Si decir la verdad tuviera premio, todo el mundo la diría. Si los que gobiernan defendieran la verdad con el mismo ahínco que defienden las vacunas, todo el mundo se curaría rápidamente de la peor enfermedad que padece: la corrupción. ¡Porque no puede haber corrupción sin mentiras!
Pero salta a la vista que la verdad no se premia sino todo lo contrario; y eso demuestra, inequívocamente, que nuestros gobernantes no quieren que el mundo se llene de personas libres sino esclavas, que trabajen por menos de lo que hace falta para pagar comida y techo, y aún así entreguen, sin rechistar, en forma de impuestos, dos de los cuatro duros que ganan.
Jesús vino a decir que “la verdad libera”, pero también, que los gobernantes tratan de crucificar a todo aquel que se apunta a la religión de la verdad. ¿Qué hace falta para practicarla? ¡Nada! ¡Porque la religión de la verdad no tiene ritos, ni templos, ni sacerdotes. ¡No los necesita! ¡Ni siquiera libros! Tan solo se trata de cumplir un “mandamiento” fácilmente recordable: Ve diciendo la verdad y observa como te va liberando.
¿Por qué se escandalizaron tanto los doctores de la ley judía, al escuchar esa propuesta de Jesús? Porque dinamitaba su “modo de vida”; porque adivinaron que, si la propuesta salía adelante, ellos se quedaban sin oficio ni beneficio.
Pero entonces ¿Por qué las iglesias cristianas han seguido ordenando sacerdotes y pastores, inventando ritos y construyendo templos? Porque son judíos, sin saberlo (sin tener consciencia de ello). Los judíos, que dependen de la mentira para conservar sus oficios, enseñaron a los cristianos a hacer eso mismo. Buen ejemplo nos lo dan monjes y frailes: Ellos hacen voto (promesa) de silencio, de obediencia, de castidad… Pero ¿has escuchado, alguna vez, que hagan voto de decir verdad?
Si la verdad se premiara, en esta sociedad, no solo los clérigos la dirían. También la dirían todos los que aprendieron de ellos, que no son pocos. Entonces preguntaríamos a los médicos, a los abogados, a los periodistas, a los vendedores en general ¿Es verdad eso que usted me cuenta? ¿Es útil lo que pretende venderme? ¡Imagina cuantos de ellos se irían al paro, directamente, por decir la verdad! Es por eso que suelen mentir, para salvar su oficio, igual que hicieron los doctores de la ley judía. Ellos propusieron unir el viejo y el nuevo testamento, fundiendo así la religión de la mentira con la religión de la verdad, y los cristianos lo aceptaron. El resultado es eso que llamamos “cultura judeo-cristiana”, o “sociedad de consumo”, que tanto atrae a los practicantes del islam. ¡También aprendieron, de los judíos, que la libertad no tiene valor suficiente para ser considerada un buen premio!

