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La indefensión aprendida: la teoría de Martin Seligman que explica por qué dejamos de luchar

La indefensión aprendida (en inglés, learned helplessness) es uno de los conceptos más influyentes de la psicología moderna. Desarrollado por el psicólogo estadounidense Martin Seligman a finales de los años 60, este fenómeno describe cómo las personas (o animales) que experimentan repetidamente situaciones aversivas o dolorosas sobre las que no tienen control terminan por rendirse y dejar de actuar, incluso cuando más tarde surge una oportunidad real de escapar o mejorar su situación.

Esta teoría no solo ayuda a entender la depresión, sino que también arroja luz sobre fenómenos sociales como la pasividad colectiva ante crisis prolongadas, la resignación ante problemas estructurales o la dificultad para movilizarse ante injusticias.

El experimento clásico con perros (1967)

Todo comenzó en los laboratorios de la Universidad de Pensilvania. Seligman y sus colaboradores, como Steven Maier y J. Bruce Overmier, diseñaron un experimento con tres grupos de perros:

  • Grupo 1 (control): Los perros no recibían descargas eléctricas previas.
  • Grupo 2 (escapable): Los perros recibían descargas, pero podían terminarlas presionando un panel con el hocico.
  • Grupo 3 (inescapable): Los perros recibían exactamente las mismas descargas que el Grupo 2, pero sin posibilidad de controlarlas (estaban “yokeados” o emparejados).

En una segunda fase, todos los perros se colocaban en una caja de shuttle (dividida por una barrera baja) donde podían escapar de las descargas simplemente saltando al otro lado.

Resultado sorprendente: Los perros del Grupo 1 y del Grupo 2 aprendían rápidamente a saltar y escapar. Sin embargo, la mayoría de los perros del Grupo 3 no lo intentaban siquiera. Se quedaban tumbados, gimiendo, aceptando las descargas sin hacer nada por evitarlas. Habían “aprendido” que sus acciones no servían de nada.

Este diseño “triádico” demostró que no era el dolor en sí lo que producía la pasividad, sino la percepción de incontrolabilidad.

¿Qué ocurre exactamente en la indefensión aprendida?

Seligman identificó tres tipos de déficits principales:

  1. Déficit motivacional: La persona (o animal) pierde la iniciativa para responder. ¿Para qué intentarlo si nada cambia?
  2. Déficit cognitivo: Dificultad para aprender que, en una nueva situación, sí existe control. La experiencia pasada interfiere.
  3. Déficit emocional: Aumento de estrés, ansiedad y, en humanos, síntomas depresivos (tristeza, falta de energía, sentimientos de inutilidad).

En los años 70, Seligman extendió la teoría a los humanos y la vinculó directamente con la depresión. Propuso que muchas depresiones se originan cuando alguien percibe que los eventos negativos importantes de su vida son incontrolables.

La reformulación de 1978: el papel de las atribuciones

La versión original recibió críticas porque no explicaba por qué algunas personas se deprimían más que otras ante situaciones similares. En 1978, Seligman junto a Lyn Abramson y John Teasdale reformularon la teoría incorporando la teoría de la atribución.

Según esta versión:

  • No basta con percibir falta de control.
  • Lo decisivo es cómo explicamos esa falta de control (estilo atribucional).

Las atribuciones que más favorecen la indefensión y la depresión son aquellas que son:

  • Internas (“soy yo el inútil”).
  • Estables (“siempre será así”).
  • Globales (“afecta a toda mi vida”).

Ejemplo: una persona que fracasa en varios trabajos y piensa “soy un fracaso total y siempre lo seré” tiene más riesgo de caer en indefensión que alguien que piensa “esta empresa concreta tenía problemas y el mercado está mal ahora”.

Esta reformulación convirtió la teoría en un modelo más potente para entender la vulnerabilidad individual a la depresión.

Aplicaciones en la vida real y en la sociedad

La indefensión aprendida no se queda en el laboratorio. Se observa en:

  • Víctimas de abuso prolongado (doméstico, laboral o institucional) que dejan de intentar escapar.
  • Pacientes crónicos o personas en situaciones de pobreza extrema que perciben que sus esfuerzos no cambian nada.
  • Niños en entornos educativos muy controlados o punitivos que pierden la curiosidad y la iniciativa.
  • Contextos sociales y políticos: cuando las crisis se prolongan durante años (económicas, sanitarias, etc.) y la gente siente que “da igual lo que hagamos, nada cambia”, puede aparecer una pasividad colectiva. La energía para protestar o exigir mejoras se agota, y la resignación o la evasión (redes sociales, consumo) ocupan su lugar.

En España, algunos analistas han relacionado este concepto con la evolución de la sociedad tras la crisis de 2008 y las movilizaciones del 15M: tras años de recortes, precariedad y sensación de que “el sistema no responde”, parte de la población desarrolló una forma de fatiga o resignación, aunque los problemas estructurales (vivienda, salarios, futuro de los jóvenes) persistan.

¿Se puede “desaprender” la indefensión?

Sí. Seligman demostró que la indefensión no es irreversible. En los experimentos con perros, la “terapia directiva” (guiar físicamente al animal para que experimentara que su acción sí producía alivio) lograba que recuperaran la iniciativa.

En humanos, las estrategias más efectivas incluyen:

  • Exposición a experiencias de control exitosas, aunque sean pequeñas al principio (terapia conductual).
  • Cambiar el estilo atribucional (terapia cognitivo-conductual).
  • Entrenamiento en resiliencia y optimismo aprendido (Seligman desarrolló más tarde la Psicología Positiva precisamente para contrarrestar estos efectos).
  • Reconstruir la sensación de autoeficacia (creencia en que nuestras acciones importan).

Conclusión: una lección de esperanza

La teoría de la indefensión aprendida de Martin Seligman nos recuerda algo poderoso: el peor daño no siempre viene del sufrimiento en sí, sino de la creencia de que no podemos hacer nada al respecto.

Entender este mecanismo nos ayuda a ser más compasivos con quienes parecen “resignados” y, sobre todo, a reconocer cuándo nosotros mismos estamos cayendo en esa trampa. Porque si la indefensión se aprende, también se puede desaprender.

Recuperar la sensación de control —aunque sea en pequeñas áreas de nuestra vida— es el primer paso para salir de esa cárcel psicológica invisible.

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