Racistoide Plan Kalergi, racismo antiblanco, desde luego, recauchutándose a cada instante. La Gran Sustitución, pues. Grosso modo, genocidio de los blancos europeos mediante el mestizaje y la inmigración masiva de no blancos. Salvajísimas masas de “ocupantes” llegando a ser mayoría. Cambio de pueblo y de civilización, colonización de Europa. Todo sustituido: religión cristiana, etnia, cultura. Y raza, la palabra maldita que nadie osa siquiera rozar. Extinguidos. Todo cambia, como sustitución y, al alimón, como evolución, de las personas o de los valores. Mutación global, diseñada por las elites, preferentemente sionistas. Organizaciones supranacionales que mercadean con esclavos laborales, diabólicas cúspides de la globalización, maestros de la banca usurera, el comercio y la industria internacionales, a fuer de las “compasivas” iglesias varias, bosquejando esta atroz y satánica inversión como una suerte de “contracolonización”. Juas. Transformaron al ciudadano europeo autóctono en un peón deslocalizable sin especificidad nacional, ocasionando que se incrementasen sin freno el número de “alógenos” sin raíces (en la patria asaltada) y que los descendientes de los edificadores de la nación se encontrasen en pavorosa minoría. Los invasores, obviamente, jamás aportaron nada significativo, más allá de mano de obra barata, frisando la esclavitud. Y costaban demasiado a la vida de los europeos oriundos.
Trucos de magos negros

El gran reemplazo es muy sencillo de entender: tienes un pueblo, y en el lapso de una generación tienes a un pueblo distinto. Pueblos europeos, incluido el español, de raza blanca, de cultura grecolatina y de religión cristiana: absoluta mutación, inducido desguace natalicio mediante. Africanización. Islamización. Ambas juntas, separadas o revueltas. Sustitución, tanto material como espiritualmente, de la población europea-occidental por contingentes poblacionales africanos y asiáticos (en España, tan evidente, abrumadora y avasalladoramente, por centro e hispanoamericanos, nuestra “querida” hispanchidad). Un pueblo estaba allí, estable, abarcando el mismo o similar territorio durante quince o veinte centurias. Y casi súbitamente, rauda, muy raudamente, en una o dos generaciones, uno o más pueblos advenedizos le expoliaron la tierra de sus ancestros. Y la suya. Al alborear el tenebroso asunto, la proporción de indígenas seguía siendo bastante más alta entre las personas mayores. Espejismo de los advenimientos de los horrores. Al final, ni semejante nimio consuelo.

Una colonización, entonces, que acabará definitivamente tanto con las cosmovisiones tradicionales como con los nuevos valores postmodernos más “transgresores”.Todo, reventado. Rindiéndonos paulatinamente a la evidencia: asistimos hogaño a un grado de descomposición tan repugnante en el que Europa occidental ya no se halla mínimamente en condiciones de salvarse a sí misma, como no lo estuvo la Roma antañona en el siglo v de nuestra era. En la actualidad, Europa carece de anhelos de rehacerse, de zurcirse, de luchar por ella misma. La selección natural deviene inexorable sobre todo cuando se abandonaron las viejas y nobles convicciones. Autodestrucción. Suicidio. Asesinato, mejor.
En fin.

