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Yuval Noah Harari: «Algunas de las historias más poderosas de la historia fueron ficciones»

Un vídeo de Yuval Noah Harari circula de nuevo con fuerza. En él, el historiador resume una idea que lleva años repitiendo: algunas de las historias más poderosas de la humanidad fueron ficciones, y ninguna de ellas funciona si no logra que una parte significativa de la población crea en el mismo relato.

Esa frase, tan breve, es la que muchos están leyendo como una confesión: la historia que nos han contado no es un inventario de hechos, sino un relato compartido. Y un relato, por definición, se puede construir, sostener y también sustituir.

El historiador israelí Yuval Noah Harari, autor de Sapiens, no es “el asesor jefe” del Foro Económico Mundial, aunque esa etiqueta se repite en redes. Sí es un invitado habitual de Davos y una de las voces más citadas cuando se habla de poder, tecnología y cooperación a gran escala.

Su tesis central no es nueva. Aparece en Sapiens y la ha reformulado en artículos y entrevistas: el Homo sapiens no conquistó el planeta por ser más fuerte o más listo que un chimpancé. Lo hizo porque puede cooperar en masa con extraños. Y esa cooperación no se sostiene solo con hechos. Se sostiene con historias que millones de personas aceptan al mismo tiempo: dioses, naciones, dinero, derechos, empresas, ideologías.

Harari lo dice sin adornos: la verdad es cara; la ficción es barata. Un relato verdadero exige investigación, matices y a menudo duele. Un relato ficticio puede ser simple, halagador y fácil de memorizar. “Nosotros somos buenos, ellos son malos” funciona mejor que una cronología llena de grises. Por eso, cuando se trata de unir a mucha gente, la ficción suele ganar.

El dinero es el ejemplo que más usa. Un billete no se come. No tiene valor objetivo. Vale porque suficiente gente cree la misma historia sobre él. Lo mismo ocurre con una nación, una religión o una corporación. No existen en la naturaleza como existe un río o un virus. Existen porque un número crítico de personas actúa como si existieran.

Ahí está el punto que el post viral resume: si no consigues que una parte significativa de la población crea en la misma historia, el sistema no funciona.

Eso no significa que todo hecho histórico sea inventado. Harari distingue con claridad entre dos planos. Para construir una bomba atómica hace falta física real: si mientes sobre E=mc2E = mc^{2}, el artefacto no explota. Para que millones de mineros, agricultores, ingenieros y soldados cooperen en ese proyecto, hace falta otra cosa: un relato. El relato no tiene que ser verdadero para ser eficaz.

La diferencia es importante y suele desaparecer cuando el clip se recorta. Harari no afirma que la Segunda Guerra Mundial o el Holocausto sean mitos. Afirma que las instituciones, las lealtades y las justificaciones con las que las sociedades se organizan —incluidas las del presente— descansan en construcciones intersubjetivas. Es decir: no son leyes de la física. Son acuerdos colectivos que se presentan como si lo fueran.

Por eso el vídeo resuena ahora. Quien mira la política, los medios, las pandemias, las guerras o las identidades oficiales con sospecha encuentra en Harari una formulación elegante de una intuición antigua: el poder no solo impone hechos; impone un marco. Y el marco sobrevive mientras suficiente gente lo repita.

Harari ha sido más explícito todavía. En un texto para The New York Times escribió que se puede unir a millones de personas haciéndoles creer historias completamente ficticias sobre Dios, la raza o la economía. Y que las instituciones académicas más poderosas de la historia —sacerdotes, mandarines, ideólogos— a menudo eligieron la unidad por encima de la verdad. Por eso fueron tan poderosas.

La pregunta que deja el clip no es si “toda la historia es falsa”. Esa es una caricatura. La pregunta es otra, más incómoda:

¿Cuánto de lo que damos por sentado —la nación, el dinero, el progreso, el relato oficial de cada crisis— es un hecho verificable y cuánto es una historia que necesita creyentes para no desmoronarse?

Harari responde, en la práctica, que sin historia compartida no hay cooperación a escala. Y que las historias más eficaces no son necesariamente las más verdaderas. Son las que más gente está dispuesta a defender.

Eso no autoriza a borrar archivos, cadáveres ni documentos. Autoriza, en cambio, a mirar con más frío las narrativas que se presentan como inevitables. El propio Harari insiste en que los humanos inventamos esas historias y, por tanto, también podemos cambiarlas.

El malentendido útil del vídeo es este: mucha gente oye “ficción” y traduce “mentira deliberada de una élite”. Harari habla de algo más estructural. No hace falta un comité secreto para que un mito funcione. Basta con escuelas, himnos, monedas, noticias, leyes y costumbre. El relato se sostiene porque vivir fuera de él es caro: te quedas sin crédito, sin pasaporte, sin pertenencia.

Cada vez que un clip como este se viraliza, ocurre lo mismo. Unos lo usan para decir que “ya lo sabíamos”. Otros lo usan para negar cualquier hecho que les moleste. Ambos se saltan el matiz que el propio historiador pone: hay realidades objetivas (la biología, la física, los cadáveres) y hay realidades intersubjetivas (el dinero, la nación, el “nosotros”). Confundir las dos es tan peligroso como no distinguirlas.

Lo que el post pone sobre la mesa, con razón, es lo segundo. La historia que nos han contado no es solo un archivo. Es también un instrumento. Funciona mientras la creemos. Y deja de funcionar en el momento en que una parte suficiente de la población deja de repetirla.

Esa no es una teoría conspirativa. Es, según Harari, el mecanismo con el que esta especie se gobierna desde hace milenios. El resto —quién escribe el próximo capítulo y con qué grado de verdad— ya no es historia. Es política.

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