El Gran Monarca es una figura profética y esotérica extra-bíblica, anunciada como futuro rey que viene a restaurar la civilización cristiana. Está llamado Hijo Varón del Apocalipsis o Siervo Germen, el cual tendrá que regir a las naciones con vara de hierro.
Esta leyenda empezó a partir del siglo VII, en 660-680 con el Apocalipsis del Pseudo-Metodio, texto apocalíptico siríaco escrito en Mesopotamia durante la época merovingia, que explica la conquista islámica como un castigo divino, introduciendo el mito medieval del Emperador de los Últimos Tiempos. El texto popularizó la figura de un rey cristiano que surge para derrotar a los musulmanes. En ciertos círculos evangélicos y pentecostales de EE.UU, se ha mencionado que Donald Trump simboliza el Gran Monarca (profetizado por el masón y esoterista francés René Guénon) que, cual cruzado moderno, lleva a cabo el ritual de humillación contra el Islam y China. El movimiento Reconstruccionista cristiano al cual pertenece Trump, llamado NAR (Nueva Reforma Apostólica) promueve la imagen de un Jesús guerrero que volverá para construir un milenio de ley bíblica sobre la tierra, introduciendo así la creencia escatologica heterodoxa del Milenarismo. En realidad, el milenarismo estricto (Quiliasmo), es decir la creencia en un reino terrenal de Cristo de 1.000 años antes del juicio final, es considerado ajeno al dogma de la Iglesia Católica ya que tiene sus raíces en la literatura apócrifa judía del período del Segundo Templo, antes de Cristo.
Traducido al griego, al latín y a otros idiomas, el Apocalipsis del Pseudo-Metodio se convirtió en una de las fuentes principales para la literatura apocalíptica medieval en Europa y Oriente.
De manera similar, las apariciones de la Virgen de La Salette (1846) y de Fátima (1917), están estrechamente vinculadas a mensajes de profecía de castigos divinos (si la humanidad no se convierte) impuestos por los mahometanos. El escritor francés y católico tradicionalista Yves Dupont ha opinado que el Gran Monarca convertirá con éxito a muchos musulmanes y judíos a la fe católica. No en vano la ciudad de Fátima lleva el nombre de la hija menor y preferida del profeta Mahoma, Fátima az-Zahra, siendo las apariciones un fraude perpetrado por la nobleza negra (Casa de Saboya) y los Jesuitas (descendientes de los Templarios).
El Gran Monarca pasó a llamarse a continuación el Último emperador romano, el cual viene al final de los tiempos para restablecer el Imperio Romano (Emperium) y asumir su función como Katechon bíblico para detener la venida del Anticristo. Este “Roy perdu” (uno de sus nombres en francés) aparece asimismo en Los oráculos de la Sibila Albunea, profetisa de la antigüedad romana que anunció al emperador Augusto el nacimiento de Cristo y el fin de la era de los dioses paganos. Los oráculos fueron recopilados y reinterpretados alrededor del año 1000. El último emperador se desarrolló aún más en los escritos de Hermerio Adson (910-992), Libellus de Antichristo, en los cuales renuncia a su poder y muere.
Además, en el siglo XV, el rey René d’Anjou, amante alquímico de Juana de Arco, vinculado como ella al Priorato de Sión, esperaba también al Gran Monarca que revelaría la verdadera misión de Francia. Se puede subrayar que Anjou es uno de los diecinueve distritos urbanos de la ciudad de Montreal (Monte Real con flores de lys en la bandera), en Quebec. El astrólogo suizo Paracelso, así como Nostradamus (cuyo abuelo había sido tesorero y médico de René de Anjou) hablaron en el siglo XVI de un tesoro escondido en Francia y España vinculado con el Gran Monarca, el cual fue muy popular en el folclore popular hasta la Ilustración del siglo XVIII. Reapareció en la profecía del siglo XIX cuando los legitimistas franceses creían que Enrique V, conde de Chambord, sería el nuevo rey. Marie-Julie Jahenny (1850-1941), conocida como la estigmatizada bretona, profetizó que el Gran Rey elegido será un descendiente de San Luis, llamado Enrique V de la Cruz. Este rey sería un descendiente del rey David y de las tribus de Israel.
Por su parte, el Santo Papa (Pastor Angelicus), a menudo asociado con la profecía de «Petrus Romanus» de San Malaquías, podría representar al ayudante del Gran Monarca. La profecía del papa angélico surge también de corrientes místicas medievales (siglos XIII-XIV).
Hay que subrayar que el catecismo de la Iglesia Católica habla sólo de Cristo como el rey que se manifestará en los últimos días, cuya venida está asociada a su reconocimiento por todo Israel. No hace mención de la venida de ningún Gran Monarca católico, ya sea francés, alemán o de cualquier continente. La profecía del Gran Monarca tiene más bien matices ocultistas y estaría vinculada a la sociedad secreta Priorato de Sión que quiere establecer un orden mundial cristiano, mediante su ungido. El esoterista Alexandre Saint-Yves d’Alveydre (1842-1909), el principal teórico de la Sinarquía (sistema de gobierno basado en principios iniciáticos) habla de la misión de Francia, lo mismo que las profecías templarias modernas, las cuales vinculan la figura del Gran Monarca con una estructura de Sinarquía, sugiriendo que este rey no sólo gobierna un territorio físico, sino que es parte de una élite espiritual iniciada. El Gran Monarca será entonces, un descendiente de los propios Nefilims, los cuales se mezclaron con la nobleza en la tierra, de allí la sangre azul que corre por las venas de la realeza negra. El Gran Monarca será el último merovingio, el “retoño ardiente”, cuya supuesta fe arde para cegar y controlar a los postreros cristianos desprevenidos que lleguen a confiar en él.

