InicioCulturaImportante hallazgo arqueológico debajo de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén

Importante hallazgo arqueológico debajo de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén

El Evangelio de Juan 19,41–42 afirma:

«En el lugar donde lo crucificaron había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el que nadie había sido puesto todavía. Allí, pues, por causa de la Preparación de los judíos, y porque el sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús».

Ese detalle —un jardín junto a una tumba excavada en roca, cerca del lugar de la crucifixión y fuera de las murallas, pero no lejos de la ciudad— es el que los arqueólogos dicen haber reconstruido bajo el suelo actual de la basílica.

La directora del proyecto, Francesca Romana Stasolla, catedrática de Arqueología Cristiana y Medieval de la Universidad La Sapienza de Roma, lo resumió así al Daily Mail tras la campaña de 2025:

«Hemos encontrado evidencia de un paisaje funerario, junto a pequeñas áreas plantadas con vides y olivos, así como un paisaje pastoral caracterizado por actividad humana esporádica».

Cómo se llegó hasta ahí

En 2019, las tres comunidades que custodian el Santo Sepulcro —el Patriarcado Ortodoxo Griego, la Custodia Franciscana de Tierra Santa y el Patriarcado Armenio— acordaron sustituir el pavimento del siglo XIX. Esa obra, la restauración de mayor envergadura en casi dos siglos, abrió una ventana arqueológica excepcional. Las excavaciones comenzaron en marzo de 2022 con licencia de la Autoridad de Antigüedades de Israel. El equipo, de unos diez o doce arqueólogos italianos rotando in situ y un grupo más amplio en Roma, trabajó por zonas no contiguas: abrían un sector, lo documentaban, lo volvían a cubrir y pasaban al siguiente, para no interrumpir el culto ni el flujo de peregrinos (unos cuatro millones al año).

El informe de 98 páginas publicado en Liber Annuus (revista del Studium Biblicum Franciscanum) reúne los resultados de la campaña final de 2025 y cierra la investigación en la nave norte y los intercolumnios de la Rotonda.

La secuencia del terreno

El subsuelo cuenta una historia en capas:

  1. Cantera de la Edad del Hierro (aprox. 1200–586 a.C.). El edificio se alza sobre una antigua explotación de piedra en la ladera de la colina de Gareb, fuera de las murallas de Jerusalén en época de Jesús. Algunas zonas llegan a unos seis metros por debajo del suelo actual. Aparecieron cerámica, lámparas de aceite y objetos cotidianos de ese período.
  2. Abandono, relleno y cultivo. Cuando cesó la extracción, las zonas más profundas se rellenaron con tierra y se dividieron con muros bajos de piedra seca. Esos recintos pequeños sirvieron de huertos. El análisis arqueobotánico y palinológico identificó polen y restos de olivo (Olea europaea) y vid, además de frutas, legumbres y vegetación silvestre. El paisaje reconstruido es mediterráneo, abierto, con pastoreo y visita humana, no un asentamiento permanente.
  3. Necrópolis. En las mismas paredes de cantera se excavaron varias tumbas de cámara a distintas alturas, unidas por senderos estrechos entre parcelas cultivadas. Los Evangelios sinópticos describen la tumba de Jesús como excavada en roca; Juan añade que era nueva y estaba en un huerto cercano al Calvario. El conjunto físico —cantera abandonada, huertos, tumbas y proximidad a la ciudad pero aún extramuros— encaja con ese cuadro.
  4. Época romana y constantiniana. En el siglo II, Adriano incorporó la zona a Aelia Capitolina. En el IV, Constantino demolió las estructuras romanas, aisló la cámara ya venerada como tumba de Cristo, la separó de las demás y levantó el primer santuario. Bajo el edículo actual los excavadores hallaron una base circular de mármol de unos seis metros de diámetro, coherente con las representaciones más antiguas (siglos V–VI) de un monumento circular. También apareció un tesorillo de monedas del siglo IV (Constantcio II a Valente).

Stasolla lo formula con claridad: en tiempos de Jesús el lugar aún no formaba parte de la ciudad; lo sería décadas después, con Adriano. Eso coincide con Juan 19,20 y con Hebreos 13,12 («fuera de la puerta»).

Lo que la arqueología no prueba

Hay que separar coincidencia de identificación.

  • Los restos vegetales se datan por estratigrafía y cerámica de los rellenos de la cantera: después del abandono de la extracción y antes de Adriano. Ese intervalo cubre el siglo I. No hay, o no se ha publicado de forma concluyente, una datación absoluta por radiocarbono de las semillas y el polen que fije el cultivo exactamente en el año de la crucifixión.
  • No hay inscripción que nombre a Jesús, a José de Arimatea ni a nadie.
  • No se puede demostrar que esa cámara concreta estuviera «sin usar» ni que perteneciera al consejero rico del Evangelio.
  • El sitio era un cementerio con varias tumbas. Constantino eligió la que ya se veneraba en el siglo IV.

La propia Stasolla insiste en el marco científico, no apologético: la arqueología sirve para entender los lugares en los que se fijó la memoria cristiana, y atestigua la continuidad de esa memoria desde muy temprano. No identifica al ocupante de la tumba.

En entrevistas anteriores había dicho que los hallazgos arqueobotánicos resultaban especialmente interesantes «a la luz de lo que menciona el Evangelio de Juan, cuya información se considera escrita o recogida por alguien familiarizado con Jerusalén de aquella época. El Evangelio habla de una zona verde entre el Calvario y la tumba, y nosotros identificamos esos campos cultivados».

El sitio y su historia larga

La primera iglesia se dedicó en el año 335. Luego vinieron el incendio persa (614), la destrucción de al-Hakim (1009), la reconstrucción cruzada del siglo XII (la que da la silueta actual) y el incendio de 1808. Cada fase dejó restos. El equipo documentó también sistemas de drenaje paleocristianos, evolución del convento latino, cerámica vidriada medieval y moderna, residuos metalúrgicos y miles de fragmentos de cerámica (del orden de 100.000), cuya clasificación llevará años. Se usaron georradar y modelado 3D para reconstruir lo que no se puede exponer de una sola vez.

Stasolla resume el valor del lugar más allá de la fe de cada uno:

«El verdadero tesoro que estamos revelando es la historia de las personas que hicieron de este sitio lo que es expresando aquí su fe. […] La historia de este lugar es la historia de Jerusalén y, al menos desde un cierto momento, la historia del culto a Jesucristo».

Por qué volvió a viralizarse ahora

En marzo–abril de 2025 ya se había anunciado el jardín (olivos y vides, análisis de polen y semillas) a partir de entrevistas de Stasolla a The Times of Israel, The Jerusalem Post y otros medios. El 25 de agosto de 2026 el Daily Mail publicaba un reportaje sobre el informe completo de Liber Annuus. Cuentas como @CedarsAndSaints lo tradujeron al registro de redes: «la arqueología sigue coincidiendo con el Evangelio». El matiz científico —paisaje compatible, no prueba de identidad— se perdió en el titular.

Eso no anula el hallazgo. Un huerto de olivos y vides, parcelas delimitadas por muros secos, tumbas talladas en una cantera abandonada extramuros y a poca distancia de la ciudad es exactamente el tipo de paisaje que Juan describe. Que ese paisaje exista bajo el edificio que la tradición cristiana venera desde el siglo IV es un dato arqueológico sólido. Que esa tumba concreta sea la de Jesús sigue siendo una cuestión de tradición histórica y de fe, no de una etiqueta hallada en la roca.

En arqueología bíblica esa distinción importa: el terreno puede coincidir con el texto sin que el texto quede «demostrado» en sentido forense. En este caso, coincide más de lo que muchos esperaban.

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