Por Alfonso de la Vega
En el pintoresco gobierno de la Corona hay una muestra abigarrada y variopinta de algunas de las lacras sociales que padecemos. Abundan las señoritas ministras de cuota aunque los señoritos no lo hagan mejor. Coherentes sindicalistas comunistas vestidas de Prada. Filantrópicas amigas de batasuna… Entre tanto adocenamiento o mediocridad destacarían por su currículo dos supuestas lumbreras judiciales titulares hoy de los que el llorado Espinosa llamaría ministerios de los “hombres de estaca” o de represión al mejor servicio de los mandarines. Nada que ver, por cierto, con la tradición histórica de los jueces Laín Calvo y Nuño Rasura de los inicios de la Castilla independiente. Elegidos como sus jueces propios para administrar justicia y resolver pleitos de modo ágil, justo y contundente sin depender del Fuero Juzgo y de los reyes de León.
Lo de que los jueces sean nombrados responsables políticos de instituciones tan diferentes de sus presumibles habilidades profesionales tales como las fuerzas armadas o de orden público no deja de ser una apuesta acaso temeraria desde el punto de vista de la cualificación y destreza profesional o de su caracterización psicológica. El mundo de ley o de los procedimientos judiciales, de la búsqueda de pruebas o de la protección de los derechos de víctimas y justiciables, se encuentra lejos de las necesidades de actuación de las fuerzas de defensa o represivas. Donde la necesaria rapidez en tomar decisiones y promover acciones contundentes resulta incompatible con la lentitud y parsimonia procesal de los juzgados o la elaboración de intrincadas sentencias.
Sin embargo, el asunto incluso es más complejo si cabe. Repasemos lo que afirmaba don Francisco Villamartín uno de los tratadistas españoles más reputados cuya obra Nociones del Arte Militar, escrita en 1861, ha venido siendo de recomendada lectura en la enseñanza de nuestros profesionales de las Fuerzas Armadas:
“Cualidades del caudillo militar. El caudillo de un ejército ha de presentarse a los ojos de su pueblo, y ante el fallo de la historia, como una figura colosal, a quien el mundo salude con respeto. Nada en él es insignificante, su vida privada, sus costumbres, sus creencias, todas sus acciones han de ser intachables, y ni el vicio ni el ridículo deben acompañarlas….religioso sin fanatismo, sabio, sencillo en sus costumbres, sobrio, fríamente bravo y sin soberbia, justo, enérgico, firme sin crueldad, pródigo, sin vicios, pobre en su trato pero espléndido para los que les rodean, reservado y digno, pero abordable a sus inferiores, humano y sensible sin ser débil, suspicaz y desconfiado, sin demostrarlo y audaz y prudente al mismo tiempo. …
Pero además como dotes intelectuales debe tener una imaginación fogosa, que sepa crear recursos para conseguir imposibles, un talento analítico y sintético a la vez, detallista en ocasiones y en otras concibiendo en un solo rasgo un mundo de ideas, una ojeada perspicaz y una palabra viva y ardiente que arrebate los corazones de las masas. Así es como puede ser respetado, si él a su vez respeta en sus inferiores los años, los servicios, los méritos y esa dignidad humana, la misma en el mendigo que en el rey, en el soldado que en general”.
El amable lector habrá reconocido sin duda en estas líneas el inconfundible retrato robot de don Fernando y doña Margarita, próceres a cargo del gobierno de Su Majestad de estos menesteres cuyo desempeño tan lúcido, noble, honrado, sacrificado y digno justifica los mayores elogios de la patria agradecida. Gentes admirables que pese a tener los garbanzos y prebendas bien resueltos se sacrifican al servicio de la plebe.
Inspirado en la guerra de la independencia contra la invasión francesa, Villamartín explica algunas características de la guerra nacional:
“cuando la fuerza de la opinión pública, cuando la ira contra el enemigo es tal que todo un país se levanta contra el odioso conquistador, todos coadyuvan con su riqueza, su valor, su talento y es declarado traidor, perseguido y muerto, el que se opone a esta terrible sacudida: he aquí la guerra nacional…todos se revuelven contra el enemigo. Una guerra nacional tiene que ser a muerte. Es muy triste sentar esto como principio teórico; pero si no se hace al conquistador todo el daño que quepa dentro de los límites de la justicia humanas, el espíritu decae, la lucha se hace más larga y arrastra mayores prejuicios para el país, por el tiempo de más que dura que por la intensidad de los males, en un tiempo limitad. Esto quita al enemigo toda esperanza de victoria, pierde su fuerza moral, es batido una vez y en las guerras nacionales ser batido es la muerte….las guerras nacionales no son provocadas sino por grandes injusticias y felonías del Estado enemigo y un castigo duro para estos crímenes hace que las naciones se respeten.”
La invasión de Ceuta convertida en ciudad tercermundista y con la atemorizada sociedad española abandonada a su suerte nos muestra la penosa realidad de un Estado fallido. Las dos grandes lumbreras judiciales, el señor Marlasca y la señorita Robles, considerados los cómplices más inmediatos de la invasión sufrida, han sido recibidos de modo apoteósico en la traicionada ciudad española. Es preciso reconocer, y dejar constancia de ello porque no ha salido en los media prostituidos del régimen, que el entusiasmo popular multitudinario se desbordó, si bien es cierto que con alguna división de opiniones como el árbitro del chiste: unos “en su padre” y otros “en su madre”.
La señorita doña Margarita aún tuvo estómago o presencia de ánimo para disimular y dar la cara sin salir huyendo ante los indignados y sufridos ciudadanos que la increpaban. Lo contrario de su cobarde compañero que ante las gráficas descripciones populares: “Hijodep… Cabr.., Traidor” se escondió tras sus infinitos guardaespaldas antes de salir de naja camino al aeropuerto.
Son tan demócratas estos héroes servidores de la Ley que incluso se niegan a declarar ante el Senado pese a haber sido requeridos. Salvo por la hipótesis de estar chantajeados o de ser esclavos de unos egos despóticos la verdad es que no se entiende que sendos jueces que otrora gozaban de algún prestigio, aunque más que personal sólo fuese por su cargo, hayan podido llegar al actual nivel de indignidad y deterioro moral. Sin embargo, en esta fase terminal ya nadie parece librarse de la degeneración de las instituciones.

