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Es la identidad, ¡estúpido!

Por Richard Roszbully

Cuando en 1992, James Carville le contestó a un periodista incapaz de comprender la  naturaleza de los problemas: “es la economía, ¡estúpido!”, no imaginaba que esta frase se  convertiría en el slogan que llevaría a Clinton a ocupar la Casa Blanca. Vivimos en una  sociedad absolutamente enferma y está muriendo. Y la causa debemos buscarla en primer  lugar en nosotros mismos. Decía Jung, creo recordar, que las cosas que te suceden no son  las que te definen sino la interpretación que tu das a las cosas que te suceden. 

Mi intención no es otra que la de expresar una opinión, en libertad, sin necesidad de juzgar  lo que otros puedan, en ejercicio de esta misma libertad, opinar al respecto.  

España no está en peligro. La soberanía del estado español ni está ni puede estar en  peligro. Los que estamos en peligro somos las gentes y los pueblos que aquí, en este  territorio usurpado por el estado, nos ha tocado nacer y vivir. El estado es una entelequia,  un constructo social. La soberanía es una cualidad que sólo es atribuible a los seres  humanos y, por extensión, a todos los seres vivos. Lo que quiere decir, que toda vez que  un individuo se identifica con un estado está atribuyendo cualidades a un objeto que este  no posee. Lo que viene a ser animismo. El estado es un Golem. Una criatura a la que  insuflamos nuestro propio aliento divino y adquiere la apariencia de un ser independiente  capaz de autoconciencia. Ahora el Golem es controlado por muy pocos pero necesita el  aliento de todos. Volveré a esto más adelante. 

Llevamos décadas sufriendo la invasión silenciosa e impertérrita de una clase política  bastarda y todos sus perros guardianes: policía, militares, instituciones «educativas»,  «sanitarias», judiciales, medios de comunicación y toda esa chusma denominada, genéricamente, funcionariado. Un sistema parasitario cuya única función es extorsionar,  expoliar y robar a los pueblos su legítima propiedad a través de la burocracia, la  tecnocracia y sobre todo la violencia y la coacción. A toda esta estructura criminal  denominada estado-nación, consolidada, probablemente, por menos del diez por ciento  de la población, no le importa, lo más mínimo, si los esclavos del futuro mediato o  inmediato, son autóctonos o extranjeros, blancos o verdes, cristianos o confucianos. 

Todos los que estamos excluidos del control del fantasma-estado somos víctimas de los  abusos, la violencia y la criminalidad con la que el monstruo expresa su verdadera  naturaleza. Es la creación del Dr. Frankenstein que viene a devorar a su creador. El  monstruo sólo quiere saber una cosa: quién es y cuál es su identidad. Al comprender que  su identidad es la de las víctimas que devora, asesina a su creador. 

La identidad es el campo donde se libran todas las batallas de la guerra psicológica en la  que estamos inmersos. Quien llega primero al campo de batalla impone sus condiciones  y adquiere una ventaja determinante, decía Sun Tzu. ¿Quién llega primero al campo de  batalla? Evidentemente, todos nacemos y vivimos en un estado de guerra permanente. El  estado de guerra es el medio natural de las naciones-estado. En este sentido adquiere todo  su significado el autoproclamado Secretario de las guerras eternas, Pete Hegseth, en  Estados Unidos. Por cierto, Heg-seth tendría una curiosa traducción, ahora que lo pienso;  Seth es el antiguo dios de la violencia, el caos, la muerte y la guerra y Heg puede entenderse como un prefijo de hegemonía (hegemony). La hegemonía del caos. Le va que  ni al pelo. Perdón, prosigamos. 

La identidad como campo de batalla. En una guerra psicológica y espiritual nuestra  identidad es, simultáneamente, el campo de batalla y el objetivo a conquistar. Nuestra  identidad es conformada por nuestras experiencias personales y la de nuestros ancestros,  nuestras emociones, conocimientos y campos de acción denominémoslos, para  simplificar, culturales.  

Es en este sentido, en el que debemos comprender que el estado-nación, ha sido y será la  herramienta bélica más poderosa. El estado es siempre, por definición, totalitario. En el  sentido de que siempre tenderá, a través de la violencia, la coacción, la manipulación y la  amenaza, al control total de todo lo existente, vivo o inerte, dentro de cierto espacio físico  y geográfico. 

La adhesión, emocional, psicológica, cognitiva e ideológica al estado en su totalidad o a  cualquiera de sus estructuras es la precondición de nuestra esclavitud y nuestra derrota  moral y espiritual. Identificarse como español, inglés, argentino o ruso es ya, un signo de  capitulación psicológica y cognitiva determinante. 

La des-identificación con posiciones ideológicas, culturales y religiosas es sólo parte del  camino que debemos transitar. Sin embargo, es el estado el que con mayor fuerza e  insistencia normaliza, impone y regula las condiciones identitarias que debilitan, hasta su  completa extinción, nuestra verdadera naturaleza humana. Identificarse con una bandera,  un himno, un ejército, un conquistador, una religión, etc., no es más que una demostración  de sumisión, debilidad mental y moral e ignorancia. La buena noticia es que todo esto es  programación. No son condiciones naturales y, por lo tanto, son desprogramables. 

El estado impone a través de la identidad, el sustrato psicológico desde el que  organizamos y estructuramos nuestros pensamientos y emociones, nuestros deseos,  conflictos y temores. El estado dispone, en todo momento, la calidad y la cantidad de  información a la que podemos acceder, además de los medios de acceso a dicha  información. Controla el flujo y los tiempos en los que la información debe o puede estar  disponible, para quién y a qué edad. No es probable que el estado provea información que  ponga en peligro su control y, aún menos, su propia existencia y poder. Toda la  información disponible emanada del estado está mutilada y esterilizada para mantener el  estado de esclavitud y servidumbre, mantener el nivel de poder o, en su caso,  incrementarlo.  

Nuestro objetivo debería ser desvincularnos cognitiva y emocionalmente de toda forma  de expresión derivada de las estructuras de poder estatal. Sentir como propios los  problemas del estado es como responsabilizarte de la borrachera de un conductor que está  a punto de atropellarte. Es, por descontado, una absoluta estupidez. 

Cuando los gobiernos me envían un mensaje, sea este en forma de incendio, invasión,  Dana, 11- M, Adamuz, inflación, seguridad sanitaria, Prestige, Yak 43, etc., cierro los  ojos y me digo a mí mismo: 

Yo no soy el estado ni del estado; el estado es mi enemigo. Mi único enemigo.

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