aunque propaganda y realidad sean opuestas. Favorecedor o promotor del Islam más fanático y atrasado, creador de Al QAeda, o del Estado Islámico, como antes los Hermanos Musulmanes, y apoyo de los grupos terroristas que operan contra los regímenes laicos como en Argelia, Egipto, Libia, Túnez, Irak o Siria. O contra otros de carácter teocrático civilizado como en Irán, pero en cambio no contra las corruptas petromonarquías del Golfo o el narco estado vecino. Claro que la gestación y dirección de las sucesivas guerras imperialistas se encuentra en realidad en el tenebroso deep state más que en la politeia institucional. Y así se explica tanto desatino. En esta rueda de la fortuna un terrorista despiadado agente sionista como el actual tirano sirio pasa a convertirse en benefactor de la humanidad y es saludado con insólita devoción por nuestros filantrópicos próceres, Trump o Su Majestad incluidos. Sin embargo, la política norteamericana no deja de ser títere de la sionista que emplea al Islam más fanatizado como ariete para derribar la civilización cristiana mediante invasiones o el terrorismo.
Un problema metafísico o espiritual
A lo largo de la Historia siempre ha habido intentos de manipular el universo espiritual desde Poder. O al menos se suponía que los valores espirituales informaban cada cultura y civilización. Incluso unos panteones divinos eran sustituidos por otros, informando sus valores a la sociedad. Todo ello hasta ahora en que, si tienen razón algunos autores como Guenon, el punto débil del Occidente actual, lo que le hace singular en la historia comparada de las civilizaciones, sea la pérdida del sentido metafísico de la existencia. Pero, en muestra de fanatismo y de vesania satánica a veces el Mal adopta la solución de la simple y contundente destrucción. Así ocurrió con las famosas estatuas rupícolas de Buda en Bamiyan en Afganistán, destruidas por los talibanes islámicos antiguos socios americanos. Y así está ocurriendo también durante la revolución iconoclasta WOKE inspirada por el deep state contra templos cristianos y figuras señeras de la civilización cristiana y occidental o de sus actuales enemigos políticos. Aquí, en este decadente reino, el fanático gobierno de Su Majestad también está empeñado en hacer del Valle de los Caídos su propio en Bamiyan iconoclasta y en damnatio memoriae. Y por si no fuere posible como premio de consolación al menos derribar la emblemática cruz de Cáceres.
Y hablando de demoliciones nuestro ejército estuvo de comparsa al servicio imperial en Afganistán, hoy sigue disperso por esos inhóspitos mundos de Dios mientras somos invadidos a través de una frontera desguarnecida. Los españoles desamparados. Por desgracia, a juzgar por los que vemos sólo cabe esperar que la Providencia divina nos proteja de que el deep state quiera montar una definitiva y fatal primavera canaria, ceutí o catalana.
En Afganistán vuelven las humillantes burkas. En todos lados estamos ante una nueva política de los anacrónicos cañonazos. Sea en verdad la hora que sea nos indican la elegida por la voluntad del sultán para imponer a su capricho el tiempo y la actividad. La Ley natural ha muerto. La sustituye el querer de unas instituciones que lo anuncian con los disparos.

