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Las horizontales de la PSOE

Por Alfonso de la Vega

Las edificantes peripecias de pícaros, jaques, manolos o gente del bronce de la PSOE si creemos las acusaciones en el Supremo convertidos gracias a la potente alquimia borbónica en excelentísimos ministros de la Corona, con sus fornidos lugartenientes o su serrallo de horizontales amén de chistorras, soles, lechugas y otras apetitosos aperitivos, me han recordado cierto género literario de principios del siglo pasado.

La novela mundial fue un interesante proyecto literario español de hace un siglo en el que colaboraron autores como Baroja, D`Ors, Valle Inclán, Benavente, Salavarria, Colombine,  García Sanchíz, Cansinos Assens, los Machado, los Quintero, Espina, Maeztú,  Miró, Ortega, Pérez de Ayala …o el escritor habanero radicado en España, Alberto Insúa, una de cuyas divertidas obras de crítica de costumbres traigo a la memoria aquí. Me refiero a la que lleva por título En el Madrid de 1905 publicada en setiembre de 1926.

En efecto, estos resilientes heroicos próceres socialistas feministas prostibularios y sin vergüenza de perspectiva de género, míticos miembros de la prodigiosa banda del Peugeot me han recordado las hazañas descritas por Insúa de cierto señoritismo rijoso de la crápula más entrenada de esa época en la que el mismo fundador de la PSOE se permitía amenazar de muerte en sede parlamentaria a un político de la oposición, ex primer ministro de Su Majestad.

Lo de “los parias de la tierra y la famélica legión” pasó a mejor vida como muestran las orondas redondeces de estos bien cebados sacrificados defensores de la redención del proletariado sobre todo horizontal al que ponen piso y nómina con cargo al erario. Un gran logro del socialismo patrio del famoso “haz que pase” ya que antes de la modernidad posmoderna si la malvada burguesía “ponía piso” a una de esas “mujeres jóvenes que se dan a los viejos” lo pagaba de su propio peculio y menos nacionalizaba el negocio que explotaba con cargo al presupuesto municipal, diputacional, autonómico, nacional o europeo que más pueda confundir al Tribunal de Cuentas del Reino.

El relato de Insúa comienza con una reunión de amigos antiguos compadres cuarentones que miran con cierta nostalgia al pasado. Y narra un corto idilio de hace unos años entre la jovencísima Carmencita, ex querida de un maduro y casado amigo sevillano del padre del protagonista, conseguida gracias al buen hacer profesional de un corredor de mujeres como otros ofrecen fincas rústicas,  y la del narrador el afortunado joven que la hereda del prócer para reubicarla en la villa y corte. Refleja el ambiente de los saraos madrileños de la época, la prevalencia del Kursaal con su público de asiduos que absorbía la pequeña vorágine madrileña. Allí actuaban la Fornarina y Pastora Imperio. Y bailaban las Camelias, dos bellas hermanas de grandes ojos negros pero talento escaso, siempre vestidas de violeta y azul, la mayor de ellas se casó con el rajá de Kapurtala.

Por su parte, Carmencita tuvo mucho éxito como espectadora a la que se dirigían las miradas libidinosas del no muy siempre respetable público. Su favorito, joven de tan buena familia como de pocos posibles después de empeñar todo lo empeñable se quedó sin blanca al tratar de complacerla. Pero como la confidente le dijo al interesado la bella necesitaba posición y “pasta hijo de mi arma y usté no pué dársela” según le confesara piadosamente Lola, la Cordobesa, cortesana que parecía sacada de un cuadro de Romero de Torres, el que pintaba a las mujeres morenas. En efecto su amiga tuvo que tomar la heroica determinación feminista de cambiarle por un anciano al que conociera casualmente en la ópera y que “e un tío riquísimo, conde y senaor, na menos”.

Para consolarle de tan infausta noticia Carmencita le mandaba el recado que podía seguir viéndole allí en casa de la Lola cuando no estuviera ocupada, propuesta que nuestro joven protagonista, aunque señorito al cabo un caballero, rechazaría indignado.

De modo que si ese año de 1905 aparece como un símbolo de la «Belle Époque» madrileña, un periodo de apogeo cultural, fiestas, vida social y bohemia que marcó un antes y un después en el imaginario colectivo de la ciudad, ciento veinte años después el Madrid convertido en una imitación europea de Calcuta no hay ya quien lo reconozca. Pero hay cosas que permanecen pues vemos como esta pertinaz querencia histórica por las horizontales no se cura con el feminismo de pelo en pecho de nuestros actuales socialistas WOKE adictos a los goces de mancebía. Ahora bien, hay que reconocer en justicia el gran logro progresista que supone la actual política de socialización de costes y privatización de beneficios para el disfrute particular de la esforzada vanguardia del proletariado.

“M`pongo”, dijo la gorgona en capilla electoral con su mirada capaz de petrificar al contribuyente más «bragao» aunque dispuesto a pagar la tarifa que le ordenen para evitar o suavizar la temida inspección fiscal.

Nos da igual. Es tu problema.

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