Por Alfonso de la Vega
No deja de resultar curioso el fenómeno de la actual alianza entre sendas teocracias de religiones habitualmente enfrentadas como Israel y Marruecos. Incluso se dijo en su día que el ministerio marroquí de asuntos islámicos habría enviado un fax a las mezquitas con un decreto real para que en lo sucesivo se abstuviesen de hablar sobre el genocidio israelí en Gaza. El que se pueda especular siquiera con este asunto en un país ligado a la teórica descendencia del Profeta y en el que los judíos no suelen ser demasiado bien vistos no deja de tener importancia para comprender la toma de influyentes posiciones de poder por parte del Estado sionista en el antiguo Protectorado español y hoy despótico reino islámico de Marruecos. Acaso como premio a esa servidumbre se acaba de conocer la concesión de un contrato para construir una futura base militar marroquí en los territorios devastados de Gaza.
Tras los Acuerdos de Abraham, la cooperación militar judío marroquí ha aumentado. En enero pasado Marruecos firma con Israel un nuevo acuerdo de cooperación militar e incrementa un 18% su presupuesto de defensa. Incluye cooperación en inteligencia, ciberseguridad, maniobras conjuntas y la adquisición de tecnología militar avanzada, como drones y sistemas antiaéreos. Debiera ser motivo de preocupación tal creciente influencia sionista israelí en el vecino narco estado de Marruecos en su actual acoso a España. Quizás tampoco habría que descartar graves complicidades en relación con el narcotráfico a ambos lados del Estrecho. Sin olvidar la presión o chantaje permanente mediante la organización de invasiones. O las impunes humillaciones. Ni tampoco la peligrosa competencia desleal en el plano agrario con exportaciones más o menos fraudulentas de productos sin garantías fitosanitarias o sin cumplir las costosas normativas de la UE que con la complicidad de la UE y nuestro gobierno están arruinando el sector primario español, todo ello bajo capital y supervisión israelí. La inflación no subyacente relacionada con los alimentos también se viene desbordando lo que pudiera achacarse a dicha influencia sionista en el sector agrario contra nuestros legítimos intereses.
Para Abdelaziz Rahabi, ex embajador argelino en Madrid, Trump «ha consolidado la presencia de Israel en esa zona, busca controlar todas las rutas marítimas, incluida la de Gibraltar, y muestra un creciente interés en cuestiones de seguridad. Estados Unidos e Israel están estableciendo una presencia duradera en Marruecos, brindándole apoyo diplomático y militar incondicional y comprometiéndose a convertirlo en una base sustituta del sur de Europa en su proyección militar internacional».

Pero no siempre fue así. Un interesante testimonio del judaísmo histórico en Marruecos, mayormente sefardita durante la etapa del Protectorado español, se encuentra en un pequeño libro en forma de relato titulado En Marruecos español y Tánger, escrito en 1955, justo antes de la independencia, por un residente, Epifanio González Jiménez, bajo el pseudónimo de Alonso de Guisando. El autor explicaba que pese a estar a tan poca distancia nos separaban de Marruecos varios siglos de progreso, por el atraso y por la religión: Este atraso y la religión musulmana que profesa, le ha dotado de una mentalidad muy distinta en la manera de ser y de pensar del europeo. Cosa que todos deberíamos tener en cuenta y en especial los mercenarios y fanáticos del multiculturalismo devastador. El Islam de Marruecos no es altamente culto y civilizado como el persa ni tampoco lo es la condición de su población. Tal crítica constituye un lugar común. El columnista franco-argelino Mehdi Gezzar ha declarado que: “Marruecos no es un país musulmán. Quieres robar un niño, puedes. Quieres comprar drogas, hay. Quieres prostitución, hay”. Y acusó a André Azoulay, asesor judío marroquí de Mohamed VI, de ser el verdadero líder de Marruecos controlado a distancia por Israel.”
Siguiendo con la obra citada en el capítulo XVIII narra la situación de los judíos a lo largo de la historia del hoy reino alauita de Marruecos. Según algunos historiadores en tiempos de Cartago ya existían colonias de judíos en el norte y en el Atlas a los que se atribuyen dos orígenes, uno procedente de Palestina, aumentado con la diáspora. Y luego otro posterior tras su expulsión de la península Ibérica, que se establecieron sobre todo en poblaciones de la costa o cercanas al litoral. En los siglos VI y VII con motivo de las políticas visigodas otras colonias cruzaron el estrecho y a ellas se achaca junto a sus cómplices de la península el haber preparado la invasión árabe. Y posteriormente haber colaborado con su dominación, alcanzando altos puestos de poder político y financiero. Tras la expulsión por los Reyes católicos los judíos en Marruecos se dividieron en dos grandes grupos con diferentes ritos y planteamientos. Los digamos, “autóctonos” ya existentes y los procedentes de España o Portugal. Unos hablaban español más o menos modificado con aportaciones hebreas o árabes y otros un árabe algo hebraizado o incluso dialectos bereberes en algunos reductos.
En el caso de Marruecos los judíos se encontraban protegidos por el poder central del sultán pero cuando se debilitaba se solían producir revueltas locales. Habían concertado un pacto llamado “decuma” por el que a cambio de ciertas obligaciones cuyo principio fundamental era el pago de la “yesca” o impuesto de capitación se salvaba su libertad, vidas o haciendas. Las juderías o “mellahs” eran barrios para judíos que surgieron bajo estos acuerdos como instrumento de protección. Sin embargo, cuando se debilitaba la autoridad central del Majzen o sus agentes era frecuente que fuesen asaltados, sobre todo en tiempos de vacas flacas ya que veían en usureros y prestamistas muchos de sus males. Sin embargo, buena parte de la población judía antes de 1912 vivía miserablemente dedicada a oficios humildes, en especial los del interior más alejado de la costa. Los barrios judíos se encontraban demasiado poblados, pobres, con falta de higiene, por lo que solían ser víctimas de frecuentes epidemias, lo que podía producir mortandades superiores a las debidas a los levantamientos.
Para Alonso de Guisando “si el pueblo musulmán marroquí se ha caracterizado siempre por su hospitalidad, dial guía y nobleza hacia el extranjero, los israelitas de Marruecos, sin embargo, no eran hospitalarios más que con los rabinos que llegaban de Palestina para establecerse en el Protectorado. Reconociánse por su levitón negro, por el pañuelo que llevaban al cuello y por el sombrero redondo rodeado de una cinta negra de seda. Parecían simples mendigos, aunque eran emisarios para recaudar fondos para ciertas comunidades de Judea.”
Las costumbres de la población judía eran diferentes de acuerdo con el entorno, bereber, árabe o europeo donde residían. En el caso de los judíos más relacionados con los bereberes la intransigencia religiosa es mayor, y sus escuelas judías se parecen a las mahometanas, con el Talmud o el Corán y los hadices como referencias casi únicas.
En el relato de Guisando cabría descubrir quizás alguna suerte de paternalismo bienintencionado no exento de curiosidad. Las situaciones históricas cambian. Es evidencia de razón que la creación del Estado de Israel está teniendo consecuencias tremendas en la geopolítica mundial. Si los judíos en el antiguo Protectorado llevaban una vida más bien subalterna, de tolerancia, en el momento actual las cosas han cambiado y quizás dominan la política del sultán. Marruecos, fuertemente armado y protegido por el Estado de Israel, aunque oficialmente aún no se quiera reconocer así, ya se ha convertido en una grave amenaza para la debilitada España actual.
Se esperan acontecimientos muy desagradables en un futuro cercano. Sun Tzu nos explicaba que “quien se conoce a sí mismo y conoce a su enemigo, obtendrá la victoria…la forma más elevada de la guerra es adelantarse a los planes del enemigo, la siguiente, romper sus alianzas…”
Son muchas las moralejas posibles, por ejemplo, la habilidad judía para avasallar a los estados en los que campa la corrupción y las élites traicionan a sus pueblos.

