Este miércoles, Ursula von der Leyen ha anunciado que, a partir de este momento, se aplicarán aranceles aduaneros a los paquetes de comercio electrónico de hasta 150 euros que entran en la Unión Europea. Según la presidente de la Comisión Europea, esta medida busca proteger a los 30 millones de europeos que trabajan en el sector retail —el mayor empleador privado del continente— frente a la avalancha de importaciones baratas procedentes de plataformas como Shein, Temu o AliExpress. También argumenta que muchos de estos productos no cumplen las normas de seguridad europeas. Así lo ha anunciado en la red social X:

Llega tarde. Muy tarde.
Esta opinión puede parecer impopular pero lo cierto es que mientras las calles de nuestras ciudades se llenan de persianas bajadas, locales vacíos y carteles de “se traspasa” o “liquidación total”, Bruselas ahora reacciona. Miles de pequeños comercios —tiendas de ropa, calzado, complementos, juguetes y artículos del hogar— han echado el cierre en los últimos años. La competencia desleal de productos fabricados en Asia a precios irrisorios, con costes laborales y normativos ínfimos, ha sido demoledora. Europa produce cada vez menos, deslocaliza cada vez más y ahora pretende poner un parche de tres euros cuando la herida ya es profunda.
La cruda realidad es que Europa ha mirado hacia otro lado durante demasiado tiempo. Mientras defendía el libre mercado global cuando le convenía, permitía que plataformas extracomunitarias inundaran el continente con mercancía barata, muchas veces de dudosa calidad y sin pagar los mismos impuestos ni respetar las mismas reglas que exigen a las empresas europeas.
Y aquí viene la contradicción más sonada. No hace mucho, la misma «Von der Brujen» criticaba duramente los aranceles impuestos por Estados Unidos a productos europeos con estas palabras: “Lamentamos profundamente los aranceles de EE.UU. impuestos a Europa. Los aranceles son impuestos. Son perjudiciales para los negocios, y aún peores para los consumidores.” Exacto. Cuando los pone otro, son malos. Cuando los pone la UE, son necesarios para “restaurar la equidad”. La hipocresía es tan evidente que casi resulta ofensiva.
Porque, al final, ¿quién pagará realmente estos tres euros por paquete? No serán las grandes plataformas chinas. Tampoco los gobiernos. Serán los consumidores europeos, que verán cómo sus compras baratas se encarecen. Y los pequeños comercios, que ya han sufrido años de agonía, seguirán teniendo tremendas dificultades para competir si no se abordan los problemas de fondo: costes energéticos disparatados, burocracia asfixiante, impuestos elevados y una desindustrialización galopante.
Esta medida no resucitará los comercios de barrio que ya han cerrado. No devolverá el tejido productivo perdido. Solo servirá para generar más ingresos a las arcas de la Unión Europea, que sigue empeñada en aumentar su gasto y su burocracia mientras la economía real se desangra.
Duele pasear por tantas calles de Madrid, Barcelona, Valencia, Valladolid, Sevilla o cualquier ciudad mediana y ver el paisaje de comercios muertos. Duele ver cómo Europa, que presumía de ser la gran reguladora ética, ha permitido durante años esta sangría económica en nombre de un globalismo selectivo.
Medidas como esta llegan cuando el daño ya está hecho. Y, sobre todo, llegan envueltas en una contradicción que los ciudadanos ya no se creen: los aranceles son malos… salvo cuando los decidimos nosotros. Europa necesita mucho más que tres euros de arancel o sujetar los tapones a las botellas de plástico. De lo contrario, seguiremos poniendo tiritas a hemorragias.
(Laura González)

