Por Alfonso de la Vega
Con enorme tristeza y preocupación me he enterado de la infausta noticia del incendio junto al precioso monasterio oscense de San Juan de la Peña, antiguo panteón real de Aragón. Otra auténtica desgracia para nuestro patrimonio natural y cultural al que parece que se le quiere hacer consumir en pira mortuoria arrasando nuestra identidad e historia.
En efecto, se trata de unos de los parajes místicos más notables de España, el claustro entre la roca es una auténtica joya de la arquitectura medieval. La disposición recuerda también las iglesias rupícolas de Göreme en la Capadocia. El monasterio nuevo de menos interés artístico y simbólico se ha erigido diáfano en una meseta. Se asemeja a la disposición geográfica paisajística del riojano de San Millán de la Cogolla salvo que aquí el Suso o antiguo está arriba y el Yuso o moderno, abajo.
El incendio nos mueve a meditar sobre la fragilidad y contingencia en la que habitamos.
De mi libro Buda, Parsifal y el Grial me permito reproducir parte de un capítulo dedicado a paisajes del Grial. Copio y pego:
“Pero entremos ya en tierra española cercana a los Pirineos, como decía Wagner en su libreto de Parsifal.
San Juan de la Peña
Uno de los parajes más hermosos no sólo del Pirineo sino de toda España es el que alberga al antiguo monasterio oscense de San Juan de la Peña. Está ubicado junto al valle de Atarés, cerca de Santa Cruz de Serós donde existe un monasterio cuya iglesia de extraña arquitectura presenta una singular cámara de en medio.
Es un paraje verdaderamente espectacular. Singular, mágico y bellísimo, es centro espiritual del Alto Aragón, de peregrinación obligada para cualquier estudioso o amante del Arte y de la Naturaleza, y especialmente para los interesados en la leyenda del grial y la Tradición esotérica en general. No se imagina un lugar acaso más adecuado para una representación del Parsifal, que podría resultar sublime.
En San Juan de la Peña se halla el panteón real de Aragón y donde también se encuentra enterrado un patriota e ilustrado famoso, el conde de Aranda, y donde existen varias lápidas con crismones y muy curiosas rosacruces.
Su precioso claustro del siglo XII bajo la enorme peña de su nombre posee bellísimos capiteles con escenas singulares e incluso heterodoxas de inspiración esotérica e iniciática. Un lugar verdaderamente extraordinario incluso para una España tan abundante en tesoros. Una singular belleza encantadora de gran interés artístico, histórico, paisajístico y antropológico cuya visita es ineludible para todo español culto o sensible.

Según cierta tradición oscense el grial habría sido traído a España por un soldado romano y estado sucesivamente en el monasterio de San Pedro el Viejo en Huesca capital, en San Pedro de Siresa, en Jaca y en San Juan de la Peña.
El tímpano de la Puerta del Perdón en la monumental catedral románica de Jaca presenta un crismón rodeado por dos leones con gran semejanza geométrica e incluso simbólica a la famosa rueda del Dharma de la tradición budista Hinayana. El crismón está formado por ocho brazos y ocho flores de diez pétalos cada una. En la parte inferior también aparece enroscada una serpiente que recuerda la representación tradicional de la kundalini. El ocho suele identificarse con el loto como flor simbólica y es representación frecuente en Asiria, Caldea, el Tibet o la India. Aquí está asociado a la rueda o manifestación cósmica.
En Jaca aparecen el alfa y la omega del devenir de lo manifestado y una especie de mandala, que muestra el centro, al igual que la rueda del desarma budista según su sermón de Benarés o las figuras de los diferentes chacras del cuerpo sutil del hombre.
Pero volviendo a San Juan de la Peña también existen crismones similares al de la puerta de Poniente de la catedral de Jaca junto a las rosacruces del área del panteón. El antiguo monasterio presenta dos plantas, la inferior correspondiente a una edificación mozárabe y la alta, románica. En el ábside principal rodeado por otros absidiolos, todos excavados en la roca se expone al público una réplica del grial que estuviera allí antes de ser trasladado a la catedral de Valencia donde permanece ahora. Este cáliz es una copa de ágata de 17 cm.
El claustro de San Juan de la Peña es un auténtico prodigio, enmarcado bajo una gigantesca peña, en un lugar de singular belleza. Entre sus capiteles ejecutados por un maestro de personalidad inconfundible podemos destacar aquí varios en relación a nuestro tema, si bien ninguno muestra la claridad de identificación entre el grial y la Magdalena como el de Lugo, como luego veremos. Así, el de las bodas de Caná donde aparece Jesús al lado de una mujer y con un grial, el de la sagrada Cena con un grial y un apóstol que está colocando un pez sobre el cáliz aunque no aparece la figura de la Magdalena. Otro semejante en que aparecen Jesús, el cáliz y una figura femenina juntos. Otro que pudiera interpretarse como la petición de María Magdalena o de Marta a Jesús para que devuelva la vida a su hermano Lázaro. El de la resurrección de Lázaro que recordaremos es uno de los acompañantes de las tres Marías en su legendario desembarco provenzal y otro de rara iconología relacionada también con cierta leyenda iniciática masónica.

Al atardecer el sol baña con delicados colores el claustro en un espectáculo estético inolvidable e irrepetible.
Antes de finalizar este breve excursión por el claustro de San Juan de la Peña parece conveniente intentar explicar con un poco más de detalle el simbolismo del pez sobre el cáliz, colocado aquí de modo quizás un tanto extemporáneo. El pez está presente en iconología cristiana primitiva como signo de reconocimiento si se entiende como acróstico, pero no suele ser tan conocido que fue previamente empleado en la tradición hindú como manifestación de Vishnu, en el sentido de conservador del mundo. Para Guenon esta interpretación de Vishnu sería equivalente a la del Oannes caldeo, agente originario de conocimiento de lo sagrado…
…Pero más allá, o más acá, de las limitaciones espacio temporales, el grial forma parte de nuestro paisaje interior, de la conciencia del hombre que quiere inspirarse en principios éticos de orden superior. Quizás el grial ya no está presente en ninguna parte espacio temporal de la civilización occidental. Acaso no lo estuvo nunca pues quizás no sea sino una enriquecedora leyenda, una quimera conmovedora, un símbolo del Ideal motor de la conducta del que trata de ser mejor.
De los parajes griálicos se deduce un ideal de civilización, una pulsión por el ser, una forma de entender la vida. Pueden pasar tiempos, ideas y construcciones institucionales y políticas, lo contingente, pero siempre parece existir en la conciencia esclarecida del hombre una vocación por la realización personal, social e histórica del mundo de los grandes valores metafísicos, el Bien, la Belleza, la Justicia, la Libertad, el Amor, la Fraternidad…
Lejos de los majestuosos agrestes centros sagrados de un San Juan de la Peña o de los castillos cátaros del Languedoc, hoy muchas ciudades de toda España están siendo escenarios de otras búsquedas más o menos conscientes del grial. Estas manifestaciones reflejan un despertar de la Voluntad, que Schopenhauer quería idéntica a “la cosa en sí”. Son manifestaciones de un “querer” en busca de plasmación material, de objetivos, de programas, de organizaciones e instituciones para intentar llevar a cabo la ingente tarea que se avecina si queremos sobrevivir con dignidad.
Quizá porque como diría el caballero Gurnemanz a Parsifal mientras ascienden hacia su templo, el mundo del grial se refiere al mundo del noúmeno más que al del fenómeno. Al de “la cosa en sí”, donde espacio y tiempo se confunden.
El grial es un profundo y conmovedor símbolo del mundo metafísico que nos pregunta en la intimidad de nuestra conciencia, ¿Quién eres tú? ¿A quién sirves?»

