Por Alfonso de la Vega
Como muchos lectores ya sabrán el Deportivo de La Coruña, conocido como el “equipo ascensor” porque sube y baja, ha vuelto a Primera División de la Liga española de Fútbol tras una larga estancia en Segunda. Mi enhorabuena al club y aficionados. Un logro importante pero cabe recordar que hubo una época no tan lejana en la que su presidente don César Augusto Lendoiro llevó al club a la posición más elevada de toda su historia, incluida una Liga, dos Copas o las semifinales de la Copa de Europa. Era curioso que entonces en muchos países empezaran a conocer e incluso hacerse famosa la ciudad herculina, auténtica capital histórica de Galicia. Recuerdo varias anécdotas curiosas sobre el particular especialmente en los zocos y bazares del área islámica.
Como dicen que no hay profeta en su tierra, Lendoiro era la bestia negra de la Voz de Galicia y del entonces alcalde Paco Vázquez. Cuando se retiró tras una importante e injusta campaña en contra la gestión terminaría pasando al gran capital venezolano afincado en la taifa gallega aprovechando las ventajas que ofrecía la ruina de las cajas de ahorro perpetrada por la casta política más inepta y saqueadora.
Pero, el comentario que quería hacer era otro. No deja de sorprender la descomunal magnitud de la celebración por una cuestión que aunque tenga su importancia no dejaría de ser secundaria en términos relativos. Ni que hubiera sido otra vez derrotado el famoso pirata inglés Drake tras su fallido intento de destruir la ciudad y a nuestra Armada. Llama la atención que ninguno de los tremendos escándalos que se conocen en el reino le merezca al gentío tal nivel de respuesta. Vamos de desastre en desastre, de ruina en ruina hasta la disolución final de nuestra civilización, unas élites depravadas nos quieren llevar al matadero de un aguerra suicida en Europa, pero a la gente posible futura carne de cañón no parece importarle.
Resulta fácil observar la decadencia ética y estética, o no reconocer la disolución de los principios que han impregnado la civilización europea, desde sus remotos orígenes clásicos hasta ahora. Se muestra la manipulación de las emociones y anhelos, la tergiversación de los sucesos, la derrota de los principios e instituciones capaces de transmitir significado trascendente y relevante a nuestra sociedad. En cambio, la propaganda, la desmesura, la luz cegadora de los falsos ídolos perecederos prevalece, la reducción de todo a materia comercializable, fungible e intercambiable.

El Poder necesita válvulas de escape, aliviaderos de presión emocional sobre todo cuando las cosas van de mal en peor. Al menos aquí, en La Coruña donde la influencia de la invasión se nota menos por su posición excéntrica geográfica la celebración se mantiene en el ámbito pacífico y civilizado. Nada que ver con las “celebraciones” francesas del éxito del PSG en la Copa de Europa. En la otrora “ciudad de la luz” hoy degradada a villa de las tinieblas se puede contemplar los indudables logros del multiculturalismo. La barbarie, el vandalismo, producto del reemplazo demográfico y de la propia descomposición nacional por efectos de la devastadora actual UE.
Las barricadas y violencia francesas recuerdan vagamente la Revolución de 1848 o a la mucho más violenta Comuna de París de 1871. Entonces la devastación de Paris fue terrible.
En efecto, violencia siempre ha habido en la historia, con o sin Islam. Pero ahora el motivo es baladí, un simple hecho deportivo, no tiene nada que ver con la causa revolucionaria ni trabajadora, aunque muestre resentimiento e insatisfacción social en forma de violencia ciega.
No, no parece desde luego que las actuales celebraciones se deban a tan importantes cuestiones históricas, sino al famoso pan y circo. Y cuanto menos pan, más circo. Y más violencia emergiendo de la sentina.

