En su columna del 30 de agosto de 2026 en ABC, Juan Manuel de Prada sostiene que Marruecos no pretende anexionar Ceuta —y después Melilla— mediante una operación militar clásica. El objetivo, según el escritor, es otro: convertir esas ciudades en «sentinas», lugares tan degradados que su sola mención disuada al inconsciente colectivo español, como Chernóbil, San Pedro Sula, Darfur o Ciudad Juárez.
La meta final sería que Ceuta se perciba como «una carga para España, su pueblo y su Corona», de modo que sean los propios españoles quienes pidan una «solución negociada». De Prada afirma que esa estrategia se ha explicado sin tapujos en un foro militar marroquí.
Dos fases: asalto y pudrición
La primera fase, escribe, fue la «invasión bárbara» sufrida un mes antes: la presión migratoria masiva sobre Ceuta. La segunda, ya en marcha, consistiría en ir creando lo que llama, tomando el término de Foucault, «heterotopías de desviación»: playas llenas de excrementos, arrabales donde bandas delinquen con impunidad, zonas sin ley que ni policía ni militares frecuentan. El propósito sería que la población española se ruine, sufra agresiones, asfixie por la inseguridad y acabe marchándose a la Península.
Ese plan —«vitando», lo califica— no sería solo marroquí. De Prada lo atribuye también a «mentores anglosionistas» y, sobre todo, a la complicidad de «los chacales que nos gobiernan». Acusa al Ejecutivo de dejar pudrir la situación mientras entretiene a la opinión pública con «jeribeques absurdos», entre ellos el contraste Robles-Marlaska, que interpreta como un juego de poli bueno y poli malo dirigido a la «derecha pánfila». El resultado buscado: que la imagen de una Ceuta «fétida e irredimible» se fije en el imaginario y se acepte como un lastre del que conviene desprenderse.
Traición y analogía histórica
De Prada reconoce que a muchos les costará aceptar «tal grado de malignidad traicionera». Recurre entonces a la analogía de don Oppas, el obispo de Toledo que, según la tradición, facilitó la entrada de los invasores. Recuerda que el Gobierno ya ha entregado, a su juicio, millonadas a Mohamed VI («Mujamé») para su agricultura en perjuicio de la española y ha abandonado al pueblo saharaui. Quien ha hecho eso, concluye, no temblará al ceder territorio.
El cierre de la columna es una invocación: fuera de Dios, solo los hackers de Jabaroot podrían salvar la situación. «Jabaroot, haz tu magia: compadécete de nosotros y libera al alado Pegaso.»
El grupo Jabaroot, que se ha presentado como «patriotas argelinos» y ha filtrado datos masivos de instituciones y servicios de seguridad marroquíes —incluida información vinculada a la crisis de Ceuta y al caso Pegasus—, aparece así en el texto no como un detalle circunstancial, sino como la única palanca laica que De Prada vislumbra frente a lo que considera un plan de desgaste y claudicación.
La columna no aporta pruebas documentales nuevas del supuesto diseño estratégico marroquí ni de la coordinación con el Gobierno español; es un texto de opinión de tono apocalíptico y léxico deliberadamente agresivo («tiranía», «chacales», «lacayos genuflexos»). Su fuerza está en encajar la crisis de Ceuta en una narración de asedio gradual, complicidad interior y rendición anunciada, y en dirigir la esperanza —o la desesperación— hacia un actor opaco del ciberconflicto regional.



