Carlos III (Madrid, 20 de enero de 1716 – Madrid, 14 de diciembre de 1788) es considerado por muchos historiadores el mejor monarca de la historia de España. Austero, trabajador, piadoso y profundamente dedicado a su deber, personificó el despotismo ilustrado con el lema “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. Su vida estuvo marcada por una sólida experiencia de gobierno, una familia numerosa y dolorosa, y un reinado que modernizó España de forma decisiva.
Hijo de Felipe V e Isabel de Farnesio, Carlos pasó su juventud en Madrid hasta que, a los 16 años, fue enviado a Italia. En 1734 conquistó Nápoles y Sicilia y reinó allí durante 25 años como Carlos VII. Aquella etapa le permitió adquirir una valiosa experiencia como gobernante reformista.
En 1738 se casó con María Amalia de Sajonia, una mujer culta e inteligente. El matrimonio fue feliz y estable. Cuando ella murió en 1760, apenas un año después de llegar a España, Carlos quedó devastado y nunca volvió a casarse. Vestía con sencillez, comía de forma frugal (le gustaba especialmente el chocolate) y dedicaba gran parte de su tiempo libre a la caza.
Carlos y María Amalia tuvieron trece hijos pero solo una parte de ellos alcanzaría la edad adulta. Entre los hijos que llegaron a adultos destacan:
María Josefa Carmela (1744-1801), que permaneció soltera.
María Luisa (1745-1792), casada con el emperador Leopoldo II de Austria.
Felipe Antonio (1747-1777), el primogénito varón, excluido de la sucesión por discapacidad intelectual y problemas de salud.
Carlos IV (1748-1819), que heredó el trono de España.
Fernando (1751-1825), que se convirtió en rey de las Dos Sicilias.
Gabriel (1752-1788), uno de los hijos predilectos del monarca, que murió de viruela el mismo año que su padre.
Antonio Pascual (1755-1817).
La pérdida de tantos hijos, especialmente la de Gabriel poco antes de su propia muerte, afectó profundamente a Carlos III. A pesar del dolor personal, mantuvo siempre una actitud de resignación cristiana y de dedicación absoluta a sus deberes de Estado.
Cuando el 10 de agosto de 1759 murió sin descendencia su hermanastro Fernando VI, Carlos abandonó Nápoles (dejando el trono a su hijo Fernando) y se convirtió en rey de España. Llegó con ideas claras y un equipo de ministros ilustrados.
En Madrid, ciudad que encontró sucia y desordenada, actuó como “el mejor alcalde” que ha tenido la capital:
Empedró calles, instaló alumbrado público, alcantarillado y un servicio de limpieza.
Creó el cuerpo de serenos.
Construyó la Puerta de Alcalá, las fuentes de Cibeles y Neptuno, el Paseo del Prado y el Real Jardín Botánico.
Planificó el edificio que hoy es el Museo del Prado.
Numeró las casas y mejoró el abastecimiento de agua.
En el conjunto del reino impulsó más de 2.000 kilómetros de carreteras y unos 600 puentes, liberó el comercio de granos y, sobre todo, el comercio con América (Reglamento de Libre Comercio de 1778). Fundó Reales Fábricas, el Banco de San Carlos (antecedente del Banco de España), la Lotería Nacional y las Sociedades Económicas de Amigos del País. Colonizó zonas despobladas con las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena.
Reorganizó el ejército con las Ordenanzas de 1768, creó en 1785 la bandera rojigualda para la Armada (origen de la actual bandera de España) y consolidó la Marcha Real como himno de honor. También fundó la Real y Distinguida Orden de Carlos III.
En política exterior:
Participó en la Guerra de los Siete Años (aliado de Francia).
Apoyó a los colonos norteamericanos en la Guerra de Independencia de EE.UU. (recuperó Florida y Menorca).
Creó el Virreinato del Río de la Plata (1776).
Firmó tratados comerciales y reforzó el control sobre las colonias americanas.
Una de las medidas más controvertidas fue la expulsión de los jesuitas en 1767, tras el Motín de Esquilache de 1766. Fue el episodio más grave de su reinado. El ministro italiano Leopoldo de Gregorio (marqués de Esquilache) impuso reformas impopulares (incluido el cambio de vestimenta: capas cortas y sombreros de tres picos). El pueblo se amotinó por el hambre y el rechazo a los ministros extranjeros. Carlos III cedió, destituyó a Esquilache y se retiró temporalmente a Aranjuez. Después usó el motín como pretexto para expulsar a los jesuitas.
Aunque su gran labor arqueológica se desarrolló en Nápoles —donde impulsó las excavaciones de Herculano (desde 1738) y Pompeya (desde 1748) bajo la dirección del ingeniero español Roque Joaquín de Alcubierre—, nunca perdió el interés por aquellos hallazgos. Incluso desde España seguía pidiendo noticias, dibujos y vaciados de las piezas descubiertas.
Carlos III murió el 14 de diciembre de 1788, dejando un país más próspero, una capital moderna y una serie de instituciones y símbolos que aún perduran.
(Por Lourdes Martino)

