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2026, una odisea en la frontera

Por Alfonso de la Vega

El pernicioso vasallaje ante la UE y el Régimen está destruyendo no ya solo la rebeldía ante la injusticia más evidente sino incluso la capacidad cognitiva de muchos españoles. Ya tragan con todo incluso los disparates o despropósitos más nocivos no solo sin rechistar sino como mérito cívico.

El valido de Su Majestad desde su placentera holganza lanzaroteña ordena repartir nuevas remesas de moritos por toda la geografía peninsular como indeseable pedrea navideña o como los pobres subastados de Plácido, el esquilmado empresario y trabajador autónomo del motocarro. Con especial castigo a los menos adictos solo se libran del “premio” las regiones desleales o traidoras, compinches del gobierno de la Corona, el resto resultan agraciadas aunque ni siquiera quieran participar en tan lamentable sorteo. Lo lógico y natural sería que a los moritos los atendiesen sus familias o si no pudieren el sultán que es muy rico y bien se gasta el dinero en palacios, orgías o comprar armas para amenazarnos. No se entiende porque no se puede explicar con criterios razonables ni menos humanitarios que los los contribuyentes españoles tengamos que hacernos cargo a perpetuidad e alimentar, dar alojamiento y educar  a decenas de miles de extranjeros invasores que han violado nuestras fronteras. Y aún se entiende menos que esto suceda en el calamitoso reino filipino, líder europeo en pobreza infantil que se estima afecta a una tercera parte de los menores españoles, indudable logro del régimen reforzado con elevados índices de miseria. Si alguien lo entiende le rogaría que lo explicase. 

Más moritos, más futura subversión o delincuencia, más problemas sociales, más dinero de los impuestos desviado a tan piadosa como indeseable labor. Y no solo los moritos de todas las edades sino también muchos otros más beneficiarios de la sopa boba. Cuando ya no rige la Ley de vagos y maleantes previsoramente introducida por la república para evitar delitos y abusos, otro invento devastador es el de las paguitas disuasorias pomposamente llamadas en neolingua orwelliana: Ingreso Mínimo Vital.

Casi dos millones setecientos mil beneficiarios disfrutan hasta ahora de tan rica sinecura. Y la hemorragia crece y crece cada año con su imparable efecto desmoralizador para la gente honrada que mantienen con su esfuerzo y dedicación este agobiante y ruinoso tinglado. Así, trabajar en negro y cobrar la ayuda es un negocio estupendo. El contribuyente pone el dinero que le saquean; el Gobierno lo reparte en pagas; y la onerosa y creciente cuenta la asumen los ciudadanos actuales y también futuros con el innecesario engorde de la gusanera de la deuda odiosa, que supone intereses y beneficios para la usura internacional. Desde luego que no se trata de filantropía sino de vulgar e interesado clientelismo.

Eso sin contar la proliferación de funcionarios, paniaguados y asimilados. Se estiman en más de cuatro millones con sus correspondientes flotas de coches oficiales, asesores y otras gabelas. Y rentables ONG financiadas por el erario. Cabe recordar con un poco de memoria histórica que en el régimen anterior había ochocientos mil funcionarios que se bastaban y sobraban para llevar una Administración mucho más eficaz y sin recursos informáticos ni internet ¡Parece mentira tanto progreso!

Mientras el paro crece los empresarios se quejan de que no encuentran a nadie dispuesto a trabajar. Ni voluntad ni profesionalidad.

En tiempos del marxismo clásico la reivindicación trabajadora fue la reforma agraria, el reparto de tierras, o las mejoras en las condiciones del trabajo. Hoy con el marxismo WOKE se vuelve a la solicitud de sopa boba de los viejos conventos pero con  nuevas tecnologías.  

Pero las carencias de inteligencia natural o sentido común promovidas por el Poder la quieren sustituir por IA. Ciertos desavisados explican muy puestos en razón que la IA va a solucionar la papeleta de tener que trabajar y que en un futuro escenario idílico habrá paguitas para todos, urbi et orbi. Sin embargo, esperemos que la IA no decida que lo mejor es que nos “suicide” como pretendía HAL 9000, el famoso ordenador rebelde de 2001, una Odisea en el espacio, obra visionaria del genial Stanley Kubrick.

Una obra profética de plena actualidad que nos muestra los riesgos de hacer dejación de nuestra inteligencia, voluntad y decisiones.

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