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Francisco de Quevedo: su ingenio, su defensa de la fe y de la patria, y su enemistad con Góngora que le llevó incluso a convertirse en su casero

Francisco de Quevedo y Villegas, secretario de Felipe IV y uno de los más agudos ingenios del siglo XVII, no solo cultivó la sátira, la poesía y la prosa moral, sino que también empuñó su pluma como arma en defensa de la verdadera fe católica y de los intereses de la Monarquía Hispánica. En su Execración contra los judíos (escrita hacia 1633-1634), Quevedo expone con vehemencia su visión de los judíos y conversos portugueses como una amenaza existencial para España.

En este opúsculo, Quevedo describe con precisión y fuerza retórica el peligro que, según su juicio, representan:

Vea V. M.: si el mantenimiento que les fiamos le roen, si el regazo en que los abrigamos le envenenan, si el seno donde los recogemos le abrasan, ratones son, Señor, enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hediondos, asquerosos y subterráneos. Lo que les fían roen y lo que les sobra inficionan. Sus uñas despedazan la tierra en calabozos y agujeros, sus dientes tienen por alimento todas las cosas, o para comerlas o para destruirlas… Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para alargarse, que pagan en veneno desentonado el abrigo que se les da.

Para Quevedo, los judíos encarnan la perfidia: traidores a la fe que profesan falsamente, aliados de las tinieblas y enemigos naturales de la luz cristiana. No se trata solo de una cuestión religiosa, sino de una infiltración que corrompe la economía del reino y socava la pureza de la sangre española. En la Execración, el autor reclama la expulsión total y la ruptura de cualquier acuerdo que permita su permanencia, viendo en ellos el origen de males que amenazan la estabilidad de la Monarquía.

Esta misma visión aparece reflejada en La isla de los Monopantos, donde denuncia conspiraciones secretas de judíos y cristianos traidores (los “monopantos”) que pretenden dominar desde las sombras.

Las ingeniosas broncas con Góngora

Quevedo no reservaba su ingenio solo para los enemigos de la fe. Su rivalidad con Luis de Góngora y Argote es uno de los episodios más célebres de la literatura española. Mientras Góngora cultivaba un estilo culterano, oscuro y lleno de cultismos, metáforas enrevesadas y latinismos, Quevedo defendía la claridad, la agudeza conceptista y la lengua castellana pura.

Las pullas entre ambos fueron constantes y brillantes. Quevedo atacó sin piedad el gongorismo con sonetos satíricos inolvidables, como el dedicado a la “nariz” de Góngora:

Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa, érase una nariz sayón y escriba, érase un peje espada muy barbado…

O el famoso:

Yo te untaré mis obras con tocino porque no me las muerdas, Gongorilla…

Góngora respondía con igual mordacidad, pero Quevedo, maestro del conceptismo, destacaba por su capacidad para ridiculizar al rival combinando ingenio, insulto y precisión lingüística. Esta rivalidad literaria refleja el enfrentamiento entre dos concepciones del arte: la claridad quevediana frente a la oscuridad gongorina. Para Quevedo, defender la lengua y la fe eran batallas de la misma guerra.

La anécdota del alquiler de la casa La enemistad entre ambos llegó al terreno personal de forma legendaria. Cuando Góngora se instaló en una casa en Madrid, Quevedo, enterado de las dificultades económicas del cordobés, adquirió la propiedad. Convertido en casero de su rival, Quevedo le hizo la vida imposible: subía el alquiler, exigía pagos puntuales y, según la tradición, llegó incluso a realizar obras molestas en la casa para incomodar al inquilino. De este modo, Quevedo no solo combatía el estilo gongorino con la pluma, sino que lo perseguía también en la vida cotidiana, demostrando su carácter combativo y su ingenio puesto al servicio de las enemistades personales.

En resumen, la Execración contra los judíos y sus ataques a Góngora (tanto literarios como prácticos) muestran a un Quevedo combativo, siempre dispuesto a usar su pluma afilada —y sus recursos— en servicio de lo que consideraba justo: la pureza de la fe católica, la integridad de la Monarquía y la defensa de un estilo literario claro y eficaz. Su obra entera es un testimonio de un ingenio al servicio de sus convicciones más profundas.

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