viernes, abril 24, 2026
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España lidera el número de casos de muertes súbitas en Europa hasta 2020: ¿y después? Así informa de esta noticia InMundo (excusa no pedida…)

Ahora resulta que España registra el mayor aumento de muerte súbita en Europa en una década, y el artículo de El Mundo se apresura a titular con un “y no, no es por las vacunas contra el covid”. Como si fuera necesario repetirlo tres veces para que cale el mensaje. Como si las vidas humanas que se pierden de forma repentina merecieran, ante todo, una disculpa preventiva por parte del medio en lugar de una investigación rigurosa y sin cortapisas.

El texto, firmado por R. R. García-Abadillo y publicado el 24 de abril de 2026, se basa en un estudio descriptivo de The Lancet Regional Health – Europe que analiza datos de mortalidad de la OMS entre 2010 y 2020 en 26 países europeos. Según el artículo, la muerte súbita (fallecimiento inesperado en menos de una hora en personas aparentemente sanas) creció un 31 % en el continente, y España lidera el ranking con un incremento anual del 3,3 %. El fenómeno se habría consolidado desde 2013, antes de la pandemia, y afectaría más a hombres (75 % de los casos), aunque el ritmo de aumento sería más acusado en mujeres.

Hasta aquí, datos fríos. Lo preocupante viene después: el texto dedica un esfuerzo desproporcionado a descartar de antemano cualquier vínculo con las vacunas covid, cuando el propio estudio termina en 2020 (antes de que se administrara la primera dosis en España a finales de diciembre de ese año). La excusa no pedida se convierte en acusación manifiesta contra quienes, desde hace años, vienen señalando patrones temporales inquietantes en el exceso de mortalidad, en miocarditis, en arritmias y en muertes súbitas especialmente entre jóvenes y deportistas tras las campañas de vacunación masiva.

¿Por qué este afán en negar lo que ni siquiera se ha estudiado?

El artículo cita a un cardiólogo que lamenta los “comentarios en redes” que atribuyen aumentos de infartos, ictus o mortalidad a las vacunas, “como si antes de la pandemia no existieran”. Es un argumento tramposo. Nadie niega que las enfermedades cardiovasculares existían antes. Lo que se cuestiona es el exceso observado en ciertos periodos, la edad inusual de muchas víctimas y la correlación temporal con la administración de productos de ARNm y vectores virales que se sabe que provocan inflamación miocárdica en un porcentaje no despreciable de casos, sobre todo en varones jóvenes.

El estudio de The Lancet es descriptivo: no pretende identificar causas específicas para el repunte en España, según reconoce el propio texto. Habla de envejecimiento poblacional (España tiene alta esperanza de vida), estilos de vida, obesidad, sedentarismo, peor cadena de supervivencia o incluso un posible “artefacto” por mejor certificación de casos. Todo vale, menos mirar con lupa lo ocurrido a partir de 2021.

Mientras tanto, las estadísticas oficiales de mortalidad en España y Europa muestran excessos que persisten más allá de 2020, con picos en periodos de vacunación intensiva y con causas cardiovasculares como protagonistas. Ignorar sistemáticamente la hipótesis de los efectos adversos de las vacunas —que organismos como la EMA o la FDA han reconocido (miocarditis, pericarditis, trombosis) aunque los califiquen de “raros”— no es periodismo; es militancia.

Vidas humanas, no titulares defensivos

Lo más grave es el tono. En lugar de exigir más investigación independiente, autopsias sistemáticas con análisis de biomarcadores inflamatorios o estudios de causalidad que incluyan el historial vacunal de las víctimas, El Mundo se dedica a cerrar filas. “No, no es por las vacunas”. Punto. Como si decirlo con mayúsculas disipara las dudas razonables de millones de personas que han visto morir repentinamente a familiares sanos en plena campaña de refuerzos.

Durante años se ha jugado con la salud pública de forma irresponsable: se impusieron vacunas experimentales con autorizaciones de uso de emergencia, se ocultaron o minimizaron señales de seguridad, se censuraron voces discrepantes en redes y medios, y se etiquetó de “negacionista” o “antivacunas” a cualquiera que pidiera transparencia. Ahora, cuando los datos de mortalidad súbita no encajan en el relato triunfal, la respuesta es la misma: negar, descalificar y repetir el mantra.

España no solo lidera el aumento de muerte súbita según este estudio. También ha figurado entre los países con mayor exceso de mortalidad en periodos posteriores a 2020 en varios informes europeos. Coincidencia o no, lo mínimo que merecen las familias afectadas es una investigación seria, sin prejuicios y sin titulares que parezcan escritos para tranquilizar conciencias en lugar de buscar la verdad.

Porque se trata de vidas humanas. De personas que, en teoría, estaban sanas y que un día cayeron de golpe. No de un debate político ni de una guerra de narrativas. Exigir que se estudie exhaustivamente la posible contribución de las vacunas (y de la infección por SARS-CoV-2, claro) no es conspiranoia. Es elemental respeto a la ciencia y, sobre todo, a los muertos.

El Mundo y otros medios que optan por el “y no, no es por las vacunas” como titular principal demuestran, una vez más, que priorizan la defensa del relato oficial sobre el deber periodístico de cuestionar y profundizar. Mientras sigan así, la desconfianza solo crecerá. Y las preguntas incómodas, lejos de desaparecer, se volverán más urgentes.

Las víctimas de muerte súbita no necesitan excusas mediáticas. Necesitan respuestas honestas. Y España, como país que encabeza este triste ranking, tiene la obligación moral de buscarlas sin miedo a lo que pueda encontrarse.

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