Desde el 1 de noviembre de 2026, en 657 municipios franceses está prohibido encender un fuego en una chimenea de hogar abierto. En la Métropole européenne de Lille (95 comunas, incluida Lille) la medida es permanente durante la temporada de calefacción, ya sea para calentar la casa, como apoyo o simplemente para el placer de unas llamas. La multa puede llegar a 1.500 euros (y hasta 3.000 en caso de reincidencia). No hace falta demoler la chimenea: basta con no usarla. Los insertos, estufas y hogares cerrados siguen permitidos.
Eric Ciotti lo ha calificado de aberración y de ataque inaceptable a la libertad y al patrimonio inmaterial de los franceses. Su grupo UDR anuncia una proposición de ley para reformar el Código del Medio Ambiente y pide al primer ministro que impida estas prohibiciones y cualquier sanción. El testimonio de un oyente de RMC resume el absurdo cotidiano: un vecino se entera por la radio de que ya no puede usar su chimenea, sin circular previa, en una metrópolis gobernada por gente de derecha que prometía “molestarle lo menos posible”.
L’interdiction des feux de cheminées dans 657 communes françaises depuis le 1er novembre, 1500 euros d’amende à Lille, est une aberration et une attaque inacceptable contre la liberté mais aussi le patrimoine immatériel des Français.
Protégeons cette liberté et cette tradition.
Le groupe UDR déposera une proposition de loi afin de réformer le Code de l’environnement.
J’appelle le premier ministre à empêcher ces interdictions et toute verbalisation.
— Eric Ciotti (@eciotti) November 2, 2026
¿Desde cuándo el humo de la leña es el enemigo público número uno? Durante siglos, el fuego de leña fue el corazón del hogar europeo, fuente de calor, luz y vida social. Hoy, en nombre de los planes de protección de la atmósfera, un prefecto puede convertir en infracción de quinta clase el simple acto de encender troncos. En Lille se afirma que alrededor del 70 % de las partículas finas procede del calentamiento doméstico con leña; en otras zonas las cifras varían (hasta el 40 % de PM2,5 a nivel nacional en invierno, según la Anses). Los hogares abiertos son ineficientes (rendimiento del 10-15 %) y emiten más partículas que un aparato moderno bien utilizado.
Pero la forma y el alcance de la medida son ridículos. No ha habido ley nacional ni debate parlamentario: basta un orden municipal. El ciudadano honesto que enciende su chimenea en invierno se convierte en potencial multado, mientras otras fuentes de contaminación o de desorden social parecen gozar de mayor tolerancia. Se obliga a gastar miles de euros en insertos o estufas (aunque existan ayudas bajo condiciones) para conservar una tradición que, en su versión abierta, se considera de pronto intolerable. El patrimonio material e inmaterial —el hogar, el crepitar de la leña, la reunión familiar— se trata como un residuo industrial.
Los defensores de la prohibición subrayan los efectos sanitarios de las partículas finas (problemas respiratorios, cardiovasculares, asma, BPCO) y la mayor eficiencia de los aparatos cerrados recientes, que pueden reducir las emisiones de forma notable. Lo que resulta absurdo es la respuesta administrativa: prohibir por decreto el uso de una práctica ancestral, con multas disuasorias, sin proporcionalidad clara y sin que el Parlamento haya decidido que el humo de leña merezca ese trato. En un país que se precia de defender la libertad y el modo de vida rural o tradicional, convertir el fuego de chimenea en delito de 1.500 euros es, efectivamente, ridículo.
Ciotti tiene razón en señalar la ofensa a la libertad y al patrimonio. Una reforma del Código del Medio Ambiente que devuelva el debate al legislativo y limite estos excesos administrativos no es solo deseable: es necesaria. El humo de la leña siempre ha existido; lo nuevo es pretender que un prefecto puede extinguirlo con una multa.

