En Almazán, un pueblo de Soria que parece detenido en el tiempo junto al Duero, se está desmoronando un trozo de la historia de España. El Palacio de los Hurtado de Mendoza —también conocido como de los Condes de Altamira— ha sufrido dos derrumbes en septiembre de 2026 como resultado de años de abandono. El primero, el día 1, se llevó por delante un tercio de la fachada norte: cinco de los once arcos de la galería gótica, forjados, artesonado y parte de la estructura que miraba al río. El segundo, el 20, volvió a golpear la misma zona. Piedras, maderas y siglos de historia rodaron por la ladera hasta la ronda del Duero.
Este no es un edificio cualquiera. Levantado a finales del siglo XV por la poderosa familia Hurtado de Mendoza y ampliado en el XVI con una fachada renacentista atribuida a Bartolomé Carlone (el mismo arquitecto vinculado a obras del Escorial), fue residencia temporal de los Reyes Católicos. Entre abril y junio de 1496, Isabel y Fernando se alojaron aquí. En sus salones se trataron asuntos de gobierno de una monarquía que acababa de culminar la conquista de Granada y abría el camino a América. El príncipe Juan, el heredero que nunca reinó, llegó a tener corte propia en este palacio. Es un lugar donde se gestó, en parte, la España que proyectó su sombra sobre el mundo.
Hoy es un Bien de Interés Cultural desde 1991 que se cae a cachos. La propiedad está fragmentada: el Ayuntamiento de Almazán posee entre el 2,7 % y el 5 %; el resto se reparte entre particulares, con herencias sin resolver y situaciones jurídicas enrevesadas. Desde al menos 2012 hubo avisos. En 2024 se detectó un agrietamiento grave, se instalaron soportes provisionales y se exigió un proyecto de restauración que nunca llegó. Se tramitaron expedientes de ruina parcial. El alcalde, Jesús Cedazo, ha dicho que el desplome era “previsible” e “irreparable”. Y, sin embargo, hasta que las piedras empezaron a caer de verdad, nadie actuó con contundencia.

Lo que ha seguido es el espectáculo habitual de la política española: el reparto de culpas. La Junta de Castilla y León recuerda que la obligación de conservar corresponde a los propietarios y que no puede suplirlos. El Ayuntamiento, de signo socialista, pide dinero y compromiso a la Junta para consolidar y luego comprar. La oposición acusa a unos y a otros de inacción. Se habla ahora de obras de emergencia, de apuntalamientos y de posibles adquisiciones públicas una vez estabilizado el edificio. Incluso se revive el viejo sueño de convertirlo en Parador. Pero todo llega tarde, como siempre. Cuando el daño ya está hecho.
Este caso es el síntoma de una enfermedad profunda: la desidia sistemática hacia el patrimonio histórico que no encaja en la agenda del momento. Mientras un palacio donde vivieron los Reyes que unificaron España y lanzaron la expansión ultramarina se desmorona, las administraciones —central, autonómica y local— encuentran millones para destinar a ridículas campañas publicitarias de igualdad, memoria democrática, sensibilización ideológica o aportaciones voluntarias a organismos internacionales de todo tipo. Catorce millones y medio en publicidad de un solo ministerio en un año. Decenas de millones en resignificaciones, conmemoraciones y discursos que miran al pasado con rencor selectivo. Fondos para casi todo… excepto para mantener en pie las piedras que cuentan la historia real de este país.
Un país que permite que se caiga el escenario físico de su grandeza histórica mientras gasta alegremente en relatos y eslóganes está perdiendo algo más que un edificio: está renunciando a su propia memoria material. El patrimonio no es un adorno ni un obstáculo para la modernidad. Es la prueba tangible de quiénes fuimos y, por tanto, de quiénes podemos ser. Dejar que se derrumbe por burocracia, por propiedad fragmentada o por simple desinterés es una forma de cobardía cultural.
Los políticos de todos los colores y niveles —los de Madrid, los de Valladolid y los de Almazán— tienen responsabilidad. Unos por no intervenir a tiempo cuando la ley les daba herramientas; otros por no exigir con más fuerza o por no destinar recursos reales; todos por priorizar lo mediático y lo ideológico sobre lo que permanece. El resultado es el mismo: un boquete en la fachada que mira al Duero y un agujero más grande en la conciencia colectiva.
Quizá algún día el palacio se estabilice, se compre y se restaure. O quizá no. Mientras tanto, cada piedra que cae es un recordatorio de que España sigue siendo capaz de conquistar discursos, pero cada vez más incapaz de cuidar las piedras de su propia historia.
(Por Lourdes Martino)

