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Loles León y su esperpento en TVE: la ordinariez convertida en espectáculo subvencionado

La televisión pública española ha tocado fondo una vez más. Y no es una forma de hablar: el pasado fin de semana, en un programa de La 2 (o lo que quede de ella), la actriz Loles León protagonizó uno de los momentos más bochornosos y vomitivos que se recuerdan en la parrilla de RTVE. Rodeada de risitas cómplices y un plató que parecía un consultorio de barrio de tercera, la señora se despachó a gusto hablando de la “educación sexual” que le dio a su hijo. El resumen, por si alguien se lo perdió: presumir, entre carcajadas, de haber enseñado a su propia criatura a “comer clítoris” para que las mujeres disfrutaran.

Sí, han leído bien. En horario de sobremesa, con dinero de todos los españoles, una supuesta figura pública se jacta de algo que en cualquier otra época y en cualquier país medianamente serio habría provocado dimisiones en cadena y una investigación interna. Pero aquí no. Aquí aplausos, cortes a plano de reacción de los tertulianos y un “¡qué moderna!” implícito que da náuseas.

Lo más grave no es solo la vulgaridad —que ya es de manual de prostíbulo de carretera—, sino la absoluta falta de credibilidad y decoro de quien lo dice. Loles León lleva años construyendo un personaje de “libertaria sin filtros” que, visto con perspectiva, no es más que una mezcla de exhibicionismo caduco y necesidad desesperada de atención. Porque, seamos serios: ¿alguien en su sano juicio cree que esa confesión es un acto de valentía pedagógica? ¿O es simplemente la enésima pataleta de una señora que ha convertido su vida privada en circo y ahora necesita subir el listón para que sigan hablando de ella?

La ordinariez absoluta no admite matices. Hablar así de la educación de un hijo o hija en antena no es “romper tabúes”. Es impresentable. Es de una grosería que roza lo patológico. Es tratar la sexualidad como un chiste sucio de bar de camioneros mientras se finge que se está haciendo “activismo”. Y lo peor: hacerlo en TVE, la televisión que pagamos entre todos, la que se supone que debe mantener un mínimo de dignidad institucional.

Porque esto ya no es un desliz. Es un patrón. TVE se ha convertido en un estercolero donde cualquier cosa vale si sirve para epatar, ofender o generar trending topic. De la mano de Loles León y de otros “valientes” por el estilo, la cadena pública ha normalizado que el límite ya no exista. ¿Educación sexual? Perfecto. Pero convertirla en un monólogo de burdel con risas de fondo y logotipo de RTVE en pantalla es un insulto a la inteligencia y a la decencia de los contribuyentes.

Y luego vendrán los de siempre: los que dirán que criticar esto es “censura”, “machismo” o “franquismo”. No, queridos. Criticarlo es sentido común. Es exigir que la televisión pública no se convierta en un burdel verbal subvencionado con nuestros impuestos. Es negarse a que la ordinariez se vista de progresismo y se nos intente vender como liberación.

Loles León no es una víctima. Es una impresentable que ha encontrado en TVE el escenario perfecto para su exhibicionismo sin límites. Y TVE, una vez más, demuestra que cada día da más asco. El problema no es que Loles León diga barbaridades. El problema es que se las paguemos entre todos y encima tengamos que aguantar que nos las vendan como arte o como “valiente sinceridad”.

Ya está bien.

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